HADO, DESTINO, PROVIDENCIA, EN SÉNECA.[1]
La preocupación por el influjo de los hados o del destino en la vida de los hombres ha existido siempre y aún perdura entre determinados individuos, grupos y religiones.
Por Hado se entiende una fuerza supuesta y desconocida que obra irremisiblemente sobre los hombres y los sucesos e incluso los mismos dioses. A veces se personaliza como cuando se lee en escritos antiguos “los hados forzaron su caída” y similares. “¿Qué entiendes por Hado? –pregunta Séneca y responde- Yo pienso que es la necesidad de toda cosa y de toda acción que fuerza alguna puede neutralizar. Si te imaginas que se la hace cambiar con sacrificios o con la inmolación de una cordera blanca como el campo de la nieve, no sabes lo que son las cosas divinas”[2]. El hado no es “otra cosa que la sucesión ordenada de las causas, de la cual todas las otras proceden”[3]; “él es de quien dependen todas las cosas, él es la causa de las cosas”[4]
Por Destino, en la religión romana expresaba lo decidido por la Divinidad; identificado frecuentemente con el Hado. Los sumerios opinaban que el Destino se iniciaba en los cielos, eran las reglas físicas y astronómicas que marcaban los rumbos eternos desde el principio, sin que nada pudiera interrumpìr su marcha ni la dependencia existente entre ellas. Para los comentaristas bíblicos, la diferencia entre ambos conceptos radicaba en que los destinos eran predeterminados, inalterables, mientras que los hados podían verse afectados por las decisiones humanas, se podían alterar; si bien Yahweh controlaba a ambos.
En Roma, además de estas inquietudes, padecían la del azar[5]. Séneca rechaza enérgicamente a éste, porque va contra su convicción de un Dios providente, ordenador y bueno sobre todas las cosas. En Naturales Quaestiones, juzga “tan grande el error que ofusca a los mortales que este mundo incomparable de hermosura, de orden, de conformidad con el plan divino, júzganle los hombres fortuito, voluble, al antojo del azar y por ende tumultuoso”[6].
En relación con el fatalismo del Destino y la influencia positiva o negativa del Hado o de los hados, nos expone en el prefacio de las Naturales Quaestiones su intención:
“Yo tributo una acción de gracias muy rendida a la Naturaleza… cuando consigo adentrarme en sus intimidades, cuando aprendo cual sea la materia del Universo, quién es su autor y su custodio; que es Dios… Si le es hacedero aún hoy tomar nuevas decisiones y mellar en algún punto la inflexible rigidez de los hados o si es una mengua de su majestad y una confesión de su error haber hecho alguna cosa susceptible de enmendarse, puesto que es fuerza que continúe contentándole lo mismo, puesto que nada que sea lo mejor puede contentarle… Si no me diere acceso a estas verdades augustas no merecía la pena de nacer”[7]
Tres cuestiones, pues. Una, qué es Dios. Segunda, qué es el Destino y qué el Hado. Tercera, aunque implícita, la libertad del hombre.
A la primera: “¿Qué es Dios? El todo que ves y el todo que no ves. De esta manera, en efecto, se le devuelve toda su grandeza connatural, que es la mayor que pensarse pueda, si él solo es todas las cosas, si mantiene su propia obra por dentro y por fuera”[8].
Por tanto, omnipresente, inmanente al mundo, lo penetra todo; posee la mayor grandeza que se pueda imaginar; es el hacedor de todas las cosas, que las mantiene, sigue manteniendo, en su ser por dentro y por fuera; o sea, trasciende a ese mundo, le supera.
Y en De beneficiis: “Qué otra cosa –dice- es la Naturaleza sino Dios y la razón divina que penetra el mundo todo y sus partes? Todas las veces que quisieres te es lícito cambiar el nombre del autor de nuestros bienes; y le darás un nombre legítimo, tanto si le llamas Júpiter Óptimo Máximo, como si le llamas Tonante o Estátor… Y si a este mismo le llamares Hado, tampoco mentirás; porque como el Hado no sea otra cosa que la sucesión eslabonada de las causas, él es la primera de las causas, de la cual todas las otras proceden”[9]. Naturaleza, Hado e incluso Fortuna “todos son nombres de un mismo Dios en uso de su poder de varias maneras”[10].
Más explícito en las Naturales Quaestiones, “conciben –los antiguos- al mismo Júpiter como lo concebimos nosotros, rector y custodio del Universo, alma y espíritu del mundo, señor y autor de la creación (operis huius dominum et artificem, dice el original latino), a quien conviene todo nombre. Si quieres llamarlo Hado, no errarás; él es de quien dependen todas las cosas¸ él es la causa de las causas. Quieres llamarle Providencia, muy bien dirás, porque su sabiduría provee a todas las necesidades de este mundo para que marche sin tropiezo y desempeñe todas sus funciones. Si quieres llamarlo Naturaleza no pecarás. El es de quien todas las cosas nacieron, de cuyo aliento vivimos. Si quieres llamarle Mundo, no te engañarás, pues que él mismo es todo esto que ves, inmanente en todas sus partes, manteniéndose por sí mismo y manteniendo sus cosas”[11].
Dios uno y Providente frente al Hado, el Destino o la pluralidad de dioses de los romanos. Dios inmanente al mundo y al par trascendente, que provee todas sus necesidades, para que marche según lo por él preceptuado y dispuesto, ya que es el supremo ordenador, la primerísima causa, la Mente del Universo. Es Providencia. Al ser eterno dio esas disposiciones o decretos desde el principio y al ser sumamente sabio no pudo equivocarse. Por ello, ni puede cambiar, ni arrepentirse de lo que hizo. En este sentido, Dios es la suma necesidad, sus leyes son tan necesarias e infalibles colmo él A esto llamamos Destino.
Quizás lo más destacable y original sea esta idea de la Providencia que, en el libro de ese título, presenta a Dios como un buen padre, que se preocupa de todas nuestras necesidades y nos conduce por el camino de la virtud. Páginas bellísimas.
“El mismo artífice y gobernador del Universo escribió ciertamente los decretos del Destino; pero él empezó a seguirlos: obedece siempre lo que una vez mandó”[12]. “No por ello es menos libre y poderoso, puesto que él mismo es su propia necesidad”[13]. Y lo es por razón de su sabiduría suprema: “Vosotros mismos decís –replica Séneca cuando define qué son Hado y Destino- que no puede mudarse la decisión del varón sabio; cuánto menos la de Dios, puesto que el sabio conoce solo lo que en un momento dado es lo mejor, mientras que todo está presente a la Divinidad”[14]
Respecto a la tercera cuestión, recordemos, la libertad humana, aquí viene la solución estoica: “No sufro coacción, ni violencia –dice Séneca- ni soy mandado por Dios; sino que me conformo con él, tanto más cuanto que sé que todas las cosas se rigen por una ley infalible y eterna. El Hado nos lleva, y todo cuanto la vida tiene reservado a cada uno, determinado quedó ya en el punto mismo del nacer. Una causa depende de otra causa y el orden eterno de las cosas determina el curso de los negocios privados y de los públicos. Por esto se ha de soportar todo con entereza, porque no es por azar, como creemos, sino por orden, como se encadenan todos los sucesos”[15].
“¿Cuál es el deber del hombre virtuoso? Abandonarse al Destino”[16], responde nuestro filósofo. Natural, ya que el Destino no es sino el decreto predeterminante de Dios que se realiza o efectúa necesaria e irrevocablemente.
Han pasado dos mil años y en las religiones al parecer más perfectas o espirituales, ante los problemas que acuciaban a Séneca, se suelen dar respuestas muy parecidas: resignación, acatar la voluntad de Dios, abandonarse en sus brazos, estaba escrito y similares. Eso cuando no se sigue aún acudiendo a “era su destino”. El prodigio está en que lo idearon hombres como Séneca a la sola luz de la razón. ¿Sería el “búscate en ti mismo” de Sócrates cuatrocientos años antes?
El problema de la libertad humana no está así resuelto. Filósofos y teólogos de la Edad Media, del Renacimiento y de la Modernidad han debatido y siguen debatiendo esto en vano. No hay acuerdo. No hay claridad. No hay evidencia. ¿No será que yerran en su enfoque de la Divinidad?
Una objeción se le presentaba a Séneca: Si el Hado o Destino se cumple inexorablemente, entonces ¿para qué los votos u oraciones? ¿para qué el arúspice? ¿de qué sirven los ritos de expiación y de procuración?
Comienza Séneca su respuesta afirmando más tajantemente todavía la irrevocabilidad del Destino: “ninguna plegaria les conmueve –a los hados-; no sabe torcerles ni la misericordia ni el favor. Entrados en su curso irrevocable discurren en conformidad con el orden prefijado… el orden del Destino va rodando arrastrado por el encadenamiento eterno de las cosas, cuya primera ley es la observancia de este decreto”[17]. Mas a continuación afirma que “nosotros también pensamos que son útiles los votos sin mengua de la fuerza y del poderío de los “hados”[18].
La solución es muy simplista: “Algunas de las disposiciones de los dioses quedaron de tal manera en suspenso que se trocaron en bien si se dirigieron preces a los dioses, si se formularon votos; así que esta mudanza no va contra el hado, sino que está comprendida en el hado. Se nos dice: ‘una cosa ha de ser o no ser; si ha de ser, se hará; si no ha de ser, por más votos que formules, no se hará’. Este dilema es falso porque olvidas una alternativa intermedia: tal cosa ha de ser a condición de que se formulen votos… ¿Es conforme al Destino que en todo caso se formulen votos? Bien, estos votos se formularán”[19]. “Siendo fijo el orden del Destino, las expiaciones y las procuraciones alejan los peligros que nos amagan, porque no pugnan con el Hado tales prácticas, sino que están comprendidas en la ley del Hado. ‘¿De qué me sirve, pues, el arúspice?’ … Te sirve en cuanto está al servicio del Destino. Si nosotros debemos la salud al Destino, también se la debemos al médico, porque por sus manos llegó a nosotros el beneficio del Hado”[20].
Queda sin resolver el interrogante perpetuo en todas las religiones: conciliar la libertad humana con el Destino o Predeterminación / Predestinación Divina. ¿O será acaso que tal Pre, Hado o Destino son invento humano, ya que somos nosotros quienes, con nuestra libertad, forjamos nuestro “camino”, bajo la Providencia? “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, dijo el poeta[21].
Tomás Montull Calvo.
Lr. y Lic. en S. Teología. Doctor en Filosofía.
[1] Lucio Anneo Séneca o Séneca el Joven, nació en Córdoba hacia el año 4 antes de Cristo y se suicidó el año 65 por orden del emperador Nerón, del que había sido maestro y tutor. Fue senador y cónsul. Filósofo estoico en su vertiente moral y religiosa. Muy valorado en su tiempo y después entre los pensadores del Humanismo: Erasmo de Rotterdam, Calvino, Juan Luis Vives, Tomás Moro, Montaigne, etc.
2. Cuestiones Naturales, lib. II, c.36. En LUCIO ANNEO SÉNECA. Obras completas. Aguilar, Madrid, 1957, p.817.
3. De los beneficios, lib. V, c.7. O. c., p.357.
4. Cuestiones Naturales, lib. II, c. 45. O.c., p. 820.
5.. Casualidad, caso fortuito.
6. Cuestiones Naturales, lib. II, c. 37. O.c., p. 817.
7. Ibid., lib. I, pref. O.c., p.783
8. Ibid, l. II, c. 37. O.c., p.817.
[9] Lib.V, c.7; en edic. cit. Obras Completas, p. 357.
[10] Ibid, lib. V, c. 8; p. 358.
[11] Cuest. Nat., o.c., lib. II, cap. 45; p. 820.
[12] De la Providencia, c. V. O.c., p. 184.
[13] Cuestiones Naturales, lib. I, pref. O.c., p. 783.
[14] Ibid., lib. II, c. 36. O.c., p. 817.
[15] De la providencia, c. V. O.c., p. 183.
[16] Ibid., c. V. O.c.,p. 184..
[17] Cuest. Nat., l. II, c. 35. O..c.,p. 817.
[18] Ibid.
[19] Ibid., lib,. II, c. 37.
[20] Ibid., c. 38, p. 818.
[21] ANTONIO MACHADO, Poesías completas, Espasa Calpe, 1996; XXIX, p.239.
sábado, 5 de marzo de 2011
CELIBATO OBLIGATORIO
CELIBATO OBLIGATORIO EN IGLESIA LATINA.
No es de institución divina, sino humana. San Pedro estaba casado, como sabemos por los Evangelios. Varios de los apóstoles escogidos por Jesús estaban casados y en los primeros catorce siglos del Cristianismo encontramos casados a papas[1] obispos, sacerdotes y diáconos.
El Apóstol San Pablo, escribe a su enviado Timoteo: “Si alguien desea el episcopado, buena obra desea; pero es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer… que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad”[2].
“Los diáconos sean maridos de una sola mujer y que sepan gobernar a sus hijos y a su propia casa”[3]
Y a Tito, le encarga: “constituye por las ciudades presbíteros en la forma que te ordené. Que sean irreprochables, maridos de una sola mujer, cuyos hijos sean fieles, que no estén tachados de liviandad o desobediencia”[4]
En la carta a los fieles de Corinto: “Comenzando por tratar de lo que me habéis escrito; bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una su marido… A los no casados y a las viudas les digo que es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse”[5]
Hasta el Concilio de Trento (1515-1563), contra la Reforma protestante, que promovía el matrimonio de los sacerdotes y suprimía las órdenes religiosas y sus votos, no se impuso de forma obligatoria para toda la Iglesia latina; no para la oriental, en la que tanto los ortodoxos como los católicos suelen estar casados, excepto los obispos. La única disposición en ambos es que han de haberse casado antes de recibir las órdenes del diaconado o sacerdocio. Después ya no se les puede casar. De todos modos es una disposición humana y, por ello, mutable.
En Ilíberis (Eliberi, Elvira), ciudad desaparecida que, según unos, estaría en la extremidad sudoccidental de la Sierra de Elvira y, según otros, donde se encuentra la Alcazaba Cadina, en Granada, tuvo lugar entre los años 303 y 304, acabada la persecución de Diocleciano o quizás entre los 3l3 y 3l4, después de ser publicado el Edicto de Milán (313) reconociendo al Cristianismo, un Concilio comarcal o regional, al que asistieron 19 0bispos, 26 sacerdotes, varios diáconos y un grupo de fieles, que promulgó 81 cánones; en el 33 manda que los diáconos admitidos a las órdenes, sean célibes o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes, pero no se mete con los sacerdotes casados, si bien en el 43 dice que todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de celebrar misa perderá su trabajo. Son las primeras actas que se conservan sobre este tema; si bien sus cánones sólo tenían valor regional y probablemente no fueron conocidos más allá de esa zona.
Posteriormente el Concilio de Nicea, en el año 325, decreta que, una vez ordenados, los diáconos y sacerdotes no puedan casarse. Esta norma sigue vigente en las iglesias orientales. Casado estaba, en el año 385, Siricio cuando abandonó a su esposa para convertirse en Papa y quiere que obispos y sacerdotes hagan lo mismo; es decir, que abandonen a sus esposas[6]. Y en el año 580, el Papa Pelagio II sólo exige que a la muerte de los sacerdotes casados no pase a sus esposas e hijos la propiedad de los bienes de la Iglesia. Documentos del siglo VII demuestran que en Francia la mayoría de los sacerdotes eran hombres casados. Y en el VIII, San Bonifacio informa al Papa que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote es célibe. En el año 1045, el Papa Bonifacio IX se dispensa a sí mismo del celibato y renuncia al papado, para casarse. Pese a lo cual, en 1074, el Papa Gregorio VII, quiere imponer el voto del celibato. Y 21 años después, el Papa Urbano II comete la gran barbaridad anti evangélica de vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y el abandono de sus hijos. Naturalmente estas cosas sólo podían realizarse dentro de los dominios papales, pero no se observaron en el resto de la Cristiandad.
Los Concilios I y II de Letrán, en un afán de imponer el celibato a la fuerza, decretan que los matrimonios de los clérigos no son válidos. Pero ninguna autoridad humana puede declarar nulo un precepto de derecho natural. Y, en el siglo XV, el 50% de los sacerdotes son hombres casados y bien aceptados por los fieles. Es en el Concilio de Trento (1545 a 1563) cuando se decreta la obligación del celibato sacerdotal y se llega a afirmar que el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio. Esto va contra la Tradición teológica y es precisamente en 1930, cuando el Papa Pío XI, conforme con esa tradición afirma claramente que el sexo puede ser bueno y santo y Juan XXIII, en el Concilio Vaticano II, que el matrimonio es equivalente a la virginidad.
Finalmente, los obispos están autorizados a ordenar como diáconos a fieles casados. A los sacerdotes anglicanos y episcopales casados que se convierten al catolicismo se les ordena como sacerdotes católicos; ya que está en duda si su ordenación sacerdotal anterior fue válida. Y pueden ejercer su sacerdocio[7], siguiendo casados.
Sobre sus consecuencias y su incumplimiento en la práctica, el teólogo seglar español E. MIRET MAGDALENA, publicó en EL PAÍS, 26 de marzo de 2002, el siguiente artículo:
“La azarosa historia del celibato clerical.”
“Lo que acaba de desvelarse: que una parte del clero no cumple ni respeta el celibato, y que incluso se lanzan a violar a monjas y novicias, no es sino consecuencia de una férrea ley que impide al clero latino casarse, y se precipitan por la calle de en medio haciendo caso omiso de sus promesas. Las estadísticas que existen en el país de las encuestas, que son los Estados Unidos, revelan el mar de fondo que existe y la jerarquía católica quiere silenciar. Y solamente de cuando en cuando surge algún hecho que tiene visos de escándalo, cuando se difunde.”
“Un jesuita profesor de la Universidad de Harvard, el P. Fischler, descubrió que el 92% del clero norteamericano pedía que pudiera elegir el sacerdote libremente ser casado o soltero. Y un sacerdote y psicoterapeuta, el P. Sipe, encontró que sólo el 2% de ese clero cumple el celibato, el 47% lo cumple relativamente y el 31’5% vive una relación sexual, de los cuales el tercio tiene relaciones homosexuales. Ante ello, varios obispos han pedido que se quite el celibato para el clero latino, ya que el oriental –incluso el unido a Roma- no tiene esa obligación y suele ser casado. Y el Concilio Vaticano II alabó el sentido espiritual del sacerdote casado en Oriente.”
“La historia de esta exigencia es muy azarosa, pues tuvieron que pasar casi quince siglos hasta que se exigió definitivamente el celibato en la Iglesia latina. Hasta el siglo IV no hay ninguna ley que lo exija, en ninguna parte de la Cristiandad. Y a partir de entonces se empieza a considerar obligatorio en algunas partes, pero sólo que los obispos no puedan estar casados, no el clero; aunque esta ley no es general, y existen muchos obispos casados. En el siglo V, en el Concilio de Rímini asisten 300 obispos casados, cifra enorme, dados los pocos obispos que hay en el mundo latino. La ley empezaba a prohibir a los sacerdotes que fueran casados a partir del siglo V, aunque no fue exigida por todos los obispos en sus diócesis. Y solamente el Concilio de Letrán de 1123 la exigió para el mundo latino, porque en el Oriente cristiano se declaró que hambres casados pueden ser ordenados sacerdotes, y así sigue esa costumbre legítima.”
“Pero hasta el siglo XVI ni las leyes de algunas diócesis se cumplen, ni son generales, y si lo son se malcumplen, y se buscan subterfugios para salirse por la tangente. Una de las cosas que se hacen antes del siglo IX es casarse, porque, aunque quien lo hace comete pecado, el matrimonio, sin embargo, es válido.”
“Son muchos los concilios que critican las costumbres sexuales del clero, y los canónigos y el clero bajo tienen frecuentemente concubinas; y por exigencia de los concilios de Maguncia y Augsburgo, después de pasados dos siglos, el obispo de Brema tiene en el siglo XI que expulsar de la ciudad a las concubinas. Y en Italia, dice el historiador católico Padre Amman: “El concubinato de los clérigos estaba muy extendido”. Y San Pedro Damiano critica públicamente al obispo de Fiésole, que “estaba rodeado de un buen número de mujeres”. Y al Concilio de Constanza[8] se desplazan 700 mujeres públicas, para atender a los obispos y clero en sus demandas sexuales durante esa reunión conciliar, según cuenta el historiador católico Daniel-Rops.”
“Por eso, hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, no se sanciona solemnemente y de forma definitiva el celibato clerical, según confesó Pablo VI. ¿No es entonces natural y humano que la Iglesia de Roma suprima la hipocresía del celibato, que tantos males sexuales trae como consecuencia, y Roma haga caso de las sensatas peticiones, en ese sentido, de algunos obispos y moralistas y de muchos seglares católicos?”
Los sacerdotes seculares, los monjes, los frailes mendicantes y otros sólo hacen voto de obediencia a su Ordinario (Obispo, Abad, Superior General) y es éste quien les impone la norma canónica del celibato como condición imprescindible para ser ordenados diáconos y sacerdotes.
Durante el Concilio Vaticano II, muchos obispos americanos, africanos y asiáticos quisieron plantear el tema, pero los curiales del Vaticano alegaron que no estaba en el orden del día y se dice que los alemanes se opusieron por el enorme gasto que supondría cargar a la Iglesia con el pago de la seguridad social de las familias de los sacerdotes. Pero ¿cómo se las arreglan entonces las iglesias protestantes y luteranas de Alemania, respecto de sus pastores?
Juan Pablo II, en julio de 1993, declaró que “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”. ¡Naturalmente! Sacerdotes son los de las iglesias de Oriente, que están casados y ejercen con gran éxito y aceptación, desde los comienzos del Cristianismo, su labor sacerdotal.
El 28 de marzo del 2010 un grupo de 40 mujeres que habían tenido romances con sacerdotes italianos se reunieron y remitieron a los medios de comunicación una interesante “carta abierta” al Papa Benedicto XVI pidiéndole la anulación del celibato sacerdotal. Intervino Stefanía Salomone, quien explicó a los medios que ella había convivido con un sacerdote durante cinco años; que se conocieron en la parroquia y los sentimientos surgieron de manera natural; pero el sacerdote, del que no quiso dar el nombre, se sentía confundido por sus propios sentimientos que, de alguna manera, estaba perturbado por su condición y el voto del celibato.
El 18 de mayo de 2010, los obispos austríacos, tras un encuentro en Mariazell con los consejos parroquiales, elevaron las conclusiones de éstos y de una gran asociación de seglares católicos, al Papa, solicitando la abolición del celibato, la readmisión al ejercicio del sacerdocio a los sacerdotes secularizados; especialmente poniendo de relieve la gran falta de vocaciones y la necesidad de reponer al clero viejo que se iba muriendo.
¿Futuro? Recordemos la rigidez con que Pio XII se negaba a pensar siquiera que los ritos sagrados pudieran realizarse en la lengua vernácula. Y las discusiones sobre el tema en el Concilio. Pero se impuso el sentido común. Y de tal forma que incluso se cambió el rito de la misa y se prohibió usar en ella el latín. Igual ocurrirá con el celibato. Vendrá otro Papa y se jubilarán los curiales vaticanescos y bien sea por un Concilio, bien por petición de todas las Conferencias Episcopales del mundo, el Papa derogará la ley del celibato obligatorio. En adelante, será optativo.
Tomás Montull Calvo.
Lr. Y Lic. en S. Teología. Dr. en Filosofía.
[1] Future Church da seis nombres de papas casados, once de papas hijos de papas o de sacerdotes y seis de papas que después de 1139 tuvieron hijos ilegítimos. E-mail: info@futurechurch.org. Donde además hay una abundante bibliografía.
[2] I Tim. 3, 1-4.
[3] I Tim. 3, 12.
[4] Tito, 1,6.
[5] I Cor., 7, 1-9.
[6] ¿Dónde queda la caridad cristiana? ¿Dónde la doctrina de San Pablo, que dice ser precepto del Señor que marido y mujer no se separen? (I Cor., 7, 10-11) O que “no os defrau7déis el uno al otro, a no ser de com´`un acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración, y de nuevo volved al mismo orden de v ida, a fin de que no os tiente Satanás de incontinencia” (I Cor., 7, 5)
[7] Para más amplia información: PR.HEYSSEN J. CORDERO MARAVÍ = E-mail: Cordero1844@hotmsil.com, que contiene una copiosísima bibliografía. Oxford Dictionary of Popes. FUTURE CHURCH: Lakewood, Ohio, USA, 2008. LUDWIG VON PASTOR: Historia de los Papas… Aquisgran, 1886-1933. WIKIPEDIA en Internet; donde hay multitud de artículos, pero los datos históricos están fundamentados en el Diccionario de los Papas de Oxford.rf
[8] Años1414-1418.
No es de institución divina, sino humana. San Pedro estaba casado, como sabemos por los Evangelios. Varios de los apóstoles escogidos por Jesús estaban casados y en los primeros catorce siglos del Cristianismo encontramos casados a papas[1] obispos, sacerdotes y diáconos.
El Apóstol San Pablo, escribe a su enviado Timoteo: “Si alguien desea el episcopado, buena obra desea; pero es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer… que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad”[2].
“Los diáconos sean maridos de una sola mujer y que sepan gobernar a sus hijos y a su propia casa”[3]
Y a Tito, le encarga: “constituye por las ciudades presbíteros en la forma que te ordené. Que sean irreprochables, maridos de una sola mujer, cuyos hijos sean fieles, que no estén tachados de liviandad o desobediencia”[4]
En la carta a los fieles de Corinto: “Comenzando por tratar de lo que me habéis escrito; bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una su marido… A los no casados y a las viudas les digo que es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse”[5]
Hasta el Concilio de Trento (1515-1563), contra la Reforma protestante, que promovía el matrimonio de los sacerdotes y suprimía las órdenes religiosas y sus votos, no se impuso de forma obligatoria para toda la Iglesia latina; no para la oriental, en la que tanto los ortodoxos como los católicos suelen estar casados, excepto los obispos. La única disposición en ambos es que han de haberse casado antes de recibir las órdenes del diaconado o sacerdocio. Después ya no se les puede casar. De todos modos es una disposición humana y, por ello, mutable.
En Ilíberis (Eliberi, Elvira), ciudad desaparecida que, según unos, estaría en la extremidad sudoccidental de la Sierra de Elvira y, según otros, donde se encuentra la Alcazaba Cadina, en Granada, tuvo lugar entre los años 303 y 304, acabada la persecución de Diocleciano o quizás entre los 3l3 y 3l4, después de ser publicado el Edicto de Milán (313) reconociendo al Cristianismo, un Concilio comarcal o regional, al que asistieron 19 0bispos, 26 sacerdotes, varios diáconos y un grupo de fieles, que promulgó 81 cánones; en el 33 manda que los diáconos admitidos a las órdenes, sean célibes o bien dejen a sus legítimas mujeres si quieren recibir las sagradas órdenes, pero no se mete con los sacerdotes casados, si bien en el 43 dice que todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de celebrar misa perderá su trabajo. Son las primeras actas que se conservan sobre este tema; si bien sus cánones sólo tenían valor regional y probablemente no fueron conocidos más allá de esa zona.
Posteriormente el Concilio de Nicea, en el año 325, decreta que, una vez ordenados, los diáconos y sacerdotes no puedan casarse. Esta norma sigue vigente en las iglesias orientales. Casado estaba, en el año 385, Siricio cuando abandonó a su esposa para convertirse en Papa y quiere que obispos y sacerdotes hagan lo mismo; es decir, que abandonen a sus esposas[6]. Y en el año 580, el Papa Pelagio II sólo exige que a la muerte de los sacerdotes casados no pase a sus esposas e hijos la propiedad de los bienes de la Iglesia. Documentos del siglo VII demuestran que en Francia la mayoría de los sacerdotes eran hombres casados. Y en el VIII, San Bonifacio informa al Papa que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote es célibe. En el año 1045, el Papa Bonifacio IX se dispensa a sí mismo del celibato y renuncia al papado, para casarse. Pese a lo cual, en 1074, el Papa Gregorio VII, quiere imponer el voto del celibato. Y 21 años después, el Papa Urbano II comete la gran barbaridad anti evangélica de vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y el abandono de sus hijos. Naturalmente estas cosas sólo podían realizarse dentro de los dominios papales, pero no se observaron en el resto de la Cristiandad.
Los Concilios I y II de Letrán, en un afán de imponer el celibato a la fuerza, decretan que los matrimonios de los clérigos no son válidos. Pero ninguna autoridad humana puede declarar nulo un precepto de derecho natural. Y, en el siglo XV, el 50% de los sacerdotes son hombres casados y bien aceptados por los fieles. Es en el Concilio de Trento (1545 a 1563) cuando se decreta la obligación del celibato sacerdotal y se llega a afirmar que el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio. Esto va contra la Tradición teológica y es precisamente en 1930, cuando el Papa Pío XI, conforme con esa tradición afirma claramente que el sexo puede ser bueno y santo y Juan XXIII, en el Concilio Vaticano II, que el matrimonio es equivalente a la virginidad.
Finalmente, los obispos están autorizados a ordenar como diáconos a fieles casados. A los sacerdotes anglicanos y episcopales casados que se convierten al catolicismo se les ordena como sacerdotes católicos; ya que está en duda si su ordenación sacerdotal anterior fue válida. Y pueden ejercer su sacerdocio[7], siguiendo casados.
Sobre sus consecuencias y su incumplimiento en la práctica, el teólogo seglar español E. MIRET MAGDALENA, publicó en EL PAÍS, 26 de marzo de 2002, el siguiente artículo:
“La azarosa historia del celibato clerical.”
“Lo que acaba de desvelarse: que una parte del clero no cumple ni respeta el celibato, y que incluso se lanzan a violar a monjas y novicias, no es sino consecuencia de una férrea ley que impide al clero latino casarse, y se precipitan por la calle de en medio haciendo caso omiso de sus promesas. Las estadísticas que existen en el país de las encuestas, que son los Estados Unidos, revelan el mar de fondo que existe y la jerarquía católica quiere silenciar. Y solamente de cuando en cuando surge algún hecho que tiene visos de escándalo, cuando se difunde.”
“Un jesuita profesor de la Universidad de Harvard, el P. Fischler, descubrió que el 92% del clero norteamericano pedía que pudiera elegir el sacerdote libremente ser casado o soltero. Y un sacerdote y psicoterapeuta, el P. Sipe, encontró que sólo el 2% de ese clero cumple el celibato, el 47% lo cumple relativamente y el 31’5% vive una relación sexual, de los cuales el tercio tiene relaciones homosexuales. Ante ello, varios obispos han pedido que se quite el celibato para el clero latino, ya que el oriental –incluso el unido a Roma- no tiene esa obligación y suele ser casado. Y el Concilio Vaticano II alabó el sentido espiritual del sacerdote casado en Oriente.”
“La historia de esta exigencia es muy azarosa, pues tuvieron que pasar casi quince siglos hasta que se exigió definitivamente el celibato en la Iglesia latina. Hasta el siglo IV no hay ninguna ley que lo exija, en ninguna parte de la Cristiandad. Y a partir de entonces se empieza a considerar obligatorio en algunas partes, pero sólo que los obispos no puedan estar casados, no el clero; aunque esta ley no es general, y existen muchos obispos casados. En el siglo V, en el Concilio de Rímini asisten 300 obispos casados, cifra enorme, dados los pocos obispos que hay en el mundo latino. La ley empezaba a prohibir a los sacerdotes que fueran casados a partir del siglo V, aunque no fue exigida por todos los obispos en sus diócesis. Y solamente el Concilio de Letrán de 1123 la exigió para el mundo latino, porque en el Oriente cristiano se declaró que hambres casados pueden ser ordenados sacerdotes, y así sigue esa costumbre legítima.”
“Pero hasta el siglo XVI ni las leyes de algunas diócesis se cumplen, ni son generales, y si lo son se malcumplen, y se buscan subterfugios para salirse por la tangente. Una de las cosas que se hacen antes del siglo IX es casarse, porque, aunque quien lo hace comete pecado, el matrimonio, sin embargo, es válido.”
“Son muchos los concilios que critican las costumbres sexuales del clero, y los canónigos y el clero bajo tienen frecuentemente concubinas; y por exigencia de los concilios de Maguncia y Augsburgo, después de pasados dos siglos, el obispo de Brema tiene en el siglo XI que expulsar de la ciudad a las concubinas. Y en Italia, dice el historiador católico Padre Amman: “El concubinato de los clérigos estaba muy extendido”. Y San Pedro Damiano critica públicamente al obispo de Fiésole, que “estaba rodeado de un buen número de mujeres”. Y al Concilio de Constanza[8] se desplazan 700 mujeres públicas, para atender a los obispos y clero en sus demandas sexuales durante esa reunión conciliar, según cuenta el historiador católico Daniel-Rops.”
“Por eso, hasta el Concilio de Trento, en el siglo XVI, no se sanciona solemnemente y de forma definitiva el celibato clerical, según confesó Pablo VI. ¿No es entonces natural y humano que la Iglesia de Roma suprima la hipocresía del celibato, que tantos males sexuales trae como consecuencia, y Roma haga caso de las sensatas peticiones, en ese sentido, de algunos obispos y moralistas y de muchos seglares católicos?”
Los sacerdotes seculares, los monjes, los frailes mendicantes y otros sólo hacen voto de obediencia a su Ordinario (Obispo, Abad, Superior General) y es éste quien les impone la norma canónica del celibato como condición imprescindible para ser ordenados diáconos y sacerdotes.
Durante el Concilio Vaticano II, muchos obispos americanos, africanos y asiáticos quisieron plantear el tema, pero los curiales del Vaticano alegaron que no estaba en el orden del día y se dice que los alemanes se opusieron por el enorme gasto que supondría cargar a la Iglesia con el pago de la seguridad social de las familias de los sacerdotes. Pero ¿cómo se las arreglan entonces las iglesias protestantes y luteranas de Alemania, respecto de sus pastores?
Juan Pablo II, en julio de 1993, declaró que “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”. ¡Naturalmente! Sacerdotes son los de las iglesias de Oriente, que están casados y ejercen con gran éxito y aceptación, desde los comienzos del Cristianismo, su labor sacerdotal.
El 28 de marzo del 2010 un grupo de 40 mujeres que habían tenido romances con sacerdotes italianos se reunieron y remitieron a los medios de comunicación una interesante “carta abierta” al Papa Benedicto XVI pidiéndole la anulación del celibato sacerdotal. Intervino Stefanía Salomone, quien explicó a los medios que ella había convivido con un sacerdote durante cinco años; que se conocieron en la parroquia y los sentimientos surgieron de manera natural; pero el sacerdote, del que no quiso dar el nombre, se sentía confundido por sus propios sentimientos que, de alguna manera, estaba perturbado por su condición y el voto del celibato.
El 18 de mayo de 2010, los obispos austríacos, tras un encuentro en Mariazell con los consejos parroquiales, elevaron las conclusiones de éstos y de una gran asociación de seglares católicos, al Papa, solicitando la abolición del celibato, la readmisión al ejercicio del sacerdocio a los sacerdotes secularizados; especialmente poniendo de relieve la gran falta de vocaciones y la necesidad de reponer al clero viejo que se iba muriendo.
¿Futuro? Recordemos la rigidez con que Pio XII se negaba a pensar siquiera que los ritos sagrados pudieran realizarse en la lengua vernácula. Y las discusiones sobre el tema en el Concilio. Pero se impuso el sentido común. Y de tal forma que incluso se cambió el rito de la misa y se prohibió usar en ella el latín. Igual ocurrirá con el celibato. Vendrá otro Papa y se jubilarán los curiales vaticanescos y bien sea por un Concilio, bien por petición de todas las Conferencias Episcopales del mundo, el Papa derogará la ley del celibato obligatorio. En adelante, será optativo.
Tomás Montull Calvo.
Lr. Y Lic. en S. Teología. Dr. en Filosofía.
[1] Future Church da seis nombres de papas casados, once de papas hijos de papas o de sacerdotes y seis de papas que después de 1139 tuvieron hijos ilegítimos. E-mail: info@futurechurch.org. Donde además hay una abundante bibliografía.
[2] I Tim. 3, 1-4.
[3] I Tim. 3, 12.
[4] Tito, 1,6.
[5] I Cor., 7, 1-9.
[6] ¿Dónde queda la caridad cristiana? ¿Dónde la doctrina de San Pablo, que dice ser precepto del Señor que marido y mujer no se separen? (I Cor., 7, 10-11) O que “no os defrau7déis el uno al otro, a no ser de com´`un acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración, y de nuevo volved al mismo orden de v ida, a fin de que no os tiente Satanás de incontinencia” (I Cor., 7, 5)
[7] Para más amplia información: PR.HEYSSEN J. CORDERO MARAVÍ = E-mail: Cordero1844@hotmsil.com, que contiene una copiosísima bibliografía. Oxford Dictionary of Popes. FUTURE CHURCH: Lakewood, Ohio, USA, 2008. LUDWIG VON PASTOR: Historia de los Papas… Aquisgran, 1886-1933. WIKIPEDIA en Internet; donde hay multitud de artículos, pero los datos históricos están fundamentados en el Diccionario de los Papas de Oxford.rf
[8] Años1414-1418.
MIGUEL SERVET Y LA CIRCULACIÓN DE LA SANGRE
MIGUEL SERVET Y LA CIRCULACIÓN DE LA SANGRE.
Nociones previas.
El corazón es el órgano encargado de impulsar la sangre a través de todo el organismo. Las células consumen oxígeno y producen dióxido de carbono durante su proceso respiratorio. La sangre que abandona los tejidos posee una concentración menor de oxígeno y una mayor de dióxido de carbono que la sangre procedente del corazón y que se dirige a los tejidos.
La sangre con baja concentración de oxígeno y altas de carbono recibe el nombre de sangre venosa o no oxigenada. Esta sangre es transportada por las venas al corazón derecho y pasa a los pulmones, donde se enriquece de oxígeno y se desprende del dióxido de carbono. Esta sangre, que posee de nuevo altas concentraciones de oxígeno y poco dióxido de carbono se denomina sangre arterial u oxigenada.
Después de pasar por los pulmones, vuelve al corazón izquierdo, que la envía a los tejidos del organismo para que ceda a las células el oxígeno que lleva consigo y tome el dióxido de carbono que aquéllas producen.
´ La sangre retorna al corazón por tres grandes venas y varias otras más pequeñas. Todas estas venas desembocan en la aurícula derecha. A continuación, la sangre pasa al ventrículo derecho y se dirige a los pulmones por la arteria pulmonar, donde se oxigena convenientemente (toma oxígeno y cede dióxido de carbono). Una vez oxigenada, pasa a la aurícula izquierda, siguiendo el trayecto de las cuatro venas pulmonares, dos para cada pulmón. De la aurícula izquierda pasa al ventrículo izquierdo, que la bombea a su vez hacia la aorta. Esta la conduce hasta los diversos tejidos del organismo donde cede oxígeno a la población celular y se lleva el CO2 que ésta produce.
Vemos, pues, dos circulaciones: la pulmonar o menor, y la sistémica o mayor. Miguel Servet trató la primera.
Antecedentes.
El médico griego Claudio Galeno, del siglo II d.C., enseñaba que la sangre llegaba a la parte derecha del corazón, atravesaba el septo cardíaco a través de poros invisibles, para acabar en la parte izquierda, donde finalmente se mezclaba con el aire y se creaba el espíritu vital, que ulteriormente se distribuía por todo el cuerpo. Según Galeno, el sistema venoso se separaba del sistema arterial excepto en los poros invisibles localizados en el tabique que divide al corazón en dos mitades (derecha e izquierda).
Esta teoría era la que se expuso en todas las escuelas de Medicina, hasta el siglo XVI.
Sin embargo, el médico sirio Ibn al-Nafis o Ibn Nafis, nacido en Damasco (1210/1213), donde ejerció la medicina en un hospital, hasta que en 1236 emigró a Egipto para ejercer como médico jefe en dos hospitales, además de médico real y murió en 1288, escribió un Comentario de la Anatomía de Avicena (filósofo y médico) donde corrige a Galeno y expone la circulación pulmonar de la sangre.
"... la sangre de la cámara derecha del corazón debe llegar a la cámara izquierda pero no hay una vía directa entre ambas. El grueso septo cardíaco no está perforado y no tiene poros visibles, como alguna gente piensa ni invisibles como pensaba Galeno. La sangre de la cámara derecha fluye a través de la vena arteriosa [arteria pulmonar] hasta los pulmones, donde se distribuye a través de su parénquima, se mezcla con el aire, pasa a la arteria venosa [vena pulmonar] y alcanza la cámara izquierda del corazón y allí forma el espíritu vital..."
"El corazón sólo tiene dos ventrículos... y entre éstos no hay absolutamente ninguna abertura. La disección demuestra la falsedad de lo que dijeron, ya que el septo entre estas dos cavidades es de hecho más grueso en esta parte que en ninguna otra. La función de esta sangre (que está en la cavidad derecha) es ascender a los pulmones, mezclarse con el aire de los pulmones, y después pasar a la cavidad izquierda a través de la arteria venosa..."
Los pulmones se componen de partes, una de las cuales son los bronquios; la segunda, las ramas de la arteria venosa; y la tercera, las ramas de la vena arteriosa, estando todas ellas conectadas por un parénquima laxo y poroso". "... los pulmones necesitan la vena arteriosa por el transporte que ésta realiza de la sangre que ha sido diluida y calentada en el corazón, así que lo que rezuma a través de los poros de las ramas de este vaso en los alvéolos de los pulmones se mezclaría con lo que hay en ellos de aire y se combinarían con él, dando como resultado algo parecido al espíritu vital, cuando esta mezcla tiene lugar en la cavidad izquierda del corazón. La arteria venosa transporta esta mezcla a la cavidad izquierda." Ibn Nafis postuló que el oxígeno y los nutrientes para el corazón se extraían de las arterias coronarias:
"...de nuevo su (de Avicena) argumento de que la sangre que está en la parte derecha es para nutrir el corazón no es del todo cierta, ya que el corazón se nutre a partir de la sangre que pasa por los vasos que penetran el cuerpo del corazón..."
Este libro era conocido de Servet y de su contemporáneo Realdo Colombo; ya que Avicena hacía varios siglos que, traducido al latín, era conocido en todas las universidades europeas.
Miguel Servet (1511-1553), nace en Villanueva de Sijena (Huesca), hijo de Antonio Serveto, noble infanzón y notario del Monasterio de Sijena y de Catalina Conesa, que por línea materna descendía de la familia judeoconversa de los Zaporta. Por lo que su nombre real es Miguel Servetus Conesa.
Estudia en el Monasterio de Montearagón. Con 13 años domina latín, griego y hebreo. Se forma en Toulouse (Francia), recorre Italia, Alemania, Francia y acaba en Ginebra (Suiza); donde es quemado vivo por hereje a instancias del protestante Calvino[1].
Publica varias obras importantes[2], pero ha pasado a la posteridad por el hecho de ser el descubridor de la circulación menor o pulmonar de la sangre. Y no en una obra de medicina, sino en el libro V de su Christianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo). Pensaba que el alma era una emanación de la Divinidad y que tenía como sede a la sangre. Gracias a ella, el alma podía estar diseminada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina. Lo relata de este modo[3].
El corazón es el principal órgano viviente, la fuente de calor que se halla en medio del cuerpo. Sobre este tema debe primero entenderse la importante creación del espíritu vital, compuesto de una sangre ligera alimentada por el aire inspirado. El espíritu vital tiene su propio origen en el ventrículo izquierdo del corazón, y los pulmones tienen un papel importante en su desarrollo. Se trata de un espíritu enrarecido, producido por la fuerza del calor, de color amarillo rojizo (flavo) y de potencia igual a la del fuego. De manera que es una especie de vapor de sangre muy pura que contiene en sí mismo las sustancias del agua, aire y fuego. Se genera en los pulmones a partir de una mezcla de aire inspirado con la sangre elaborada y ligera que el ventrículo derecho del corazón comunica con el izquierdo. Sin embargo, esta comunicación no se realiza a través de la pared central del corazón, como comúnmente se cree, sino que, a través de un sistema muy ingenioso, la sangre fluye durante un largo recorrido a través de los pulmones. Elaborada por los pulmones, adquiere el tono amarillo rojizo y se vierte desde la arteria pulmonar hasta la vena pulmonar. Entonces, una vez en la vena pulmonar, se mezcla con aire inspirado y a través de la expiración se libera de sus impurezas. Así, completamente mezclada y preparada correctamente para la producción del espíritu vital, es impulsada desde el ventrículo izquierdo del corazón por medio de la diástole.Sabemos que esta comunicación se establece así a través de los pulmones por las distintas combinaciones y la conexión de la arteria pulmonar con la vena pulmonar en la cavidad pulmonar. De igual modo, se envía aire mezclado con sangre, no simplemente aire, desde los pulmones hasta el corazón a través de la vena pulmonar, por lo que la mezcla se produce en los pulmones. Esta sangre espirituosa se torna de color amarillo rojizo en los pulmones, no en el corazón.
Al igual que en el hígado se produce una transfusión de sangre de la vena aorta a la vena cava, en el pulmón se realiza una transfusión de sangre del espíritu de la arteria pulmonar a la vena pulmonar.
De esta forma, el espíritu vital es inyectado del ventrículo izquierdo del corazón a las arterias de todo el cuerpo”
Realdo Colombo (1516-1559), nació en Cremona, fue profesor de anatomía en la Universidad de Padua, después en las de Pisa y la Sapienza de Roma; además de cirujano del Papa Julio III. En 1559, es decir seis años después de la Christianorum Restitutio de Miguel Servet, escribió De re anatomica (sobre anatomía), donde expone una descripción completa de la circulación pulmonar; o sea, del paso de la sangre entre el corazón y los pulmones, así como los dos movimientos del corazón (diástole y sístole).
William Harvey (1578-1657) médico inglés, nacido en Kent y doctorado en la Universidad italiana de Padua, considerada entonces la mejor escuela de medicina de Europa, tuvo como profesor a Realdo Colombo y conoció las obras de Andrés Cesalpino y de Fabricio. Y, según parece, fue allí donde tuvo la intuición de la circulación mayor de la sangre. Sus estudios se basaban en la disección de animales, cuya técnica había aprendido en Padua de la mano del profesor Fabricio.
Para 1615 ya es maestro en propiedad del Colegio Real y ya habla de su teoría de la circulación sanguínea, aunque no publicaría su "Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus" (Ejercicio anatómico sobre el movimiento del corazón y la sangre en los animales ) hasta 1628.
Harvey reconocía la naturaleza muscular del corazón y observó con cuidado la índole y origen de sus contracciones. Contando el número de pulsaciones por minuto en una arteria, se determinaría la rapidez con que latía el corazón. Luego la atención de Harvey se centraría en la trayectoria que seguiría la sangre al pasar por las cuatro cavidades del corazón y por los vasos sanguíneos. Descubrió que la estructura y la disposición de las válvulas solo permitían que la sangre fluyera en un sentido.La sangre del ventrículo derecho pasaba a los pulmones por las arterias pulmonares y volvía a la aurícula izquierda por las venas pulmonares. De allí pasaba al ventrículo izquierdo desde el cual era impulsada por la aorta y sus arterias hasta las extremidades del cuerpo. Se completaba el ciclo cuando la sangre volvía por la vena cava a la aurícula derecha y luego al ventrículo derecho del corazón para comenzar de nuevo. Luego, supuso Harvey, el latido del corazón provoca el continuo movimiento de la sangre[4].
El Senense.
[1] Biografía detallada en Internet.
[2] De Trinitatis erroribus (Errores sobre la Trinidad), con 20 años. Dialogorum de Trinitate (Diálogos acerca de la Trinidad), con 21 años; Syroporu, con 25 años; Astrología, con 27 años; publica la versión española de la Summa Theologia de Sto. Tomás de Aquino, con 29 años; Biblia de Santes Pagnini, y otra Bibjlia, versión Servet, con 31 años; Christianismi Restitutio, acabada a sus 34 años, es publicada como anónimo a los 40 años. A los 42 años es condenado a muerte en Ginebra, por hereje, por instigación del protestante Calvino.
[3] Se suprimen, para evitar aburrimiento, muchos de sus razonamientos teológicos que en esencia no modifican su teoría.
· [4] Si interesara toda la explicación que da Harvey para probar su descubrimiento: la circulación mayor de la sangre, se puede hallar en Internet.
Nociones previas.
El corazón es el órgano encargado de impulsar la sangre a través de todo el organismo. Las células consumen oxígeno y producen dióxido de carbono durante su proceso respiratorio. La sangre que abandona los tejidos posee una concentración menor de oxígeno y una mayor de dióxido de carbono que la sangre procedente del corazón y que se dirige a los tejidos.
La sangre con baja concentración de oxígeno y altas de carbono recibe el nombre de sangre venosa o no oxigenada. Esta sangre es transportada por las venas al corazón derecho y pasa a los pulmones, donde se enriquece de oxígeno y se desprende del dióxido de carbono. Esta sangre, que posee de nuevo altas concentraciones de oxígeno y poco dióxido de carbono se denomina sangre arterial u oxigenada.
Después de pasar por los pulmones, vuelve al corazón izquierdo, que la envía a los tejidos del organismo para que ceda a las células el oxígeno que lleva consigo y tome el dióxido de carbono que aquéllas producen.
´ La sangre retorna al corazón por tres grandes venas y varias otras más pequeñas. Todas estas venas desembocan en la aurícula derecha. A continuación, la sangre pasa al ventrículo derecho y se dirige a los pulmones por la arteria pulmonar, donde se oxigena convenientemente (toma oxígeno y cede dióxido de carbono). Una vez oxigenada, pasa a la aurícula izquierda, siguiendo el trayecto de las cuatro venas pulmonares, dos para cada pulmón. De la aurícula izquierda pasa al ventrículo izquierdo, que la bombea a su vez hacia la aorta. Esta la conduce hasta los diversos tejidos del organismo donde cede oxígeno a la población celular y se lleva el CO2 que ésta produce.
Vemos, pues, dos circulaciones: la pulmonar o menor, y la sistémica o mayor. Miguel Servet trató la primera.
Antecedentes.
El médico griego Claudio Galeno, del siglo II d.C., enseñaba que la sangre llegaba a la parte derecha del corazón, atravesaba el septo cardíaco a través de poros invisibles, para acabar en la parte izquierda, donde finalmente se mezclaba con el aire y se creaba el espíritu vital, que ulteriormente se distribuía por todo el cuerpo. Según Galeno, el sistema venoso se separaba del sistema arterial excepto en los poros invisibles localizados en el tabique que divide al corazón en dos mitades (derecha e izquierda).
Esta teoría era la que se expuso en todas las escuelas de Medicina, hasta el siglo XVI.
Sin embargo, el médico sirio Ibn al-Nafis o Ibn Nafis, nacido en Damasco (1210/1213), donde ejerció la medicina en un hospital, hasta que en 1236 emigró a Egipto para ejercer como médico jefe en dos hospitales, además de médico real y murió en 1288, escribió un Comentario de la Anatomía de Avicena (filósofo y médico) donde corrige a Galeno y expone la circulación pulmonar de la sangre.
"... la sangre de la cámara derecha del corazón debe llegar a la cámara izquierda pero no hay una vía directa entre ambas. El grueso septo cardíaco no está perforado y no tiene poros visibles, como alguna gente piensa ni invisibles como pensaba Galeno. La sangre de la cámara derecha fluye a través de la vena arteriosa [arteria pulmonar] hasta los pulmones, donde se distribuye a través de su parénquima, se mezcla con el aire, pasa a la arteria venosa [vena pulmonar] y alcanza la cámara izquierda del corazón y allí forma el espíritu vital..."
"El corazón sólo tiene dos ventrículos... y entre éstos no hay absolutamente ninguna abertura. La disección demuestra la falsedad de lo que dijeron, ya que el septo entre estas dos cavidades es de hecho más grueso en esta parte que en ninguna otra. La función de esta sangre (que está en la cavidad derecha) es ascender a los pulmones, mezclarse con el aire de los pulmones, y después pasar a la cavidad izquierda a través de la arteria venosa..."
Los pulmones se componen de partes, una de las cuales son los bronquios; la segunda, las ramas de la arteria venosa; y la tercera, las ramas de la vena arteriosa, estando todas ellas conectadas por un parénquima laxo y poroso". "... los pulmones necesitan la vena arteriosa por el transporte que ésta realiza de la sangre que ha sido diluida y calentada en el corazón, así que lo que rezuma a través de los poros de las ramas de este vaso en los alvéolos de los pulmones se mezclaría con lo que hay en ellos de aire y se combinarían con él, dando como resultado algo parecido al espíritu vital, cuando esta mezcla tiene lugar en la cavidad izquierda del corazón. La arteria venosa transporta esta mezcla a la cavidad izquierda." Ibn Nafis postuló que el oxígeno y los nutrientes para el corazón se extraían de las arterias coronarias:
"...de nuevo su (de Avicena) argumento de que la sangre que está en la parte derecha es para nutrir el corazón no es del todo cierta, ya que el corazón se nutre a partir de la sangre que pasa por los vasos que penetran el cuerpo del corazón..."
Este libro era conocido de Servet y de su contemporáneo Realdo Colombo; ya que Avicena hacía varios siglos que, traducido al latín, era conocido en todas las universidades europeas.
Miguel Servet (1511-1553), nace en Villanueva de Sijena (Huesca), hijo de Antonio Serveto, noble infanzón y notario del Monasterio de Sijena y de Catalina Conesa, que por línea materna descendía de la familia judeoconversa de los Zaporta. Por lo que su nombre real es Miguel Servetus Conesa.
Estudia en el Monasterio de Montearagón. Con 13 años domina latín, griego y hebreo. Se forma en Toulouse (Francia), recorre Italia, Alemania, Francia y acaba en Ginebra (Suiza); donde es quemado vivo por hereje a instancias del protestante Calvino[1].
Publica varias obras importantes[2], pero ha pasado a la posteridad por el hecho de ser el descubridor de la circulación menor o pulmonar de la sangre. Y no en una obra de medicina, sino en el libro V de su Christianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo). Pensaba que el alma era una emanación de la Divinidad y que tenía como sede a la sangre. Gracias a ella, el alma podía estar diseminada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina. Lo relata de este modo[3].
El corazón es el principal órgano viviente, la fuente de calor que se halla en medio del cuerpo. Sobre este tema debe primero entenderse la importante creación del espíritu vital, compuesto de una sangre ligera alimentada por el aire inspirado. El espíritu vital tiene su propio origen en el ventrículo izquierdo del corazón, y los pulmones tienen un papel importante en su desarrollo. Se trata de un espíritu enrarecido, producido por la fuerza del calor, de color amarillo rojizo (flavo) y de potencia igual a la del fuego. De manera que es una especie de vapor de sangre muy pura que contiene en sí mismo las sustancias del agua, aire y fuego. Se genera en los pulmones a partir de una mezcla de aire inspirado con la sangre elaborada y ligera que el ventrículo derecho del corazón comunica con el izquierdo. Sin embargo, esta comunicación no se realiza a través de la pared central del corazón, como comúnmente se cree, sino que, a través de un sistema muy ingenioso, la sangre fluye durante un largo recorrido a través de los pulmones. Elaborada por los pulmones, adquiere el tono amarillo rojizo y se vierte desde la arteria pulmonar hasta la vena pulmonar. Entonces, una vez en la vena pulmonar, se mezcla con aire inspirado y a través de la expiración se libera de sus impurezas. Así, completamente mezclada y preparada correctamente para la producción del espíritu vital, es impulsada desde el ventrículo izquierdo del corazón por medio de la diástole.Sabemos que esta comunicación se establece así a través de los pulmones por las distintas combinaciones y la conexión de la arteria pulmonar con la vena pulmonar en la cavidad pulmonar. De igual modo, se envía aire mezclado con sangre, no simplemente aire, desde los pulmones hasta el corazón a través de la vena pulmonar, por lo que la mezcla se produce en los pulmones. Esta sangre espirituosa se torna de color amarillo rojizo en los pulmones, no en el corazón.
Al igual que en el hígado se produce una transfusión de sangre de la vena aorta a la vena cava, en el pulmón se realiza una transfusión de sangre del espíritu de la arteria pulmonar a la vena pulmonar.
De esta forma, el espíritu vital es inyectado del ventrículo izquierdo del corazón a las arterias de todo el cuerpo”
Realdo Colombo (1516-1559), nació en Cremona, fue profesor de anatomía en la Universidad de Padua, después en las de Pisa y la Sapienza de Roma; además de cirujano del Papa Julio III. En 1559, es decir seis años después de la Christianorum Restitutio de Miguel Servet, escribió De re anatomica (sobre anatomía), donde expone una descripción completa de la circulación pulmonar; o sea, del paso de la sangre entre el corazón y los pulmones, así como los dos movimientos del corazón (diástole y sístole).
William Harvey (1578-1657) médico inglés, nacido en Kent y doctorado en la Universidad italiana de Padua, considerada entonces la mejor escuela de medicina de Europa, tuvo como profesor a Realdo Colombo y conoció las obras de Andrés Cesalpino y de Fabricio. Y, según parece, fue allí donde tuvo la intuición de la circulación mayor de la sangre. Sus estudios se basaban en la disección de animales, cuya técnica había aprendido en Padua de la mano del profesor Fabricio.
Para 1615 ya es maestro en propiedad del Colegio Real y ya habla de su teoría de la circulación sanguínea, aunque no publicaría su "Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus" (Ejercicio anatómico sobre el movimiento del corazón y la sangre en los animales ) hasta 1628.
Harvey reconocía la naturaleza muscular del corazón y observó con cuidado la índole y origen de sus contracciones. Contando el número de pulsaciones por minuto en una arteria, se determinaría la rapidez con que latía el corazón. Luego la atención de Harvey se centraría en la trayectoria que seguiría la sangre al pasar por las cuatro cavidades del corazón y por los vasos sanguíneos. Descubrió que la estructura y la disposición de las válvulas solo permitían que la sangre fluyera en un sentido.La sangre del ventrículo derecho pasaba a los pulmones por las arterias pulmonares y volvía a la aurícula izquierda por las venas pulmonares. De allí pasaba al ventrículo izquierdo desde el cual era impulsada por la aorta y sus arterias hasta las extremidades del cuerpo. Se completaba el ciclo cuando la sangre volvía por la vena cava a la aurícula derecha y luego al ventrículo derecho del corazón para comenzar de nuevo. Luego, supuso Harvey, el latido del corazón provoca el continuo movimiento de la sangre[4].
El Senense.
[1] Biografía detallada en Internet.
[2] De Trinitatis erroribus (Errores sobre la Trinidad), con 20 años. Dialogorum de Trinitate (Diálogos acerca de la Trinidad), con 21 años; Syroporu, con 25 años; Astrología, con 27 años; publica la versión española de la Summa Theologia de Sto. Tomás de Aquino, con 29 años; Biblia de Santes Pagnini, y otra Bibjlia, versión Servet, con 31 años; Christianismi Restitutio, acabada a sus 34 años, es publicada como anónimo a los 40 años. A los 42 años es condenado a muerte en Ginebra, por hereje, por instigación del protestante Calvino.
[3] Se suprimen, para evitar aburrimiento, muchos de sus razonamientos teológicos que en esencia no modifican su teoría.
· [4] Si interesara toda la explicación que da Harvey para probar su descubrimiento: la circulación mayor de la sangre, se puede hallar en Internet.
cONCIENCIA MORAL: NORMA INDIVIDUAL DE CONDUCTA
CONCIENCIA MORAL: NORMA INDIVIDUAL DE CONDUCTA.
No se extrañen los católicos. No es herejía. Desde los comienzos del Cristianismo, como vamos a ver, ha habido unanimidad entre los teólogos en afirmar que la conciencia moral es la norma, la regla divina de conducta personal o individual. Con otras palabras, que no se puede ir en contra de lo que nuestra conciencia nos dicte en cada caso concreto o particular; que no nos es válido, ni lícito obrar contra ella por obedecer la autoridad de papas, concilios, obispos, gobiernos, filósofos o teólogos.
Los teólogos católicos la definen como “dictamen o juicio del entendimiento práctico que afirma en (un caso) particular si es lícito o ilícito, y por ello que ha de ser puesto (o puede ponerse) u omitido por nosotros”[1].
Y a continuación afirman que “La conciencia es la regla próxima y subjetiva de los actos humanos, que obliga no por sí misma sino en virtud de precepto divino, porque aplica la regla objetiva y remota o la ley al caso particular en orden a la actividad del sujeto… Por donde se concluye que la conciencia es la intimación y como promulgación de la ley en cuanto al acto que se ha de realizar”.[2]
Regla próxima y subjetiva quiere decir que es la regla o norma práctica que ha de guiar a cada sujeto o individuo particular en su conducta o forma de actuar en los casos concretos. Esa es la norma para ese sujeto y no rige para otros. Cada uno tiene su conciencia y cada uno ha de enfocar su conducta por lo que ella le dicte.
Que obliga “en virtud de precepto divino” significa que no es por disposición de una u otra autoridad, por algún convenio humano o cualquier otro motivo, sino porque así está ordenado en la propia ley de Dios, que la crea como singular y próxima (= primera, por encima de las demás) norma de conducta de su poseedor.
Esto lo tenían clarísimo los teólogos de la Edad Media. Así, San Buenaventura (años 1221-1274), nos dice que “la conciencia es como el pregonero de Dios y su mensajero; y lo que dice, no lo manda por sí misma, sino que lo manda, como algo de Dios… y por eso tiene la fuerza de obligar”[3].
Por su parte, Santo Tomás de Aquino (1220-1274), el gran Doctor Angélico, dice que “como quiera que la conciencia no es sino la aplicación del conocimiento (de una ley) al acto, consta que la conciencia dícese que obliga en virtud de precepto divino”[4]. O sea, que está por encima de todo precepto o mandato humano y que por eso hay que seguir a aquella antes que a éste, si se le opone. Así lo leemos en el teólogo moral ya citado, Merkelbach, “se sigue que la conciencia obliga más que el precepto del superior humano”[5].
Más adelante, apoyándose en Santo Tomás, “La conciencia no obliga sino en virtud de precepto (mandamiento) divino… Luego cuando el precepto (mandato, orden) divino obligue contra el precepto del prelado, y obligue más que el precepto del prelado, la obligación de conciencia será mayor que la obligación del precepto del prelado, así la conciencia obligará contra el precepto dado por el prelado”[6]
Y es que para la Teología Moral, “la conciencia de tal modo es la regla de los actos humanos que nunca es lícito que obremos contra ella, tanto si ordena como si prohíbe”[7]. El apóstol San Pablo escribió que “todo lo que no es según conciencia, es pecado”[8].
Aún más, el Concilio Vaticano II en su declaración Dignitatis humanae (De la dignidad humana), en su punto 3, dice: “El hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir fielmente , en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según conciencia”. En Gaudium et spes (Gozo y esperanza), punto 17, declara que “la dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección”.
Joseph Ratzinger, el actual Papa, inmediatamente antes de la Encíclica Humanae Vitae, 1968, escribía: “Aún por encima del Papa, como expresión vinculante de la autoridad eclesiástica, se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera preciso incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica. En esta determinación del individuo, que encuentra en la conciencia la instancia suprema y última, libre en último término frente a las pretensiones de cualquier comunidad externa, incluida la Iglesia oficial, se halla a la vez el antídoto de cualquier totalitarismo en ciernes y la verdadera obediencia eclesial se zafa de cualquier tentación totalitaria, que no podría aceptar, enfrentada con su voluntad de poder, esa clase de vinculación última”[9].
Mientras era profesor de Teología en Bonn, sobre el Santo Oficio (Inquisición), del que luego fue Prefecto, escribió: “Escándalo intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de defender los derechos de Dios, se defienda sólo una situación social determinada y las posiciones de poder en ella conseguidas. Escándalo secundario intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de defender la inmutabilidad de la fe, no se defienda nada más que el propio estancamiento. Escándalo secundario intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de proteger la integridad de la verdad, se eternicen opiniones académicas que en un momento se impusieron como cosa natural, pero que ahora llevan tiempo necesitando ser revisadas y que vuelva a plantearse cuáles son ahora las verdaderas exigencias de lo originario. Pero lo peligroso es que este escándalo secundario intencionado constantemente se confunde con el escándalo primario (el Evangelio mismo) y con ello lo hace inaccesible, ocultando la pretensión específicamente cristiana y su gravedad tras las pretensiones de sus mensajeros”[10].
Sin comentarios. Demasiado claro. Revisemos nuestro pasado, lo que nos predicaron, todo aquello que nos hizo sufrir en vano y juzguémoslo en función de cuanto venimos exponiendo y en especial a la luz de estas graves y tajantes afirmaciones del teólogo Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI.
Ante la objeción de que todo lo dicho es únicamente válido para la llamada “conciencia recta” (que no saben lo que es), pero no cuando es errónea, los teólogos morales responden: “La conciencia invenciblemente errónea es accidentalmente regla de actuación”[11]. O sea, que cada individuo ha de atenerse al dictamen de su conciencia, aun cuando ignore que es errónea. No la confundamos con la maliciosa o farisaica, que se inventa una idea o principio de raza, religión, patria, sociedad, economía o similar para justificar guerras, asesinatos, injusticias y corrupciones, como vemos a diario y como el teólogo Ratzinger critica.
Y ¿qué es la conciencia recta? ¿Acaso la de los jerifaltes de la llamada Santa Inquisición cuando torturaban para hacer confesar herejías o brujerías que condenaban a la muerte en la hoguera? ¿Era conciencia recta? El Papa que pidió perdón dijo que no. O los de ese Santo Oficio que metió en el Índice de libros prohibidos a grandes pensadores como Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, Bergson por el solo delito, a mi parecer, de no entender su lenguaje filosófico moderno. O del actual (bajo otro nombre) que prohíbe la docencia y la publicación de temas que sólo ellos consideran “peligrosos” para la fe.
Tras el último Concilio se reformaron muchas Constituciones de religiosos y principalmente de religiosas, porque muchas de sus prohibiciones y usos se enfrentaban directamente con la caridad. Y, sin embargo, sus fundadores pensaron obrar con “conciencia recta” al imponer aquellas reglas. Estaba en la moral y en el ambiente de su tiempo. Olvidaron que para el cristiano la norma suprema de la que se derivan todas las demás es la del “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos” dijo el Señor[12]. San Pablo comenta: “Lo de no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás al prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”[13].
¿Qué hacer entonces con las recomendaciones eclesiásticas? Respeto y acatamiento si no van contra nuestra conciencia. Relean las palabras arriba expuestas del teólogo Ratzinger.
Tomás Montull Calvo
Lr. Y Lic. en S. Teología. Doctor en Filosofía.
[1] “Dictum seu iudicium intellectus practici affirmantis actum in particulari esse licitum vel illicitum, et ideo ponendum (vel poni posse) aut omittendum a nobis”. BENEDICTUS HENRICUS MERKELBACH, O.P. Summa Theologia Moralis, t.I, Desclé de Brouwer, Bruges, 1949; pág. 18i9, nº 201.
[2] MERKELBACH, o.c, pág. 191, nº 203.
[3] II Sent., d.39, a.1, q.3.
[4] “Unde cum conscientia nihil aliud sit quam applicatio notitiae ad actum, constat quod conscientia ligare dicitur vi praecepti divini”, Qd. deVeritate. 17, a.3.
[5] O.c., nº 203.
[6] Ibid., a.5.
[7] MERKELBACH, o.c., nº 205.
[8] Romanos XIV, 23.
[9] Cf. HANS KÜNG: Libertad conquistada. Memorias. Edit. Trotta, Madrid, 2003, pág. 568.
[10] El nuevo pueblo de Dios, 1969, pp. 302-321, citado por HANS KÜNG EN LA O. CIT., P. 487.
[11] “Conscientia invincibiliter erronea est per accidens regula agendi”.MERKELBACH, o.c., nº 208.
[12] Marcos 12, 29-31.
[13] Romanos 13, 8-10.
No se extrañen los católicos. No es herejía. Desde los comienzos del Cristianismo, como vamos a ver, ha habido unanimidad entre los teólogos en afirmar que la conciencia moral es la norma, la regla divina de conducta personal o individual. Con otras palabras, que no se puede ir en contra de lo que nuestra conciencia nos dicte en cada caso concreto o particular; que no nos es válido, ni lícito obrar contra ella por obedecer la autoridad de papas, concilios, obispos, gobiernos, filósofos o teólogos.
Los teólogos católicos la definen como “dictamen o juicio del entendimiento práctico que afirma en (un caso) particular si es lícito o ilícito, y por ello que ha de ser puesto (o puede ponerse) u omitido por nosotros”[1].
Y a continuación afirman que “La conciencia es la regla próxima y subjetiva de los actos humanos, que obliga no por sí misma sino en virtud de precepto divino, porque aplica la regla objetiva y remota o la ley al caso particular en orden a la actividad del sujeto… Por donde se concluye que la conciencia es la intimación y como promulgación de la ley en cuanto al acto que se ha de realizar”.[2]
Regla próxima y subjetiva quiere decir que es la regla o norma práctica que ha de guiar a cada sujeto o individuo particular en su conducta o forma de actuar en los casos concretos. Esa es la norma para ese sujeto y no rige para otros. Cada uno tiene su conciencia y cada uno ha de enfocar su conducta por lo que ella le dicte.
Que obliga “en virtud de precepto divino” significa que no es por disposición de una u otra autoridad, por algún convenio humano o cualquier otro motivo, sino porque así está ordenado en la propia ley de Dios, que la crea como singular y próxima (= primera, por encima de las demás) norma de conducta de su poseedor.
Esto lo tenían clarísimo los teólogos de la Edad Media. Así, San Buenaventura (años 1221-1274), nos dice que “la conciencia es como el pregonero de Dios y su mensajero; y lo que dice, no lo manda por sí misma, sino que lo manda, como algo de Dios… y por eso tiene la fuerza de obligar”[3].
Por su parte, Santo Tomás de Aquino (1220-1274), el gran Doctor Angélico, dice que “como quiera que la conciencia no es sino la aplicación del conocimiento (de una ley) al acto, consta que la conciencia dícese que obliga en virtud de precepto divino”[4]. O sea, que está por encima de todo precepto o mandato humano y que por eso hay que seguir a aquella antes que a éste, si se le opone. Así lo leemos en el teólogo moral ya citado, Merkelbach, “se sigue que la conciencia obliga más que el precepto del superior humano”[5].
Más adelante, apoyándose en Santo Tomás, “La conciencia no obliga sino en virtud de precepto (mandamiento) divino… Luego cuando el precepto (mandato, orden) divino obligue contra el precepto del prelado, y obligue más que el precepto del prelado, la obligación de conciencia será mayor que la obligación del precepto del prelado, así la conciencia obligará contra el precepto dado por el prelado”[6]
Y es que para la Teología Moral, “la conciencia de tal modo es la regla de los actos humanos que nunca es lícito que obremos contra ella, tanto si ordena como si prohíbe”[7]. El apóstol San Pablo escribió que “todo lo que no es según conciencia, es pecado”[8].
Aún más, el Concilio Vaticano II en su declaración Dignitatis humanae (De la dignidad humana), en su punto 3, dice: “El hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir fielmente , en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según conciencia”. En Gaudium et spes (Gozo y esperanza), punto 17, declara que “la dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección”.
Joseph Ratzinger, el actual Papa, inmediatamente antes de la Encíclica Humanae Vitae, 1968, escribía: “Aún por encima del Papa, como expresión vinculante de la autoridad eclesiástica, se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer la primera, si fuera preciso incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica. En esta determinación del individuo, que encuentra en la conciencia la instancia suprema y última, libre en último término frente a las pretensiones de cualquier comunidad externa, incluida la Iglesia oficial, se halla a la vez el antídoto de cualquier totalitarismo en ciernes y la verdadera obediencia eclesial se zafa de cualquier tentación totalitaria, que no podría aceptar, enfrentada con su voluntad de poder, esa clase de vinculación última”[9].
Mientras era profesor de Teología en Bonn, sobre el Santo Oficio (Inquisición), del que luego fue Prefecto, escribió: “Escándalo intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de defender los derechos de Dios, se defienda sólo una situación social determinada y las posiciones de poder en ella conseguidas. Escándalo secundario intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de defender la inmutabilidad de la fe, no se defienda nada más que el propio estancamiento. Escándalo secundario intencionado y por tanto culpable es que, con el pretexto de proteger la integridad de la verdad, se eternicen opiniones académicas que en un momento se impusieron como cosa natural, pero que ahora llevan tiempo necesitando ser revisadas y que vuelva a plantearse cuáles son ahora las verdaderas exigencias de lo originario. Pero lo peligroso es que este escándalo secundario intencionado constantemente se confunde con el escándalo primario (el Evangelio mismo) y con ello lo hace inaccesible, ocultando la pretensión específicamente cristiana y su gravedad tras las pretensiones de sus mensajeros”[10].
Sin comentarios. Demasiado claro. Revisemos nuestro pasado, lo que nos predicaron, todo aquello que nos hizo sufrir en vano y juzguémoslo en función de cuanto venimos exponiendo y en especial a la luz de estas graves y tajantes afirmaciones del teólogo Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI.
Ante la objeción de que todo lo dicho es únicamente válido para la llamada “conciencia recta” (que no saben lo que es), pero no cuando es errónea, los teólogos morales responden: “La conciencia invenciblemente errónea es accidentalmente regla de actuación”[11]. O sea, que cada individuo ha de atenerse al dictamen de su conciencia, aun cuando ignore que es errónea. No la confundamos con la maliciosa o farisaica, que se inventa una idea o principio de raza, religión, patria, sociedad, economía o similar para justificar guerras, asesinatos, injusticias y corrupciones, como vemos a diario y como el teólogo Ratzinger critica.
Y ¿qué es la conciencia recta? ¿Acaso la de los jerifaltes de la llamada Santa Inquisición cuando torturaban para hacer confesar herejías o brujerías que condenaban a la muerte en la hoguera? ¿Era conciencia recta? El Papa que pidió perdón dijo que no. O los de ese Santo Oficio que metió en el Índice de libros prohibidos a grandes pensadores como Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, Bergson por el solo delito, a mi parecer, de no entender su lenguaje filosófico moderno. O del actual (bajo otro nombre) que prohíbe la docencia y la publicación de temas que sólo ellos consideran “peligrosos” para la fe.
Tras el último Concilio se reformaron muchas Constituciones de religiosos y principalmente de religiosas, porque muchas de sus prohibiciones y usos se enfrentaban directamente con la caridad. Y, sin embargo, sus fundadores pensaron obrar con “conciencia recta” al imponer aquellas reglas. Estaba en la moral y en el ambiente de su tiempo. Olvidaron que para el cristiano la norma suprema de la que se derivan todas las demás es la del “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos” dijo el Señor[12]. San Pablo comenta: “Lo de no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás al prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”[13].
¿Qué hacer entonces con las recomendaciones eclesiásticas? Respeto y acatamiento si no van contra nuestra conciencia. Relean las palabras arriba expuestas del teólogo Ratzinger.
Tomás Montull Calvo
Lr. Y Lic. en S. Teología. Doctor en Filosofía.
[1] “Dictum seu iudicium intellectus practici affirmantis actum in particulari esse licitum vel illicitum, et ideo ponendum (vel poni posse) aut omittendum a nobis”. BENEDICTUS HENRICUS MERKELBACH, O.P. Summa Theologia Moralis, t.I, Desclé de Brouwer, Bruges, 1949; pág. 18i9, nº 201.
[2] MERKELBACH, o.c, pág. 191, nº 203.
[3] II Sent., d.39, a.1, q.3.
[4] “Unde cum conscientia nihil aliud sit quam applicatio notitiae ad actum, constat quod conscientia ligare dicitur vi praecepti divini”, Qd. deVeritate. 17, a.3.
[5] O.c., nº 203.
[6] Ibid., a.5.
[7] MERKELBACH, o.c., nº 205.
[8] Romanos XIV, 23.
[9] Cf. HANS KÜNG: Libertad conquistada. Memorias. Edit. Trotta, Madrid, 2003, pág. 568.
[10] El nuevo pueblo de Dios, 1969, pp. 302-321, citado por HANS KÜNG EN LA O. CIT., P. 487.
[11] “Conscientia invincibiliter erronea est per accidens regula agendi”.MERKELBACH, o.c., nº 208.
[12] Marcos 12, 29-31.
[13] Romanos 13, 8-10.
LA COMUNION DE LOS SANTOS ES LA IGLESIA
Carlos: Me preguntaste sobre “la comunión de los santos” y te voy a contestar. Empezaré copiando lo que dice el actual Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por Juan Pablo II.
“946. Después de haber confesado “la Santa Iglesia Católica”, el Símbolo de los Apóstoles añade “la comunión de los santos”. Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: “¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?” (Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.”
“947. “Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza … Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Santo Tomás, symb. 10). “Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común” (Catecismo Romano, 1,10,24)”.
Antes de hacer un poco de historia, ten en cuenta que communio en latín tiene el sentido de comunión, sociedad, participación mutua, comunidad o comunión cristiana. Y que Iglesia viene de la palabra griega ekklèsia = convocación, asamblea del pueblo, en general de carácter religioso. Y que el término santos, en San Pablo[1] y escritores de los primeros siglos es el de santificados por el bautismo y los sacramentos; no se refiere a los canonizados sino a todos los fieles de cada comunidad, a todos los cristianos. Así decir “la comunión de los santos de…” equivale a decir “la Iglesia de…”
Ésta idea es la que de modo muy claro expone San Pablo a los Corintios[2], cuando les dice: “Así como siendo el cuerpo uno tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo. Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos… De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan. Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo”. “El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia” escribe a los colosenses[3].
Precisamente por ello, San Juan nos dirá que “lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros. Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo”[4].
Este es el concepto de Ekklèsia que vivían los cristianos de los primeros siglos; es decir, aquellos que habían sido discípulos de los Apóstoles o discípulos de éstos; en suma, cuantos participaban de la tradición apostólica en su sentido más espiritual. Se sentían miembros de un solo Cuerpo, en comunión espiritual de unos con otros, participando de la misma fuente de gracia, Cristo, su cabeza. Unidos en caridad. Por esa razón, no encontramos en los primeros símbolos de fe o credos la frase “comunión de los santos”; aparecerá luego, precisamente en las Galias, hacia el 485; o sea, cuando se consideraba a la Iglesia como una institución y los cristianos necesitaban expresar la creencia fundamental de formar parte de un solo Cuerpo, con Cristo como cabeza.
Un poco de historia:
San Rufino, muerto en el 410, por consiguiente “biznieto espiritual” de los Apóstoles, recoge la fórmula que habían usado tanto San Ireneo (muerto en 202), como San Hipólito (m. 235), Tertuliano (m. en 225), Orígenes (m. 254) y en los Canones Hippolyti (entre 200 al 235) y en la que no aparece lo de la comunión de los santos. Es la siguiente:
“Creo en Dios Padre Omnipotente / y en Cristo Jesús, único Hijo suyo, Señor nuestro / que nació del Espíritu Santo y María Virgen / fue crucificado bajo Poncio Pilato y sepultado / (observa que no dice bajó a los infiernos) / al tercer día resucitó de entre los muertos / subió a los cielos / está sentado a la derecha del Padre / ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos / y (creo) en el Espíritu Santo / y en la Santa Iglesia / en el perdón de los pecados / en la resurrección de la carne.”
Tampoco se encuentra en el Ancoratus de San Epìfanio (m. en 403) que nos da esta misma fórmula y otra más larga, exposición teológica de cada uno de los artículos del anterior, y que dice fue realizada por los obispos de la Tarraconense, Cartaginense, Lusitania y Bética, por orden del Papa León dirigida contra el hereje Prisciliano (300-385) y enviada a la Galia.
Ni en el llamado Símbolo de San Atanasio o Quicunque (porque empieza con “quicunque vult salvus esse” = Todo el que quiera salvarse); larga exposición teológica sobre la Trinidad y la encarnación, muerte y resurrección de Cristo; pero sin mención alguna a la comunión de los santos[5].
Así como tampoco está en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, año 381.
La fórmula comunión de los santos aparece primeramente en Francia (Galia), hacia el 485, con Faustus Reiensis y está en el viejo misal de la Galia (comienzos siglo VIII). Estas gentes no sabían griego; la Iglesia era para ellos una institución, faltaba lo importante: la comunión de los santos; por eso la añaden. Veamos:
Gálico: Creo en Dios Padre Omnipotente / creador del cielo y de la tierra / y en Jesu Cristo, su único Hijo, Señor nuestro / que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen / sufrió bajo Poncio Pilato, crucificado, muerto y sepultado / descendió a los infiernos / al tercer día resucitó de entre los muertos / subió a los cielos / está sentado a la derecha de Dios Padre omnipotente / ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos / creo en el Espíritu Santo / en la santa Iglesia católica / en la comunión de los santos / en el perdón de los pecados / en la resurrección de la carne / y en la vida eterna.
Luego se encuentra ya en el llamado “Símbolo de los Apóstoles más reciente en la forma occidental”, que es narrado por el citado Faustus Reiensis; así como en el Sermo 10 de S,.Cesario de Arlés, Galias (m. 543); en el Sacramentarium Gallicanum (siglos VII-VIII); y documentos posteriores que parten de las Galias.
.La redacción completa del texto que usamos hoy (credo corto), aparece por vez primera en Cesáreo de Arlés, a principios del siglo VI (nota que Arlés está en Francia). Y la redacción larga es el Símbolo Niceno-Constantinopolitano.
El Catecismo de la Iglesia Católica añade unas explicaciones basadas más que en el sentido místico y real de “comunión de los santos” en lo que significa comunicar, participar de un común. Son:
“948. La expresión “comunión de los santos” tiene entonces dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas” y “comunión entre las personas santas”.
“955. La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales”.
“957. La comunión con los santos. ”No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios”.
El Catecismo Romano de San Pío V, que cumple lo ordenado por el Concilio de Trento, confirma cuanto te vengo exponiendo:
“La comunión de los santos es una nueva explicación del concepto mismo de la Iglesia, una, santa y católica. La unidad del Espíritu, que la anima y gobierna, hace que todo cuanto posee la iglesia sea poseído comúnmente por cuantos la integran. Y así el fruto de todos los sacramentos pertenece a todos los fieles, quienes por medio de ellos –como por otras tantas arterias misteriosas- están unidos e incorporados a Cristo. Y esto de manera especial por el sacramento del bautismo, puerta por la que los cristianos ingresan en la Iglesia… Al bautismo sigue primeramente la Eucaristía y después los demás sacramentos. Y si bien este nombre de comunión conviene a todos ellos, puesto que todos nos unen a Dios y nos hacen partícipes de su vida mediante la gracia, es, sin embargo, más propio de la Eucaristía, que de manera especialísima produce esta comunión”[6].
Tomás Montull Calvo
Lic. y Lr. de S. Teología. Dr. en Filosofía.
[1] Rom. 8, 32; Cor. 16, 17.
[2] I Cor. 12, 13 y ss.
[3] Col., 1,18.
[4] I Joan. 1, 3.
[5] No es de San Atanasio. Según J. Stiglmayr, sería de Fulgencio Ruspensi, o sea hacia finales siglo V.
[6] V. La comunión de los santos. A) significado y valor de este dogma.
“946. Después de haber confesado “la Santa Iglesia Católica”, el Símbolo de los Apóstoles añade “la comunión de los santos”. Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: “¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?” (Nicetas, symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.”
“947. “Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza … Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Santo Tomás, symb. 10). “Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común” (Catecismo Romano, 1,10,24)”.
Antes de hacer un poco de historia, ten en cuenta que communio en latín tiene el sentido de comunión, sociedad, participación mutua, comunidad o comunión cristiana. Y que Iglesia viene de la palabra griega ekklèsia = convocación, asamblea del pueblo, en general de carácter religioso. Y que el término santos, en San Pablo[1] y escritores de los primeros siglos es el de santificados por el bautismo y los sacramentos; no se refiere a los canonizados sino a todos los fieles de cada comunidad, a todos los cristianos. Así decir “la comunión de los santos de…” equivale a decir “la Iglesia de…”
Ésta idea es la que de modo muy claro expone San Pablo a los Corintios[2], cuando les dice: “Así como siendo el cuerpo uno tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo. Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos… De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan. Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo”. “El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia” escribe a los colosenses[3].
Precisamente por ello, San Juan nos dirá que “lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros. Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo”[4].
Este es el concepto de Ekklèsia que vivían los cristianos de los primeros siglos; es decir, aquellos que habían sido discípulos de los Apóstoles o discípulos de éstos; en suma, cuantos participaban de la tradición apostólica en su sentido más espiritual. Se sentían miembros de un solo Cuerpo, en comunión espiritual de unos con otros, participando de la misma fuente de gracia, Cristo, su cabeza. Unidos en caridad. Por esa razón, no encontramos en los primeros símbolos de fe o credos la frase “comunión de los santos”; aparecerá luego, precisamente en las Galias, hacia el 485; o sea, cuando se consideraba a la Iglesia como una institución y los cristianos necesitaban expresar la creencia fundamental de formar parte de un solo Cuerpo, con Cristo como cabeza.
Un poco de historia:
San Rufino, muerto en el 410, por consiguiente “biznieto espiritual” de los Apóstoles, recoge la fórmula que habían usado tanto San Ireneo (muerto en 202), como San Hipólito (m. 235), Tertuliano (m. en 225), Orígenes (m. 254) y en los Canones Hippolyti (entre 200 al 235) y en la que no aparece lo de la comunión de los santos. Es la siguiente:
“Creo en Dios Padre Omnipotente / y en Cristo Jesús, único Hijo suyo, Señor nuestro / que nació del Espíritu Santo y María Virgen / fue crucificado bajo Poncio Pilato y sepultado / (observa que no dice bajó a los infiernos) / al tercer día resucitó de entre los muertos / subió a los cielos / está sentado a la derecha del Padre / ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos / y (creo) en el Espíritu Santo / y en la Santa Iglesia / en el perdón de los pecados / en la resurrección de la carne.”
Tampoco se encuentra en el Ancoratus de San Epìfanio (m. en 403) que nos da esta misma fórmula y otra más larga, exposición teológica de cada uno de los artículos del anterior, y que dice fue realizada por los obispos de la Tarraconense, Cartaginense, Lusitania y Bética, por orden del Papa León dirigida contra el hereje Prisciliano (300-385) y enviada a la Galia.
Ni en el llamado Símbolo de San Atanasio o Quicunque (porque empieza con “quicunque vult salvus esse” = Todo el que quiera salvarse); larga exposición teológica sobre la Trinidad y la encarnación, muerte y resurrección de Cristo; pero sin mención alguna a la comunión de los santos[5].
Así como tampoco está en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, año 381.
La fórmula comunión de los santos aparece primeramente en Francia (Galia), hacia el 485, con Faustus Reiensis y está en el viejo misal de la Galia (comienzos siglo VIII). Estas gentes no sabían griego; la Iglesia era para ellos una institución, faltaba lo importante: la comunión de los santos; por eso la añaden. Veamos:
Gálico: Creo en Dios Padre Omnipotente / creador del cielo y de la tierra / y en Jesu Cristo, su único Hijo, Señor nuestro / que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen / sufrió bajo Poncio Pilato, crucificado, muerto y sepultado / descendió a los infiernos / al tercer día resucitó de entre los muertos / subió a los cielos / está sentado a la derecha de Dios Padre omnipotente / ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos / creo en el Espíritu Santo / en la santa Iglesia católica / en la comunión de los santos / en el perdón de los pecados / en la resurrección de la carne / y en la vida eterna.
Luego se encuentra ya en el llamado “Símbolo de los Apóstoles más reciente en la forma occidental”, que es narrado por el citado Faustus Reiensis; así como en el Sermo 10 de S,.Cesario de Arlés, Galias (m. 543); en el Sacramentarium Gallicanum (siglos VII-VIII); y documentos posteriores que parten de las Galias.
.La redacción completa del texto que usamos hoy (credo corto), aparece por vez primera en Cesáreo de Arlés, a principios del siglo VI (nota que Arlés está en Francia). Y la redacción larga es el Símbolo Niceno-Constantinopolitano.
El Catecismo de la Iglesia Católica añade unas explicaciones basadas más que en el sentido místico y real de “comunión de los santos” en lo que significa comunicar, participar de un común. Son:
“948. La expresión “comunión de los santos” tiene entonces dos significados estrechamente relacionados: “comunión en las cosas santas” y “comunión entre las personas santas”.
“955. La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales”.
“957. La comunión con los santos. ”No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios”.
El Catecismo Romano de San Pío V, que cumple lo ordenado por el Concilio de Trento, confirma cuanto te vengo exponiendo:
“La comunión de los santos es una nueva explicación del concepto mismo de la Iglesia, una, santa y católica. La unidad del Espíritu, que la anima y gobierna, hace que todo cuanto posee la iglesia sea poseído comúnmente por cuantos la integran. Y así el fruto de todos los sacramentos pertenece a todos los fieles, quienes por medio de ellos –como por otras tantas arterias misteriosas- están unidos e incorporados a Cristo. Y esto de manera especial por el sacramento del bautismo, puerta por la que los cristianos ingresan en la Iglesia… Al bautismo sigue primeramente la Eucaristía y después los demás sacramentos. Y si bien este nombre de comunión conviene a todos ellos, puesto que todos nos unen a Dios y nos hacen partícipes de su vida mediante la gracia, es, sin embargo, más propio de la Eucaristía, que de manera especialísima produce esta comunión”[6].
Tomás Montull Calvo
Lic. y Lr. de S. Teología. Dr. en Filosofía.
[1] Rom. 8, 32; Cor. 16, 17.
[2] I Cor. 12, 13 y ss.
[3] Col., 1,18.
[4] I Joan. 1, 3.
[5] No es de San Atanasio. Según J. Stiglmayr, sería de Fulgencio Ruspensi, o sea hacia finales siglo V.
[6] V. La comunión de los santos. A) significado y valor de este dogma.
lunes, 8 de febrero de 2010
VISITA A CEMENTERIOS DIA TODOS SANTOS
VISITA A LOS CEMENTERIOS EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS.
Es costumbre tradicional, al menos en España, preparar antes el aseo y ornato de las tumbas o de los nichos y llevar flores el Día de Todos los Santos. Un homenaje a nuestros difuntos, precisamente el Día de Todos los Santos. ¿Por qué ese día y no el siguiente, dedicado especialmente a los difuntos?
Los romanos, antes de Cristo y después de él, dedicaban un día de fiesta al año, para que el pueblo pudiera honrar a sus dioses; ya que los romanos tenían multitud de ellos. Había muchos inmigrantes de países muy diversos y cada grupo había traído el suyo.
En ese día, iban al Panteón (del griego pan = todo y theós = dios ), templo dedicado a todos los dioses y cada uno ofrecía flores o frutos al dios que adoraba. Los cristianos aprovecharon esa festividad para llevar flores y orar ante las tumbas de los mártires y las de sus antepasados, que habían fallecido conservando la fe.
Esto se hizo, desde entonces, costumbre en Roma. Hacia el año 300 se practicaba en todo el Oriente cristiano; en el 800, en toda Francia, y ya se hizo común en toda la Cristiandad latina u occidental.
En un principio, los cristianos celebraban el día aniversario del martirio de uno de sus fieles con unas ofrendas y una misa en el lugar donde estaba enterrado. Pero, con la gran masacre de la persecución del emperador Diocleciano eso resultó imposible. Por ello se decidió dedicar un día al año para honrar a todos aquellos mártires cuyos nombres se ignoraban. Se tienen noticias de que en la Iglesia de Antioquía se conmemoraba esa dedicación el domingo antes de Pentecostés. Pero ya ocurría en otros lugares de la Cristiandad, como consta por un sermón de San Efrén el Sirio, en el 373. Probablemente, tras la libertad del culto cristiano del Edicto de Milán (313), esto se hizo general en las iglesias; ya que era un sentimiento muy profundo de gratitud para quienes habían derramado su sangre por la fe.
El Papa Bonifacio IV, hacia el 609/610, consagró el templo pagano del Panteón de Roma a la Madre de Dios y a todos los mártires. Gregorio III (731-741), al consagrar una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos, decidió que su aniversario fuese el 1 de noviembre. Más tarde, Gregorio IV (827 a 824) extendió su celebración, en esa misma fecha, para toda la Iglesia, Y, según el papa Urbano IV (1261-1264), para honrar a todos los santos, conocidos o desconocidos, mártires o no, que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico.
La Iglesia Ortodoxa lo celebra el primer domingo después de Pentecostés.
El sentido de este rito era, para los primeros cristianos y quienes lo fueron asumiendo a través del tiempo, no sólo honrar a todos los santos sin festividad propia en el calendario litúrgico, sino especialmente a los de su propia familia; a saber, todos aquellos antecesores suyos que habían mantenido su fe, pese a los avatares de la vida y que habían “muerto en el Señor”.
La conmemoración de los Fieles Difuntos, que se hace el día 2 de noviembre, no empezó hasta el año 998 y precisamente en los monasterios cistercienses de la Orden de Cluny; cuyos monjes lo extendieron a todas las poblaciones de su jurisdicción.
En el siglo XIV, Roma admitió esta celebración y se fue propagando por todo el mundo cristiano; mas el sentido tradicional, que proviene del siglo I, siguió conservándose y no fue sustituido por un día de luto, como es el de Difuntos.
Resumiendo: que con esas flores u ofrendas que hacemos en nuestro cementerio, tratamos de honrar especialmente a los santos de nuestra familia o de nuestro pueblo, cuyos restos yacen o han yacido en ese cementerio. Y por “santos” hay que entender el sentido que le da San Pablo: todos aquellos que constituyen la comunidad cristiana y que han muerto conservando la fe y sus mandamientos hasta el final (Rom. 1,7; 8,28; 16,2; I Cor. 1,2)
Por eso, no tiene relación alguna con la fiesta de Halloween (“All hallow’s Eve” o “Víspera de Todos los Santos” entre los anglosajones), la celebración pagana de Samhain, el 31 de octubre, que marcaba el final del año celta (lo que ahora neustro 31 de diciembre).
Tomás Montull Calvo.
Es costumbre tradicional, al menos en España, preparar antes el aseo y ornato de las tumbas o de los nichos y llevar flores el Día de Todos los Santos. Un homenaje a nuestros difuntos, precisamente el Día de Todos los Santos. ¿Por qué ese día y no el siguiente, dedicado especialmente a los difuntos?
Los romanos, antes de Cristo y después de él, dedicaban un día de fiesta al año, para que el pueblo pudiera honrar a sus dioses; ya que los romanos tenían multitud de ellos. Había muchos inmigrantes de países muy diversos y cada grupo había traído el suyo.
En ese día, iban al Panteón (del griego pan = todo y theós = dios ), templo dedicado a todos los dioses y cada uno ofrecía flores o frutos al dios que adoraba. Los cristianos aprovecharon esa festividad para llevar flores y orar ante las tumbas de los mártires y las de sus antepasados, que habían fallecido conservando la fe.
Esto se hizo, desde entonces, costumbre en Roma. Hacia el año 300 se practicaba en todo el Oriente cristiano; en el 800, en toda Francia, y ya se hizo común en toda la Cristiandad latina u occidental.
En un principio, los cristianos celebraban el día aniversario del martirio de uno de sus fieles con unas ofrendas y una misa en el lugar donde estaba enterrado. Pero, con la gran masacre de la persecución del emperador Diocleciano eso resultó imposible. Por ello se decidió dedicar un día al año para honrar a todos aquellos mártires cuyos nombres se ignoraban. Se tienen noticias de que en la Iglesia de Antioquía se conmemoraba esa dedicación el domingo antes de Pentecostés. Pero ya ocurría en otros lugares de la Cristiandad, como consta por un sermón de San Efrén el Sirio, en el 373. Probablemente, tras la libertad del culto cristiano del Edicto de Milán (313), esto se hizo general en las iglesias; ya que era un sentimiento muy profundo de gratitud para quienes habían derramado su sangre por la fe.
El Papa Bonifacio IV, hacia el 609/610, consagró el templo pagano del Panteón de Roma a la Madre de Dios y a todos los mártires. Gregorio III (731-741), al consagrar una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos, decidió que su aniversario fuese el 1 de noviembre. Más tarde, Gregorio IV (827 a 824) extendió su celebración, en esa misma fecha, para toda la Iglesia, Y, según el papa Urbano IV (1261-1264), para honrar a todos los santos, conocidos o desconocidos, mártires o no, que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico.
La Iglesia Ortodoxa lo celebra el primer domingo después de Pentecostés.
El sentido de este rito era, para los primeros cristianos y quienes lo fueron asumiendo a través del tiempo, no sólo honrar a todos los santos sin festividad propia en el calendario litúrgico, sino especialmente a los de su propia familia; a saber, todos aquellos antecesores suyos que habían mantenido su fe, pese a los avatares de la vida y que habían “muerto en el Señor”.
La conmemoración de los Fieles Difuntos, que se hace el día 2 de noviembre, no empezó hasta el año 998 y precisamente en los monasterios cistercienses de la Orden de Cluny; cuyos monjes lo extendieron a todas las poblaciones de su jurisdicción.
En el siglo XIV, Roma admitió esta celebración y se fue propagando por todo el mundo cristiano; mas el sentido tradicional, que proviene del siglo I, siguió conservándose y no fue sustituido por un día de luto, como es el de Difuntos.
Resumiendo: que con esas flores u ofrendas que hacemos en nuestro cementerio, tratamos de honrar especialmente a los santos de nuestra familia o de nuestro pueblo, cuyos restos yacen o han yacido en ese cementerio. Y por “santos” hay que entender el sentido que le da San Pablo: todos aquellos que constituyen la comunidad cristiana y que han muerto conservando la fe y sus mandamientos hasta el final (Rom. 1,7; 8,28; 16,2; I Cor. 1,2)
Por eso, no tiene relación alguna con la fiesta de Halloween (“All hallow’s Eve” o “Víspera de Todos los Santos” entre los anglosajones), la celebración pagana de Samhain, el 31 de octubre, que marcaba el final del año celta (lo que ahora neustro 31 de diciembre).
Tomás Montull Calvo.
CATEQUESIS PARA ADULTOS. ESQUEMAS
CATEQUESIS PARA ADULTOS: ESQUEMAS.
Esquema 1º.- LOS SACRAMENTOS.
Definición: Signum rei sacrae in quantum est sanctificans homines (signo de una cosa sagrada, en cuanto que santifica a los hombres). Un signo sensible, instituido por Cristo, para significar la gracia santificante (que santifica a los hombres).
Explicar: signo sensible (sagrado, símbolo del efecto divino –cosa sagrada- que representa; externo o visible).
Instituido por Cristo (basado en los méritos de su pasión y muerte)
Para significar la gracia santificante que, por los méritos de Cristo, producen en el alma de quien los recibe. Diferencia con los del A.T.
Significan la Pasión de Cristo, la gracia que producen y la gloria futura en ella incluida.
La Iglesia no puede modificar su materia, ni su forma.
Los sacramentos son necesarios para la salvación eterna. ¿Qué pasaba con los anteriores a Cristo?
¿Qué con los hombres de buena fe de otras religiones? Todos los grandes teólogos acuden a la misericordia divina que quiere que todos los hombres se salven.
Siete son los sacramentos. En esto coincidimos con las Iglesias Orientales, con herejes como los monofisitas; con sirios, coptos y armenios.
Producen la gracia “ex opere operato”: el sacramento, por sí mismo, prescindiendo del valor moral y del mérito de la persona que lo realiza, por la virtud o fuerza que le ha sido comunicada por Cristo, causa la gracia; suponiendo que el individuo que recibe el sacramento no se oponga a ella.
Confieren mayor o menor gracia según la mayor o menor disposición de quien los recibe (Santo Tomás, III p., q. 69, a.8)
La gracia sacramental es esencialmente la misma gracia santificante; pero añade sobre ella, no un hábito nuevo o una cualidad completa, sino una especial fuerza y modo intrínseco, por el cual es determinado e impulsado a producir los efectos especiales necesarios en la vida cristiana y exige auxilios especiales para conseguir el fin del sacramento.
Sacramentos que imprimen carácter: bautismo, confirmación y orden.
¿Qué es el carácter? Signo espiritual e indeleble impreso en el alma por el cual el hombre queda destinado a recibir, defender y hacer las cosas sagradas.
Por eso no se pueden repetir. Es algo real, absoluto, espiritual, indeleble en ésta y en la otra vida
Dios es autor principal de los sacramentos, puesto que es el autor o causa de la gracia (virtud o potencia sobrenatural para fortalecer la voluntad o deseo natural en su camino hacia Él).
La virtud o potencia de santificar proviene de los méritos de la pasión de Cristo, que santifican.
Cristo, al instituir los sacramentos, se los entregó a la Iglesia para que se administraran rectamente y los recibieran los fieles.
Cada vez que el ministro realiza un sacramento, es Cristo quien en él y mediante él, de modo invisible, lo está realizando y produciendo la gracia anexa.
Excepto para el bautismo y matrimonio, el único ministro para realizar o administrar un sacramento es el sacerdote, legítimamente ordenado y destinado.
Para la validez del sacramento se requiere en el ministro alguna intención verdadera, al menos implícita, de hacer lo que hace la Iglesia. Sin embargo, no es necesario que el ministro tenga la intención de conferir gracia o carácter. Ni siquiera se requiere que tenga fe, según los teólogos; basta con que ordenado sacerdote (salvo bautismo) al realizar el sacramento tenga intención implícita de hacer lo que hace la Iglesia. Tampoco es necesario que sea un santo; puede estar en pecado mortal y ello no obsta para la validez del sacramento (Concilio de Trento, S. Agustín, S. Esteban, S. Cipriano). Así se hizo en los dos primeros siglos. Al principio del 3º, en África, algunos discrepaban; pero desde entonces ha sido doctrina común y explícita en la Iglesia.
Para recibir dignamente un sacramento, a fin de que reciba el aumento de gracia que proporciona: si es el del bautismo, de la penitencia o de la unción de los enfermos, basta con tener fe y atrición; para los demás, si se está en estado de gracia, basta la disposición habitual, que consiste en la gracia santificante.
LOS SACRAMENTALES.
Los sacramentales son cosas o acciones, con las cuales la Iglesia, a manera de imitación de los sacramentos, suele usar para obtener por su impetración efectos principalmente espirituales. (La definición es del Código de Derecho Canónico)
Ejemplos: oraciones de la Iglesia, toma de agua bendita, comida del pan bendito, la confesión general (yo me confieso ante Dios Omnipotente…); dar limosnas prescritas por la Iglesia y realizadas en su nombre; las bendiciones y exorcismos litúrgicos; consagraciones de iglesias, abades, monasterios, imágenes de santos, Cristo, Virgen María, etc. ; bendición del agua lustral, de animales y coches, de personas y hogares, etc.
Producen efectos ex opere operantis. Por la santidad o la intención más o menos profunda del que la realiza.
Catequesis para adultos: EL BAUTISMO.
Etimología: La palabra “bautismo” procede del griego “baptismos” que significa inmersión en el agua o lavado.
Definición: Sacramento de la Nueva Ley, instituido por Cristo Señor, en el cual por el lavado con agua, externo del cuerpo, bajo la invocación de la Sma. Trinidad, el hombre es regenerado espiritualmente.
Tres tipos: de agua, de deseo, y de sangre.
Catecismo de la Iglesia Católica: “nº 1258: “Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este bautismo de sangre como el deseo del bautismo, produce los frutos del bautismo, sin ser sacramento”.
“nº 1259.- “A los catecúmenos que mueren antes de su bautismo, el deseo explícito de recibirlo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento”
“nº 1260.- Todo hombre que ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad”.
Instituido por Cristo. El Señor a Nicodemo: “Quien no haya sido renacido por el agua y el Espíritu Santo, no podrá entrar en el Reino de Dios” (San Juan, 3,5).
En la tierra de Judea, descansó con los discípulos y bautizó (Juan, 3,22).
Tras la Resurrección, estando todos los apóstoles en Galilea, se les apareció y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo”.(Mateo, 28, 18-20).
El agua ha de ser natural. Por tanto vale la del mar, lluvia, río, fuente, rocío, etc., siempre y cuando no esté adulterada. – Ni la leche, ni la sangre, ni el vino, ni el café… valen.
Pero en el bautismo solemne, la Iglesia manda que sea agua consagrada y limpia.
Triple forma: inmersión (metiendo tres veces la cabeza en el agua); efusión (derramando tres veces agua sobre la cabeza), y aspersión (con el hisopo, en el caso excepcional de bautizos a una gran cantidad de gente a la vez; los apóstoles bautizaron un día, en Jerusalén tres mil personas; Hechos, 2,41). Lo de derramar agua sobre la cabeza ya se hacía en el siglo I, según la Didajé o doctrina de los doce apóstoles.
Ministro ordinario del bautismo solemne es sólo el sacerdote; extraordinario es el diácono, con licencia del Obispo o del párroco, por causa justa. Pero en caso de necesidad cualquier persona, con uso de razón, hombre o mujer, puede válida y lícitamente bautizar.- El padre y la madre no pueden bautizar a su hijo, excepto en peligro de muerte y que no haya otro que lo pueda hacer.
Puede ser bautizada cualquier persona adulta, que tenga intención de ello. En cuanto a los niños: La Iglesia afirma que pueden ser bautizados antes del uso de razón. Porque Cristo, expresamente dijo: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo prohibáis; porque de ellos es el Reino de Dios. Aún más os digo: Quien no reciba el reino de Dios, como un niño, no entrará en él” (Marcos, 10, 14-15).Pero para entrar en él, Según Cristo, ha de haber sido bautizado; luego los niños pueden y deben ser bautizados. Esto sirve para los hijos de los católicos. En cuanto a los de los acatólicos sólo cuando tengan uso de razón y lo pidan.
No se puede repetir el bautismo, porque imprime carácter.
Tanto a los niños como a los adultos, que no se opongan, el bautismo confiere el hábito de la gracia santificante, de las virtudes y de los dones sobrenaturales. Y se le perdonan todos los pecados y las penas consiguientes.
El bautismo nos hace herederos de la vida eterna. San Pablo: “Dios, nuestro Salvador… por su misericordia, nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos herederos, según nuestra esperanza, de la v ida eterna” (Tito, 3, 5-6).
“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hij0o, nacido de mujer… para que recibiésemos la adopción. Y por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que grita:¡Abba, Padre! De manera que ya no es siervo sino hijo, y si hijo, heredero por la gracia de Dios”( Gálatas, 4, 5-7)
Nos hizo partícipes de la divina naturaleza” (2Pedro, 1,4) .- “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos ¡Abba, Padre!. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos, herederos de Dios, coheredados con Cristo, supuesto que padezcamos con El, para ser con El glorificados” (Romanos, 8, 17)
Según S. Pablo, por el bautismo, el creyente participa en la muerte de Cristo; es resucitado y resucita con Él: “O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Romanos, 6, 3-4)
“Todos, pues, sois hijos de Dios, por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo… Y si todos sois de Cristo, luego sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa” (Gálatas, 3, 27-28)
Necesidad del bautismo para la salvación.
El Señor: “En verdad, en verdad te digo que quien no naciera del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos” (Juan, 3,5)
“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará (Marcos, 16, 16).
El Catecismo de la Iglesia Católica: “El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento: (nº 1257)
Sigue el Catecismo: “Todo hombre que ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la Verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad” (1260).
La unción con el santo crisma, que se hace en el bautismo, significa la participación del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el bautismo es conferido a un adulto sólo hay una unción posbautismal: la de la Confirmación (Catec. Igl. Cat. nº 1291).
Catecismo para adultos: LA CONFIRMACIÓN.
Definición: Signo sensible, instituido por Cristo, por el cual el bautizado es robustecido en la gracia y marcado (signatur) como soldado de Cristo por la unción del crisma y la imposición de manos, realizada por legítimo ministro, según el rito prescrito.
Es uno de los sacramentos, practicado por los apóstoles. Así se lee en los Hechos de los
Apóstoles, que enviaron a Samaría “a Pedro y a Juan, los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, pues aún no había venido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados…Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (8, 14 ss.) . Y más adelante, en Éfeso, después de ser bautizados, “imponiéndoles Pablo las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo” (19, 5 ss.).
Fue instituido por Cristo, pero no consta en qué momento.
En la confirmación se imprime carácter en el alma (se le marca para siempre).
La confirmación incrementa la gracia santificante en la persona. Sus efectos son: que robustece al cristiano para confesar el nombre de Cristo y ser fiel a la Iglesia Católica.
Momento de la confirmación: Normalmente, cuando se tiene ya uso de razón.
Recibir la confirmación no es necesario, con necesidad de medio, para la salvación.
Porque ningún precepto divino lo exige; pero es útil y conveniente para la salvación, por el aumento de gracia, para la recepción del Espíritu Santo para la plenitud de la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente. (Catec. Igl. Catól., nº 1290)
“En los primeros siglos, la Confirmación constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y forma con éste un “sacramento doble”. Pero entre otras razones, la multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año y la multiplicación de las parroquias rurales, que agrandaron las diócesis, ya no permite la presencia del Obispo en todas las celebraciones bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar al Obispo el acto de conferir la plenitud del Bautismo, se establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede hacerlo con el crisma consagrado por el Obispo”
La unción con el óleo sagrado, en la Confirmación, es el signo de una consagración. El confirmado recibe la “marca”, el sello del Espíritu Santo. San Pablo, a los Corintios les dice: “Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor. I, 22). Supone por tanto, la promesa de la protección divina.
Efectos de la Confirmación, según el Catecismo de la Iglesia Católica:
1302. El efecto del sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303. La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
- nos introduce más profundamente en la filiación divina.
- nos une más firmemente a Cristo.
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.
- Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.
- Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.
Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de gracia.
Aun cuando el Obispo sea el ministro ordinario de la Confirmación, “si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero debe darle la Confirmación” (Código Derecho Canónico, can. 883,3)
Catequesis para adultos: LA SAGRADA EUCARISTÍA.
Diversos nombres que se le han asignado a lo largo de la Historia:
a) Cuerpo y sangre del Señor : porque así lo llamó el Señor, al instituirla (éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre)
b) Cena del Señor : Así San Pablo (I Cor., 11, 20) porque fue instituida en la última cena.
c) Cáliz, pan, partición del pan.: San Lucas (24, 35) porquen fue instituida con la partición del pan y el vino y bajo esos accidentes se conserva. Por este gesto los discípulos lo reconocieron después de su resurrección (Lc. 24, 13-35)
d) Comunión y comunicación: San Pablo (I Cor., 10,16), así como los apóstoles y los primeros cristianos: porque nos une con Cristo, Cabeza de la Iglesia, y porque los cristianos concurren unidos para ser restaurados o restablecidos en el cuerpo de Cristo.
e) Eucaristía: = acción de gracias (Didajé, cc. 9-10; Luc.22, 19; I Cor. 11, 24)), bien porque Cristo, con su institución, da gracias a Dios, como que es oportuno y necesario que nosotros, al recibirla, demos gracias a Dios.
f) Santísimo Sacramento: porque de todos los sacramentos es el más importante, porque contiene al autor de la santidad y de la perfección.
g) Santo Sacrificio: No siempre se usa y sin embargo es la renovación del sacrificio de la cruz, ya que por la consagración se ofrece a Dios un verdadero sacrificio.
h) Santa Misa: porque así se terminaba la liturgia de la consagración; se acababa con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana (Catec. De la I. Cat., nº 1332)
i) Viático: porque es el que sirve de alimento a los fieles, en su camino hacia el Señor.
Definición: Sacramento de la Nueva Ley en el cual bajo las especies de pan y vino se hace presente el cuerpo y la sangre de Jesucristo, para alimentar espiritualmente las almas de los hombres y renovar el sacrificio de Cristo.
El gran teólogo Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) escribió en forma de plegaria la mejor definición de este sacramento: Oh, Sacrum convivium…
“Oh, Sagrado Banquete, en el que se come a Cristo y se recuerda su Pasión, la mente se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”. Viene luego la fórmula bíblica: “Pan del Cielo les diste”, para acabar con esta oración: “Oremos, oh Dios, que bajo este sacramento admirable, nos dejaste el recuerdo de tu Pasión, concédenos, te pedimos, que de tal modo veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y tu Sangre, que sintamos en nosotros los frutos de tu Redención”. (Explicar detenidamente).
Y también esta otra oración, que cantamos al exponer el Smo. Sacramento: “Adoro te devote, latens Deitas, / Quae sub his figuris vere latitas;/ Tibi se cor meum totum subjicit,/ Quia te contemplans totum deficit. / Visus, gustus, tactus in te fallitur, / Sed auditu solo tuto creditur; / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc Veritatis verbo verius”.
“Adórote devotamente, oculta Deidad, /que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente; / A ti mi corazón totalmente se somete, / pues, al contemplarte, se siente desfallecer por completo. / La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces,/ sólo con el oído se llega a tener fe segura;/ Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada más verdadero que esta palabra de Verdad” (Traduc. del Cat. I.C.)
Concilio Vaticano II: nº 47: “Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.
Renovación del Sacrificio de la Cruz: Cristo, en la última cena dijo: Tomad y comed, porque este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros. Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.
¿Cuándo fue esto? ¿Cuándo fue entregado su cuerpo a la muerte? ¿cuándo se derramó su sangre? En el sacrificio de la Cruz, en el Calvario. Por consiguiente, cuando renovamos el misterio estamos renovando el Sacrificio de la Cruz. Y si éste tenía valor infinito, también le tiene esta renovación. El sacerdote es el mediador necesario para esta renovación. Es Cristo quien, utilizando al sacerdote, consagra, renueva el Sacrificio de la Cruz.
“Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (Lumen Gentium)
San Juan Crisóstomo declara que “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios” (Cf. Catec. I. Cat., nº 1375)
Los cristianos lo entendieron así, como un mandato del Señor, desde los mismos apóstoles, según consta en documentos escritos: Hechos de los Apóstoles, 2, 42,46; 20, 7. Según San Pablo, se anunciaba el misterio pascual “hasta que venga” el Señor (I Cor.,11,26).Y San Justino, siglo II, nos cuenta cómo era esa misa: en esencia como la de hoy. Comprende siempre dos grandes momentos: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística.
La Eucaristía es un sacrificio, porque representa (=hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto: “Cristo, nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacrificio (Hb.7, 24-27), en la última cena, “la noche en que fue entregado” (1 Cor., 11, 23) quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (I Cor, 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día” (Cc. de Trento; DS 1740).
El Sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima , que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció entonces a sí misma sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer.: En este divino sacrificio que se realiza en la misa, este mismo Cristo, que se ofreció una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta” (Concilio de Trento, DS1743)
Y como, según el Catec. de la Igl. Catól., nº 1346: “Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen juntas un solo acto de culto”, resulta que los participantes en ella participan también, de algún modo, en la acción ex opere operato del Sacrificio de la Misa”; esto es, en su carácter santificante por sí mismo (monaguillos, lectores, cantores…)
Debemos considerar la Eucaristía:
- Como acción de gracias y alabanza al Padre: “Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”
- Como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo, en la Cruz; renovación incruenta del mismo; nos lo hace presente con todos sus efectos; nos aplica su fruto.
- Como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu (C.I.C., nº 1358)
- Es el único sacrificio ante el Padre; ya que Cristo murió de una vez por todas para la remisión de los pecados y cada vez que lo repetimos en la Santa Misa, lo estamos haciendo presente. “El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, la que se ofreció a sí misma sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer” enseña el Concilio de Trento (DS1743)
- Como santificadora ex opere operato, por sí misma. Como renovación del Sacrificio de la Cruz, de valor infinito. “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda”, nos enseña el Catecismo de la Igl. Cat. (nº 1368).
“Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba el fruto de la gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino” (Catec. Igl. Catól., nº 1390).
Doctrina afirmada desde los comienzos del Cristianismo; explícitamente en los Concilios de Constanza, Florencia, Trento; en la, liturgia romana y en los Santos Padres (escritores de los primeros siglos del Cristianismo).
Relatos de la institución eucarística, en la traducción latina de la Vulgata:
Según San Mateo (26, 26-29): “Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, para remisión de los pecados. Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros nuevo en el reino de mi Padre”.
Según San Marcos (14,22-24) “Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó y bebieron de él todos. Y les dijo: ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios”.
Según San Lucas (22, 19-20) “Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros: haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”.
Según San Pablo (I Cor., 11, 23-27) “Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido, que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. Así pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor”
Original griego, del que se realizó la traducción latina de la Vulgata:
“Esto, que os doy para comer, es mi propio cuerpo, el mismo que por vosotros será entregado. Lo que os doy para beber, es mi propia sangre, la misma, que por muchos será derramada” (Luc.,22,19, Mat. 26,28).
Cristo, realizada la consagración, está presente de manera permanente en la eucaristía antes y después de la comunión, mientras las especies sacramentales no se corrompen (Concilio de Trento, ses. 13, can. 4).
La comunión produce gracia sacramental ex opere operato (= por sí misma) , en virtud de su participación en el Sacrificio incruento de la misa.
EVANGELIO DE SAN JUAN SOBRE LA EUCARISTÍA.
“”En verdad, en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado; procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del Hombre os da, porque Dios Padre le ha sellado con su sello… Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo… Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá ya más hambre, y el que cree en mi jamás tendrá sed. Pero yo os digo que vosotros me habéis visto y no me creéis; todo lo que el Padre me da viene a mi, y al que viene a mi yo no le echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, que yo no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite en el último día… Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el pan en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que el que coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; y si alguno come de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (6, 32-52)
“En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mi y yo en él. Así como me envió Padre vivo y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mi. Este es el pan bajado del cielo, no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre” (6, 53-58).
Catequesis para adultos: SACRAMENTO DE LA PENITENCIA.
También llamado sacramento de la conversión, de la confesión, del perdón, de la reconciliación y similares.
Instituido por Cristo: “En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo” (San Mateo, 18, 18). En su aparición a los discípulos, tras su muerte, “La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retuviereis les serán retenidos” (San Juan, 20, 21-23). “Yo te digo a ti que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (San Mateo, 16, 18-19). Y luego a los demás apóstoles (San Mateo, 18,18).
Actos del penitente: contrición, confesión y satisfacción.
Muy claro en el Concilio de Trento; que recoge toda la tradición de la Iglesia, desde los primeros años.
Contrición: “Un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (Conc. Trento). “Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta” (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental” (Catec. Igl. Cat., nº 1452).
La contrición imperfecta o atrición nace de la consideración de la fealdad del pecado y del temor a las penas del Infierno; no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone para obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (Cat. Igl. Cat., nº 1453)
Confesión de los pecados: “ En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo” (Cat. I.C., nº 1456).
Cuando la enumeración de todos y cada uno de los pecados mortales es materialmente imposible basta la enumeración específica (Concilio de Trento); pero si ni siquiera se puede hacer esto (por enfermedad o similares) basta con la acusación genérica de los pecados mortales (así se afirma desde el IV Concilio Cartaginense y en el antiguo Ritual Romano).
Según mandamiento de la Iglesia, “todo fiel llegado a la edad del uso de la razón debe confesar al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia”. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la Sagrada Comunión” (Cat.I.C.,nº 1457)
“Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo se recomienda vivamente por la Iglesia” (Cat.I.C., nº 1458).
La satisfacción o penitencia: “Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero, además, el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia” (Cat.I.C., nº 1459)
Efectos de este sacramento:
a) La reconciliación con Dios: produce una resurrección espiritual, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más `precioso de los cuales es la amistad con Dios. En suma: nos perdona los pecados, vuelve a infundir en nosotros la gracia (amistad de Dios en nosotros) y, psicológicamente, tranquiliza nuestra conciencia.
b) Reconcilia con la Iglesia: la comunión de los santos. Volvemos a gozar de todos los bienes comunes espirituales de nuestra comunidad de santos.
Formas concretas de administración del sacramento: (Catec. Igl..Cat. nº 1447)
Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su bautismo (idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo por largos años, antes de recibir la reconciliación. En algunas regiones, esta reconciliación sólo era admitida una vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote.
Actualmente, además de la tradicional forma del confesonario, se ha restablecido la “imposición de manos” y la llamada celebración comunitaria, que es un sacramental preparatorio de la confesión individual.
EL PECADO.
Lo define San Agustín como “amor de sí hasta el desprecio a Dios” [1]. Supone, por tanto, un acto de soberbia. Y como Dios nos manda amar a nuestro prójimo, se da pecado no sólo cuando se falta al amor verdadero de Dios, sino también cuando se ofende al prójimo, se atenta contra la naturaleza del hombre o contra la solidaridad humana. En la práctica es fruto de la soberbia o de un apego perverso a ciertos bienes.
Hablamos del pecado mortal.
El Señor, frente a quienes enseñaban “doctrinas que son preceptos humanos” dice: “No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro… lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que hace impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre”[2].
NOTA: En lenguaje del tiempo, “malos pensamientos” = los de los mandamientos 9 y 10 (no desearás…). “Fornicar” = soltero con soltera, más bien prostituta. Igual durante muchos siglos.
San Pablo: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios”[3].
Sin embargo, no todos esos actos son pecados mortales. Para ello se requiere, al menos, una actitud constante y deliberada de aversión al prójimo o de grave desprecio a la Ley de Dios.
Pecados veniales y mortales: “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal… sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc…. En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales” (Santo Tomás de Aquino[4])
Condiciones para un pecado mortal: que tenga por objeto una materia grave, cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento.[5]
Materia grave: Según Jesucristo, al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falsos testimonios, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”.[6]
Plena conciencia: del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios, pese a lo cual se desprecia esa Ley para satisfacer el propio capricho o el propio orgullo. La fórmula del “yo paso” de estas cosas, el endurecimiento del corazón y similares no excusan, sino que agravan el desprecio de la Ley de Dios.
Entero consentimiento: que sea el resultado de una opción deliberada; no de un momento de debilidad, ni de un acto imperfecto que sale de una reacción rápida (la maldición contra el conductor que ha estado a punto de accidentarnos y cosas similares). “Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal” (Catec. Igl. Cat., nº 1860)
“El que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno”. Lo dice el Señor: “En verdad os digo, que todo les será perdonado a los hombres, los pecados y aún las blasfemias que profieran; pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, es reo de eterno pecado”[7]. “Todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo, ni en el venidero”[8]. “A quien dijere una palabra contra el Hijo del hombre le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado. Cuando os lleven a las sinagogas ante los magistrados y las autoridades no os preocupéis de cómo o qué habréis de responder o decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que habréis de decir”[9].
Y es que el que se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.
“Dios no predestina a nadie a ir al Infierno; para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal) y persistir en él hasta el final”.(Cat. Igl. Cat. nº 1037)..
ADVERTENCIA FINAL: Sólo Dios conoce el interior del corazón de los hombres y los motivos de su actividad. No juzguemos pues, si no queremos ser juzgados, como dice el Señor. Examinémonos a nosotros mismos y procuremos caminar por la senda del Señor, siempre fijos en el mantenimiento de la fe y el deseo de cumplir su gran mandamiento.
Catequesis para adultos: LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS.
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, desde los comienzos del Cristianismo, se practicaba la unción con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, casi exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de ello, había recibido el nombre de Extremaunción. Pero la Constitución Apostólica Sacram Unctionem infirmorum (sagrada unción de los enfermos), del 30 de noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II, estableció que, en adelante, en el rito romano se observara lo siguiente:
“El sacramento de la unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con las gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (Catec. Igl. Cat., nº 1513).
Antes de esta Constitución Apostólica, prescribía el Ritual Romano que las unciones con el signo de la cruz se hicieran en los ojos, las orejas, las narices, la boca, las manos, los pies y los riñones; es decir, en todos aquellos órganos mediante los cuales se hubiera podido pecar. Pronto se suprimió lo de los riñones, porque no parecía decente enseñar el cuerpo algo desnudo. Pero en el decreto del Santo Oficio de 25 de abril de 1906, ya se declaró que en caso de necesidad bastaba una unción en la frente o en cualquier otro órgano.
Instituido por Cristo. En el Evangelio de San Marcos, leemos que El Señor envió a los doce apóstoles a predicar, de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus impuros , “partidos, predicaron que se arrepintiesen y echaban muchos demonios y ungiendo con óleo a muchos enfermos, los curaban”[10]
En la última aparición, tras resucitado, envió a los apóstoles a predicar por todo el mundo y les dijo que “pondrán las manos sobre los enfermos y éstos recobrarán la salud”[11]
Santiago Apóstol escribe: “¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y los pecados que hubiere cometido, le serán perdonados” [12]
Efectos del sacramento:
a) Confiere gracia santificante especial: El Catec. de la Igl. Cat. dice: “La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Si hubiera cometido pecados, le serán perdonados”[13]
b) Perdona todos los pecados, tanto mortales como veniales.
c) Las penas temporales debidas por los pecados (las que se ponen como penitencia) las disminuye o perdona.
EN SUMA: perdona todo.
d) En ocasiones, restituye la salud corporal, si es conveniente para la salvación del alma.
Ministros del sacramento: Obispo, párroco y sus coadjutores delegados por aquel, así como otros sacerdotes que tengan delegación parroquial o episcopal. Pero, en caso de extrema necesidad, cualquier sacerdote.
¿A quiénes se da?
a) A la persona bautizada: es sacramento cristiano, presupone el bautismo.
b) Adulta: no se da a los niños, porque se supone están libres de pecado.
c) Gravemente enfermo. Puede repetirse, si el enfermo a quien se dio recupera la salud y recae o cae en otra enfermedad grave; como dice el Catecismo de la Iglesia Católica[14]; el cual además dice que “es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan”. En siglos anteriores, se aconsejaba darlo a las que iban a parir. Se negaba a los locos, a los soldados en guerra, pero sí en el caso de que estuvieran heridos.
Normalmente, si las circunstancias del enfermo lo permiten, es conveniente que haga confesión de sus pecados; luego reciba el sacramento y finalmente el viático (Eucaristía). Pero, en todo caso, este sacramento perdona todos los pecados; como hemos visto en la carta del Apóstol Santiago.
Catequesis para adultos: EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO.
Definición: Contrato, por el cual varón y mujer, jurídicamente hábiles, legítimamente se entregan mutuamente el derecho a los actos por sí aptos para la generación y educación de la prole, y se obligan a una vida en común.
Contrato: pacto libre por el cual el varón y la mujer se entregan mutuamente.
Jurídicamente hábiles: sin impedimento alguno por parte del derecho natural o por la ley positiva a la que estén sometidos[15]
Legítimamente: según las leyes naturales y positivas que rigen los matrimonios.
Mutuamente se entregan a si mismos: es lo fundamental de este contrato. Según los teólogos, supone la mutua potestad del cuerpo del otro y la conjunción carnal, o sea la cópula de los cónyuges[16]
Para los actos aptos, por sí mismos, para la generación y educación de la prole.
Y se obligan mutuamente a vivir en común.
Causa eficiente (= la que produce) del matrimonio, según Concilio Florentino, “regularmente es el mutuo consenso expresado por palabras de presente”[17] (si no puede hablar, se expresará por signos; también se ha admitido en la Iglesia el matrimonio por poderes).
Fines del matrimonio (= bienes del matrimonio): procreación, fidelidad, sacramento.
Procreación: es el fin principal, que incluye no sólo la generación (que también la hacen los animales), sino la educación de los hijos. Enseña Santo Tomás de Aquino, gran doctor de la Iglesia (siglo XIII), que “el matrimonio ha sido instituido principalmente para el bien de la prole, no tanto para engendrar, puesto que se puede hacer fuera del matrimonio, como para promoverla al estado perfecto” en orden a Dios, que es su fin último.[18]
Fidelidad mutua: necesaria para cumplir el fin primario de educar a la prole; para conservar las promesas y la ayuda mutua de los cónyuges o su ofrecimiento mutuo en la prosperidad y en la adversidad[19]. De ahí la gravedad con que consideraron los primeros cristianos el pecado de adulterio.
Remedio de la concupiscencia: que no es otro que una mayor explicación de la fidelidad. “Para evitar la fornicación, cada uno tenga su esposa y cada una su marido” dice el Apóstol San Pablo[20]. E inmediatamente exhorta a los cónyuges que por causa de la oración se hayan abstenido del débito conyugal, para que vuelvan pronto a él, “no os tiente el maligno por vuestra incontinencia”[21]. Lo que Santo Tomás comenta: “Mientras que la concupiscencia se satisface en el acto conyugal, no incita a otras corruptelas”[22].
Sacramento: Indivisibilidad del matrimonio, en cuanto que significa la indivisible conjunción de Cristo con la Iglesia.[23]
Cada uno de estos bienes hacen honesto el acto del matrimonio. O sea, que aquellos que por la edad o esterilidad no pueden engendrar prole, en razón de los bienes secundarios o para conseguir esos fines secundarios (fidelidad, ayuda mutua, remedio de la concupiscencia) pueden contraer matrimonio y por lo tanto usarlo.[24]
San Agustín (354-430), escribe: "Luego el bien del matrimonio, que incluso el Señor confirmó en el Evangelio... no me parece a. mi que sea por la sola procreación de los hijos, sino también por la misma conjunción natural en diverso sexo ... Tienen esto de bueno los matrimonios, y es que la incontinencia carnal y juvenil, incluso cuando es viciosa, se reconvierte a la honestidad de la propagación de la prole, a fin de que partiendo del mal de la libido la cópula conyugal realice algo bueno[25]." De bono coniugali, c.3,n.3
"Sean amados en las nupcias los (bienes) nupciales: prole, fidelidad y sacramento. Pero la prole, no sólo para que nazca, sino para que renazca... a la vida (eterna)"[26].
Y en Orígenes (185-254) algo más profundo: "Ciertamente, aquel que se abstiene de la esposa, hace frecuentemente que ella cometa adulterio, puesto que no satisface su libido, incluso si lo hiciera movido por la idea de una mayor santidad o castidad; y éste acaso sea digno de mayor reprensión, ya que, siendo potente, hace que (la mujer) adultere, no satisfaciendo su libido, que aquel otro que sin causa de estupro, sino por hechicería, asesinato u otro crimen mas grave, la repudió"[27].
En los SS.PP., el matrimonio no sólo era para engendrar y educar hijos (a eso se llama "procreare", de otro modo dirían "generare", que lo hacen también los animales v no son matrimonio) sino también para el remedio de la concupiscencia de ambos cónyuges, para satisfacerse mutuamente su libido.
En Santo Tomás de Aquino (s.XIII), Doctor de la Iglesia, y la mayor autoridad teológica, en quien culmina toda la doctrina y tradición de siglos anteriores, hallamos un texto muy expresivo: "Sólo por dos modos los cónyuges copulan sin ningún pecado: a saber: por causa de procrear la prole, y de devolución del débito conyugal"[28] (Suplemento a la Suma Teológica, cuestión XLIX, art° 5°). Veámoslo más extensamente:“
”A la manera como los bienes del matrimonio (procreación de la prole, fidelidad y sacramento) en cuanto que habituales, hacen el matrimonio honesto y santo; así también, en cuanto están en la intención actual, hacen el acto del matrimonio honesto, en cuanto a aquellos dos bienes del matrimonio que se refieren a este acto. Por consiguiente, cuando los cónyuges copulan por causa de procrear la prole, o para devolverse mutuamente el débito (se llama "débito" porque al casarse se hacen mutuamente donación de sus cuerpos); lo que a la fidelidad pertenece, están totalmente excusados de pecado. Pero el tercer bien (sacramento) no pertenece al uso del matrimonio, sino a su esencia, como ya se ha dicho. Por consiguiente, hace el mismo matrimonio honesto: no precisamente su acto, en tal forma que por esto su acto sea sin pecado, sino porque copulan por causa de alguna significación. Y por tanto, por dos solos modos los cónyuges sin pecado copulan: a saber, por causa de la procreación de la prole, y de devolver el débito". Procreación en él es, como en los Santos Padres, no sólo generar sino sobre todo educar, ayudarse mutuamente a formar los hijos y esto requiere tiempo y el amor mutuo entre los esposos es imprescindible para llevar a buen término esta labor.
El matrimonio es de derecho natural. Los teólogos afirman que la naturaleza humana exige no sólo la generación de la prole y su alimentación para conservar y propagar el género humano, sino también la educación de la prole en orden a perfeccionar la sociedad; pero esto no se puede conseguir salvo que exista una sociedad estable y permanente, como es el matrimonio; luego éste es de derecho natural[29].
En algunos períodos de la Historia, en determinados pueblos, se han dado la poligamia y la poliandria. Aún hoy entre los musulmanes se acepta la poligamia (varias mujeres para un hombre). Su origen estuvo, en sus comienzos, en la necesidad de conservar la tribu, el pueblo y evitar adulterios; después se pervirtieron las costumbres y acabó en vicio antisocial y repugnante.
En efecto, entre las tribus nómadas de pastores se originaban muchas peleas, por causa del territorio y en ellas morían los hombres jóvenes. La necesidad de varones para perpetuar la existencia de la tribu y la de saciar la libido de las mujeres llevó a adoptar esta solución. Cuando ya no era necesario ese remedio, el machismo imperante de los poderosos mantuvo el régimen.
En muchas islas de Oceanía se da el caso inverso: la poliandria. Hay pocas, poquísimas mujeres y para evitar las luchas de los varones entre si se llegó a este sistema. El hermano de la madre es quien ejerce sobre la prole todas las funciones del padre, que no es conocido.
La fornicación o concúbito (acto sexual) de soltero con soltera va contra el derecho natural y es pecado.
Los teólogos explican así: “Los fornicarios eliminan el bien de la prole, que, como dijimos, consiste en la generación, nutrición y educación; desechan los fines secundarios de la conjunción del varón y la mujer, que en el matrimonio para la ayuda mutua y remedio de la concupiscencia fueron puestos; y que guiados por insania (furiosa, loca) libido destruyen el bien del género humano, el cual se obtiene perfectamente mediante la constitución de la familia”[30]. Problema de justicia social. No existía la obsesión del sexo.
El uso del matrimonio es honesto y lícito.
En los primeros tiempos de la Iglesia, los gnósticos, marcionitas, encratitas, maniqueos y otros herejes negaron que los actos sexuales en el matrimonio fueran honestos y lícitos. En la Edad Media defendieron lo mismo los cátaros, albigenses, waldenses y otros. Contra todos se opuso siempre la Iglesia defendiendo la santidad del matrimonio y su uso.
Se basaba en el mandato divino del Génesis: “Creced y multiplicaos”[31]. En las palabras de Cristo: “Dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”[32].
San Pablo, respondiendo a una pregunta, enseña: “Por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido. El marido pague el débito (acto sexual) a la mujer e igualmente la mujer al marido. La mujer no es dueña de su propio cuerpo: es el marido; e igualmente el marido no es dueño de su propio cuerpo: es la mujer. No os defraudéis uno al otro, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración, y de nuevo volved al mismo orden de vida, a fin de que no os tiente Satanás de incontinencia”[33]
Más adelante, “a los no casados y a las viudas les digo que es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse”[34]
Todos los concilios y grandes teólogos de la Iglesia afirman lo mismo.
El matrimonio es un verdadero y propio sacramento de la Nueva Alianza (es de fe).
San Pablo, hablando del matrimonio: “Este sacramento es grande, yo sin embargo lo digo en Cristo y en la Iglesia”[35].
Gran misterio que significa la unión de Cristo y su Iglesia; por lo cual produce la gracia santificante.
El sacramento del matrimonio consiste esencialmente en el contrato matrimonial de los cristianos (= el si mutuo, ante el sacerdote). O sea, como hemos visto que dice el Concilio de Florencia: “el mutuo consentimiento por palabras de presente”.
Pío IX, enseñó que: “entre los fieles no se puede dar matrimonio, que no sea al propio tiempo sacramento”[36].
León XIII: “toda conjunción (matrimonio) justa entre cristianos es en sí misma y por sí misma sacramento”.[37]
Los ministros del sacramento del matrimonio son los mismos contrayentes.
Por eso, el antiguo Código de Derecho Canónico decía expresamente: “Si no se puede tener o no se puede acudir sin incomodidad grave a ningún párroco u Ordinario o sacerdote delegado que asistan al matrimonio… 1º. En peligro de muerte, es válido y lícito el matrimonio celebrado ante testigos solamente; y también lo es fuera del peligro de muerte, si prudentemente se prevé que aquel estado de cosas habrá de durar por un mes; 2º En ambos casos, si hay otro sacerdote que pueda asistir, debe llamársele, y él debe, juntamente con los testigos, asistir al matrimonio, sin perjuicio de la validez de éste, si se celebra solamente ante los testigos”.[38]
Sto. Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, escribe: “Las palabras con las que se expresa el consentimiento matrimonial, son la forma de este sacramento; no la bendición del sacerdote, que es un cierto sacramental”[39].
El párroco o el sacerdote delegado es testigo cualificado, que solemniza las nupcias. En los primeros tiempos de la Iglesia los fieles buscaban la bendición del Obispo (había pocos fieles) o sea de la Iglesia, para el buen éxito de su matrimonio. Después, con el fin de asegurar que ambos contrayentes actuaban con entera libertad y tener constancia del matrimonio, se impuso la obligatoriedad, para su licitud ante la Iglesia, de la presencia del Obispo o sacerdote por él delegado que levantaba acta.
La costumbre entonces, como hoy entre musulmanes y otros, era que las bodas se contratasen entre los padres de ambos futuros contrayentes, sin intervención de éstos. Incluso leemos en San Pablo: “Si alguno estima indecoroso para su hija doncella dejar pasar la flor de la edad y que debe casarla, haga lo que quiera; no peca; que la case. Pero el que firme en su corazón, no necesitado, sino libre y de voluntad, determina guardar virgen a su hija, hace mejor. Quien, pues, casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa, hace mejor”[40].
Fue el Concilio de Trento, primero y el Código de Derecho Canónico, después, quienes decretaron que únicamente serán válidos aquellos matrimonios que se hayan contraído ante el párroco o el Ordinario de lugar (= Obispo) o por sacerdote delegado por alguno de los dos, más dos testigos. El salto, aquí, es cualitativo: de ser válido, pero ilícito el matrimonio sin sacerdote a exigirlo para la validez.
¿Quién pueden contraer el sacramento del matrimonio?
Toda y solamente la persona bautizada, que no esté ligada por impedimento dirimente de derecho natural o de derecho positivo, puede válidamente recibir el sacramento del matrimonio.
Claro, es un sacramento de la Iglesia; luego ha de pertenecer a ella. Impedimentos dirimentes son aquellos que imposibilitan el matrimonio, bien por derecho natural o bien por el positivo.
El sacramento del matrimonio causa un aumento de la gracia santificante con una fuerza especial para cumplir debidamente los oficios del matrimonio[41]
Los teólogos señalan como tales oficios:
a) Que los cónyuges honestamente procreen y eduquen cristianamente a sus hijos.
b) Que se amen mutuamente, como Cristo a su Iglesia, y se presten mutuamente auxilio.
c) Que se guarden fidelidad (nada de adulterio).
d) Que remedien los ardores de la concupiscencia.
El matrimonio es indisoluble.
Afirman los teólogos que es intrínsecamente indisoluble por derecho natural. Sin embargo su única justificación está en las palabras de Cristo: “Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, el hombre no lo separe”[42] y en los dictámenes de concilios y teólogos; por lo que no sirve como argumento para quienes no sigan la doctrina cristiana.
Como sacramento es indisoluble. Las palabras del Señor, las de los Santos Padres (escritores de los primeros años del Cristianismo), la tradición de la Iglesia, concilios y teólogos es unánime.
Se objeta lo que leemos en el Evangelio de San Mateo: “Pero yo os digo que quien repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación- la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio”[43]; “Y yo os digo que quien repudia a su mujer (salvo caso de adulterio) y se c asa con otra, adultera”[44].
Se han inventado cien maneras de explicar esa excepción, a fin de que no se contradiga con el resto, ni con los otros evangelios y la tradición. Parece que la causa está en una mala traducción de la palabra griega “porkeia”, que nadie sabe lo que significa. No tenemos el original arameo, sino su traducción griega. Podría ser una palabra del argot griego, paralela al correspondiente arameo, cuyo sentido se ha perdido. ¿Querría decir “concubinato?” ¿o lo que ahora se llama “unión sentimental?.
El llamado privilegio paulino (del Apóstol San Pablo) dice que si el otro cónyuge es infiel, pero consiente en cohabitar con el cristiano, que no lo despida, “Pero si la parte infiel se retira, que se retire. En tales casos no está esclavizado el hermano o la hermana, que Dios nos ha llamado a la paz”[45]. Esta es la única excepción que admite la Iglesia.
Infieles casados, uno de los cuales se bautiza:
San Pío V, en la Constitución Romani Pontifices determinó en el caso de los indios de América del Sur que si el varón tiene varias mujeres, y la primera, que es la legítima, no se quiere bautizar, pero sí otra, puede permanecer con ésta como legítima esposa; rechazando a las otras.
Gregorio XIII, Constitución Populis, los infieles casados traídos de África a Brasil, impedidos de consultar con sus mujeres, pueden si se convierten a la fe casarse válida y legítimamente con otra. O sea, que el Papa da por disuelto el matrimonio en la infidelidad.
Nulidad matrimonial. La Iglesia admite, por graves razones de imposible convivencia, que una pareja se separe, pero no que puedan volver a casarse con otro; o sea, no admite el divorcio. Puede y de hecho lo hace, declarar nulo un matrimonio, cuando comprueba que no hubo matrimonio en la realidad; a causa de algún impedimento dirimente; pero nunca anular un matrimonio consumado.
Ejemplos: no hubo matrimonio si se dio entre padres e hijos, hermanos y hermanas, por ignorancia (ya que sabiéndolo, no se habría realizado); entre varón menor de 16 años o mujer menor de 14; si uno de ellos es tan deficiente mental que no llega a esas edades psicológicas; si cualquiera de ellos actuó por miedo o co
acción; si uno de ellos adoptó una personalidad falsa; si se casó siendo impotente (la esterilidad no es impedimento), etc. Como quiera que la Iglesia exige para la validez del matrimonio el que se haya realizado ante el Obispo, párroco o sacerdote delegado por éstos, cuando no se da esa delegación es nulo.
En el caso de matrimonio rato, pero no consumado, el Papa puede disolver ese matrimonio si uno de ellos o ambos lo solicitan para poder entrar en religión con votos solemnes o por grave y justa causa. Mas si el matrimonio rato fue consumado, no es disoluble..
[1] Civ. 1, 14, 28)
[2] San Mateo, 15, 11-20.
[3] Gálatas, 5, 19-21)
[4] Suma 1-2, 88, 2.
[5] Reconciliatio et penitentia, 665.
[6] Marcos 10, 19.
[7] Marcos 3, 29.
[8] Mateo 12, 31-32.
[9] Lucas, 12, 10-12.
[10] Marcos 6, 12-13.
[11] Marcos 16, 17-18
[12] Santiago, 5, 14-15.
[13] Nº 1520.
[14] Nº 1515.
[15] Por ley positiva se entiende la ley humana, civil o eclesiástica, a la que estén sometidos.
[16] ZUBIZARRETA: Theologia Dogmatico-Scholastica, vool. IV, Edic. “El Carmen”, Vitoria, 1949, q. XXXVIII.
[17] Denz. 702.
[18] Suppl., q.59, a.2.
[19] ZUBIZARRETA, l.c., nº 676.
[20] I Cor., 7,2
[21] I Co., 7,5.
[22] Suppl., q.42, a.3, ad 4.
[23] Concilio Florentino, Dz. 702.
[24] ZUBIZARRETA, l.c., nº 677.
[25] De bono conjugali, c.3, n.3
[26] De nuptiis et humana concupiscentia, L.1, c.17, n.19.
[27] In Matthaeum commentarii, c.14, n.24.
[28] Suplemento a la Suma Teológica, cuest. XLIX, artº 5º.
[29] ZUBIZARRETA, l.c., nº 679.
[30] Is., ibid., nº 680.
[31] Gen., 1,28.
[32] Mat., 19, 5-6.
[33] I Cor., 7, 2-5..
[34] Id., ibid., 8-9.
[35] Efes., 5, 31-32.
[36] Dz. 404.
[37] Encícl. “Arcanum Divinae Sapientiae”, Dz. 1854..
[38] Cánon 1098.
[39] Supl., q. 42, a.1, ad 1.
[40] I Cor., 7, 36-38.
[41] ZUBIZARRETA, l.c., nº 703.
[42] Mat. 19, 6.
[43] 5, 33; según traducción de Nácar-Colunga, ya citado.
[44] 19, 9; según la trad. cit.
[45] I Cor., 7, 15.
Esquema 1º.- LOS SACRAMENTOS.
Definición: Signum rei sacrae in quantum est sanctificans homines (signo de una cosa sagrada, en cuanto que santifica a los hombres). Un signo sensible, instituido por Cristo, para significar la gracia santificante (que santifica a los hombres).
Explicar: signo sensible (sagrado, símbolo del efecto divino –cosa sagrada- que representa; externo o visible).
Instituido por Cristo (basado en los méritos de su pasión y muerte)
Para significar la gracia santificante que, por los méritos de Cristo, producen en el alma de quien los recibe. Diferencia con los del A.T.
Significan la Pasión de Cristo, la gracia que producen y la gloria futura en ella incluida.
La Iglesia no puede modificar su materia, ni su forma.
Los sacramentos son necesarios para la salvación eterna. ¿Qué pasaba con los anteriores a Cristo?
¿Qué con los hombres de buena fe de otras religiones? Todos los grandes teólogos acuden a la misericordia divina que quiere que todos los hombres se salven.
Siete son los sacramentos. En esto coincidimos con las Iglesias Orientales, con herejes como los monofisitas; con sirios, coptos y armenios.
Producen la gracia “ex opere operato”: el sacramento, por sí mismo, prescindiendo del valor moral y del mérito de la persona que lo realiza, por la virtud o fuerza que le ha sido comunicada por Cristo, causa la gracia; suponiendo que el individuo que recibe el sacramento no se oponga a ella.
Confieren mayor o menor gracia según la mayor o menor disposición de quien los recibe (Santo Tomás, III p., q. 69, a.8)
La gracia sacramental es esencialmente la misma gracia santificante; pero añade sobre ella, no un hábito nuevo o una cualidad completa, sino una especial fuerza y modo intrínseco, por el cual es determinado e impulsado a producir los efectos especiales necesarios en la vida cristiana y exige auxilios especiales para conseguir el fin del sacramento.
Sacramentos que imprimen carácter: bautismo, confirmación y orden.
¿Qué es el carácter? Signo espiritual e indeleble impreso en el alma por el cual el hombre queda destinado a recibir, defender y hacer las cosas sagradas.
Por eso no se pueden repetir. Es algo real, absoluto, espiritual, indeleble en ésta y en la otra vida
Dios es autor principal de los sacramentos, puesto que es el autor o causa de la gracia (virtud o potencia sobrenatural para fortalecer la voluntad o deseo natural en su camino hacia Él).
La virtud o potencia de santificar proviene de los méritos de la pasión de Cristo, que santifican.
Cristo, al instituir los sacramentos, se los entregó a la Iglesia para que se administraran rectamente y los recibieran los fieles.
Cada vez que el ministro realiza un sacramento, es Cristo quien en él y mediante él, de modo invisible, lo está realizando y produciendo la gracia anexa.
Excepto para el bautismo y matrimonio, el único ministro para realizar o administrar un sacramento es el sacerdote, legítimamente ordenado y destinado.
Para la validez del sacramento se requiere en el ministro alguna intención verdadera, al menos implícita, de hacer lo que hace la Iglesia. Sin embargo, no es necesario que el ministro tenga la intención de conferir gracia o carácter. Ni siquiera se requiere que tenga fe, según los teólogos; basta con que ordenado sacerdote (salvo bautismo) al realizar el sacramento tenga intención implícita de hacer lo que hace la Iglesia. Tampoco es necesario que sea un santo; puede estar en pecado mortal y ello no obsta para la validez del sacramento (Concilio de Trento, S. Agustín, S. Esteban, S. Cipriano). Así se hizo en los dos primeros siglos. Al principio del 3º, en África, algunos discrepaban; pero desde entonces ha sido doctrina común y explícita en la Iglesia.
Para recibir dignamente un sacramento, a fin de que reciba el aumento de gracia que proporciona: si es el del bautismo, de la penitencia o de la unción de los enfermos, basta con tener fe y atrición; para los demás, si se está en estado de gracia, basta la disposición habitual, que consiste en la gracia santificante.
LOS SACRAMENTALES.
Los sacramentales son cosas o acciones, con las cuales la Iglesia, a manera de imitación de los sacramentos, suele usar para obtener por su impetración efectos principalmente espirituales. (La definición es del Código de Derecho Canónico)
Ejemplos: oraciones de la Iglesia, toma de agua bendita, comida del pan bendito, la confesión general (yo me confieso ante Dios Omnipotente…); dar limosnas prescritas por la Iglesia y realizadas en su nombre; las bendiciones y exorcismos litúrgicos; consagraciones de iglesias, abades, monasterios, imágenes de santos, Cristo, Virgen María, etc. ; bendición del agua lustral, de animales y coches, de personas y hogares, etc.
Producen efectos ex opere operantis. Por la santidad o la intención más o menos profunda del que la realiza.
Catequesis para adultos: EL BAUTISMO.
Etimología: La palabra “bautismo” procede del griego “baptismos” que significa inmersión en el agua o lavado.
Definición: Sacramento de la Nueva Ley, instituido por Cristo Señor, en el cual por el lavado con agua, externo del cuerpo, bajo la invocación de la Sma. Trinidad, el hombre es regenerado espiritualmente.
Tres tipos: de agua, de deseo, y de sangre.
Catecismo de la Iglesia Católica: “nº 1258: “Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este bautismo de sangre como el deseo del bautismo, produce los frutos del bautismo, sin ser sacramento”.
“nº 1259.- “A los catecúmenos que mueren antes de su bautismo, el deseo explícito de recibirlo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento”
“nº 1260.- Todo hombre que ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad”.
Instituido por Cristo. El Señor a Nicodemo: “Quien no haya sido renacido por el agua y el Espíritu Santo, no podrá entrar en el Reino de Dios” (San Juan, 3,5).
En la tierra de Judea, descansó con los discípulos y bautizó (Juan, 3,22).
Tras la Resurrección, estando todos los apóstoles en Galilea, se les apareció y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo”.(Mateo, 28, 18-20).
El agua ha de ser natural. Por tanto vale la del mar, lluvia, río, fuente, rocío, etc., siempre y cuando no esté adulterada. – Ni la leche, ni la sangre, ni el vino, ni el café… valen.
Pero en el bautismo solemne, la Iglesia manda que sea agua consagrada y limpia.
Triple forma: inmersión (metiendo tres veces la cabeza en el agua); efusión (derramando tres veces agua sobre la cabeza), y aspersión (con el hisopo, en el caso excepcional de bautizos a una gran cantidad de gente a la vez; los apóstoles bautizaron un día, en Jerusalén tres mil personas; Hechos, 2,41). Lo de derramar agua sobre la cabeza ya se hacía en el siglo I, según la Didajé o doctrina de los doce apóstoles.
Ministro ordinario del bautismo solemne es sólo el sacerdote; extraordinario es el diácono, con licencia del Obispo o del párroco, por causa justa. Pero en caso de necesidad cualquier persona, con uso de razón, hombre o mujer, puede válida y lícitamente bautizar.- El padre y la madre no pueden bautizar a su hijo, excepto en peligro de muerte y que no haya otro que lo pueda hacer.
Puede ser bautizada cualquier persona adulta, que tenga intención de ello. En cuanto a los niños: La Iglesia afirma que pueden ser bautizados antes del uso de razón. Porque Cristo, expresamente dijo: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo prohibáis; porque de ellos es el Reino de Dios. Aún más os digo: Quien no reciba el reino de Dios, como un niño, no entrará en él” (Marcos, 10, 14-15).Pero para entrar en él, Según Cristo, ha de haber sido bautizado; luego los niños pueden y deben ser bautizados. Esto sirve para los hijos de los católicos. En cuanto a los de los acatólicos sólo cuando tengan uso de razón y lo pidan.
No se puede repetir el bautismo, porque imprime carácter.
Tanto a los niños como a los adultos, que no se opongan, el bautismo confiere el hábito de la gracia santificante, de las virtudes y de los dones sobrenaturales. Y se le perdonan todos los pecados y las penas consiguientes.
El bautismo nos hace herederos de la vida eterna. San Pablo: “Dios, nuestro Salvador… por su misericordia, nos salvó mediante el lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos herederos, según nuestra esperanza, de la v ida eterna” (Tito, 3, 5-6).
“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hij0o, nacido de mujer… para que recibiésemos la adopción. Y por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que grita:¡Abba, Padre! De manera que ya no es siervo sino hijo, y si hijo, heredero por la gracia de Dios”( Gálatas, 4, 5-7)
Nos hizo partícipes de la divina naturaleza” (2Pedro, 1,4) .- “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos ¡Abba, Padre!. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos, herederos de Dios, coheredados con Cristo, supuesto que padezcamos con El, para ser con El glorificados” (Romanos, 8, 17)
Según S. Pablo, por el bautismo, el creyente participa en la muerte de Cristo; es resucitado y resucita con Él: “O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Romanos, 6, 3-4)
“Todos, pues, sois hijos de Dios, por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo… Y si todos sois de Cristo, luego sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa” (Gálatas, 3, 27-28)
Necesidad del bautismo para la salvación.
El Señor: “En verdad, en verdad te digo que quien no naciera del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos” (Juan, 3,5)
“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará (Marcos, 16, 16).
El Catecismo de la Iglesia Católica: “El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento: (nº 1257)
Sigue el Catecismo: “Todo hombre que ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la Verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad” (1260).
La unción con el santo crisma, que se hace en el bautismo, significa la participación del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el bautismo es conferido a un adulto sólo hay una unción posbautismal: la de la Confirmación (Catec. Igl. Cat. nº 1291).
Catecismo para adultos: LA CONFIRMACIÓN.
Definición: Signo sensible, instituido por Cristo, por el cual el bautizado es robustecido en la gracia y marcado (signatur) como soldado de Cristo por la unción del crisma y la imposición de manos, realizada por legítimo ministro, según el rito prescrito.
Es uno de los sacramentos, practicado por los apóstoles. Así se lee en los Hechos de los
Apóstoles, que enviaron a Samaría “a Pedro y a Juan, los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, pues aún no había venido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados…Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (8, 14 ss.) . Y más adelante, en Éfeso, después de ser bautizados, “imponiéndoles Pablo las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo” (19, 5 ss.).
Fue instituido por Cristo, pero no consta en qué momento.
En la confirmación se imprime carácter en el alma (se le marca para siempre).
La confirmación incrementa la gracia santificante en la persona. Sus efectos son: que robustece al cristiano para confesar el nombre de Cristo y ser fiel a la Iglesia Católica.
Momento de la confirmación: Normalmente, cuando se tiene ya uso de razón.
Recibir la confirmación no es necesario, con necesidad de medio, para la salvación.
Porque ningún precepto divino lo exige; pero es útil y conveniente para la salvación, por el aumento de gracia, para la recepción del Espíritu Santo para la plenitud de la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente. (Catec. Igl. Catól., nº 1290)
“En los primeros siglos, la Confirmación constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y forma con éste un “sacramento doble”. Pero entre otras razones, la multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año y la multiplicación de las parroquias rurales, que agrandaron las diócesis, ya no permite la presencia del Obispo en todas las celebraciones bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar al Obispo el acto de conferir la plenitud del Bautismo, se establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede hacerlo con el crisma consagrado por el Obispo”
La unción con el óleo sagrado, en la Confirmación, es el signo de una consagración. El confirmado recibe la “marca”, el sello del Espíritu Santo. San Pablo, a los Corintios les dice: “Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor. I, 22). Supone por tanto, la promesa de la protección divina.
Efectos de la Confirmación, según el Catecismo de la Iglesia Católica:
1302. El efecto del sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303. La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
- nos introduce más profundamente en la filiación divina.
- nos une más firmemente a Cristo.
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.
- Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.
- Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.
Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de gracia.
Aun cuando el Obispo sea el ministro ordinario de la Confirmación, “si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero debe darle la Confirmación” (Código Derecho Canónico, can. 883,3)
Catequesis para adultos: LA SAGRADA EUCARISTÍA.
Diversos nombres que se le han asignado a lo largo de la Historia:
a) Cuerpo y sangre del Señor : porque así lo llamó el Señor, al instituirla (éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre)
b) Cena del Señor : Así San Pablo (I Cor., 11, 20) porque fue instituida en la última cena.
c) Cáliz, pan, partición del pan.: San Lucas (24, 35) porquen fue instituida con la partición del pan y el vino y bajo esos accidentes se conserva. Por este gesto los discípulos lo reconocieron después de su resurrección (Lc. 24, 13-35)
d) Comunión y comunicación: San Pablo (I Cor., 10,16), así como los apóstoles y los primeros cristianos: porque nos une con Cristo, Cabeza de la Iglesia, y porque los cristianos concurren unidos para ser restaurados o restablecidos en el cuerpo de Cristo.
e) Eucaristía: = acción de gracias (Didajé, cc. 9-10; Luc.22, 19; I Cor. 11, 24)), bien porque Cristo, con su institución, da gracias a Dios, como que es oportuno y necesario que nosotros, al recibirla, demos gracias a Dios.
f) Santísimo Sacramento: porque de todos los sacramentos es el más importante, porque contiene al autor de la santidad y de la perfección.
g) Santo Sacrificio: No siempre se usa y sin embargo es la renovación del sacrificio de la cruz, ya que por la consagración se ofrece a Dios un verdadero sacrificio.
h) Santa Misa: porque así se terminaba la liturgia de la consagración; se acababa con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana (Catec. De la I. Cat., nº 1332)
i) Viático: porque es el que sirve de alimento a los fieles, en su camino hacia el Señor.
Definición: Sacramento de la Nueva Ley en el cual bajo las especies de pan y vino se hace presente el cuerpo y la sangre de Jesucristo, para alimentar espiritualmente las almas de los hombres y renovar el sacrificio de Cristo.
El gran teólogo Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) escribió en forma de plegaria la mejor definición de este sacramento: Oh, Sacrum convivium…
“Oh, Sagrado Banquete, en el que se come a Cristo y se recuerda su Pasión, la mente se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”. Viene luego la fórmula bíblica: “Pan del Cielo les diste”, para acabar con esta oración: “Oremos, oh Dios, que bajo este sacramento admirable, nos dejaste el recuerdo de tu Pasión, concédenos, te pedimos, que de tal modo veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y tu Sangre, que sintamos en nosotros los frutos de tu Redención”. (Explicar detenidamente).
Y también esta otra oración, que cantamos al exponer el Smo. Sacramento: “Adoro te devote, latens Deitas, / Quae sub his figuris vere latitas;/ Tibi se cor meum totum subjicit,/ Quia te contemplans totum deficit. / Visus, gustus, tactus in te fallitur, / Sed auditu solo tuto creditur; / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc Veritatis verbo verius”.
“Adórote devotamente, oculta Deidad, /que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente; / A ti mi corazón totalmente se somete, / pues, al contemplarte, se siente desfallecer por completo. / La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces,/ sólo con el oído se llega a tener fe segura;/ Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada más verdadero que esta palabra de Verdad” (Traduc. del Cat. I.C.)
Concilio Vaticano II: nº 47: “Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.
Renovación del Sacrificio de la Cruz: Cristo, en la última cena dijo: Tomad y comed, porque este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros. Tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.
¿Cuándo fue esto? ¿Cuándo fue entregado su cuerpo a la muerte? ¿cuándo se derramó su sangre? En el sacrificio de la Cruz, en el Calvario. Por consiguiente, cuando renovamos el misterio estamos renovando el Sacrificio de la Cruz. Y si éste tenía valor infinito, también le tiene esta renovación. El sacerdote es el mediador necesario para esta renovación. Es Cristo quien, utilizando al sacerdote, consagra, renueva el Sacrificio de la Cruz.
“Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención” (Lumen Gentium)
San Juan Crisóstomo declara que “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios” (Cf. Catec. I. Cat., nº 1375)
Los cristianos lo entendieron así, como un mandato del Señor, desde los mismos apóstoles, según consta en documentos escritos: Hechos de los Apóstoles, 2, 42,46; 20, 7. Según San Pablo, se anunciaba el misterio pascual “hasta que venga” el Señor (I Cor.,11,26).Y San Justino, siglo II, nos cuenta cómo era esa misa: en esencia como la de hoy. Comprende siempre dos grandes momentos: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística.
La Eucaristía es un sacrificio, porque representa (=hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto: “Cristo, nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacrificio (Hb.7, 24-27), en la última cena, “la noche en que fue entregado” (1 Cor., 11, 23) quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (I Cor, 11,23) y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día” (Cc. de Trento; DS 1740).
El Sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima , que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció entonces a sí misma sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer.: En este divino sacrificio que se realiza en la misa, este mismo Cristo, que se ofreció una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta” (Concilio de Trento, DS1743)
Y como, según el Catec. de la Igl. Catól., nº 1346: “Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen juntas un solo acto de culto”, resulta que los participantes en ella participan también, de algún modo, en la acción ex opere operato del Sacrificio de la Misa”; esto es, en su carácter santificante por sí mismo (monaguillos, lectores, cantores…)
Debemos considerar la Eucaristía:
- Como acción de gracias y alabanza al Padre: “Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”
- Como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo, en la Cruz; renovación incruenta del mismo; nos lo hace presente con todos sus efectos; nos aplica su fruto.
- Como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu (C.I.C., nº 1358)
- Es el único sacrificio ante el Padre; ya que Cristo murió de una vez por todas para la remisión de los pecados y cada vez que lo repetimos en la Santa Misa, lo estamos haciendo presente. “El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, la que se ofreció a sí misma sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer” enseña el Concilio de Trento (DS1743)
- Como santificadora ex opere operato, por sí misma. Como renovación del Sacrificio de la Cruz, de valor infinito. “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda”, nos enseña el Catecismo de la Igl. Cat. (nº 1368).
“Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba el fruto de la gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino” (Catec. Igl. Catól., nº 1390).
Doctrina afirmada desde los comienzos del Cristianismo; explícitamente en los Concilios de Constanza, Florencia, Trento; en la, liturgia romana y en los Santos Padres (escritores de los primeros siglos del Cristianismo).
Relatos de la institución eucarística, en la traducción latina de la Vulgata:
Según San Mateo (26, 26-29): “Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, para remisión de los pecados. Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros nuevo en el reino de mi Padre”.
Según San Marcos (14,22-24) “Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó y bebieron de él todos. Y les dijo: ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios”.
Según San Lucas (22, 19-20) “Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros: haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”.
Según San Pablo (I Cor., 11, 23-27) “Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido, que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. Así pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor”
Original griego, del que se realizó la traducción latina de la Vulgata:
“Esto, que os doy para comer, es mi propio cuerpo, el mismo que por vosotros será entregado. Lo que os doy para beber, es mi propia sangre, la misma, que por muchos será derramada” (Luc.,22,19, Mat. 26,28).
Cristo, realizada la consagración, está presente de manera permanente en la eucaristía antes y después de la comunión, mientras las especies sacramentales no se corrompen (Concilio de Trento, ses. 13, can. 4).
La comunión produce gracia sacramental ex opere operato (= por sí misma) , en virtud de su participación en el Sacrificio incruento de la misa.
EVANGELIO DE SAN JUAN SOBRE LA EUCARISTÍA.
“”En verdad, en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado; procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del Hombre os da, porque Dios Padre le ha sellado con su sello… Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo… Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá ya más hambre, y el que cree en mi jamás tendrá sed. Pero yo os digo que vosotros me habéis visto y no me creéis; todo lo que el Padre me da viene a mi, y al que viene a mi yo no le echaré fuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, que yo no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite en el último día… Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el pan en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que el que coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; y si alguno come de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (6, 32-52)
“En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mi y yo en él. Así como me envió Padre vivo y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mi. Este es el pan bajado del cielo, no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre” (6, 53-58).
Catequesis para adultos: SACRAMENTO DE LA PENITENCIA.
También llamado sacramento de la conversión, de la confesión, del perdón, de la reconciliación y similares.
Instituido por Cristo: “En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo” (San Mateo, 18, 18). En su aparición a los discípulos, tras su muerte, “La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retuviereis les serán retenidos” (San Juan, 20, 21-23). “Yo te digo a ti que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (San Mateo, 16, 18-19). Y luego a los demás apóstoles (San Mateo, 18,18).
Actos del penitente: contrición, confesión y satisfacción.
Muy claro en el Concilio de Trento; que recoge toda la tradición de la Iglesia, desde los primeros años.
Contrición: “Un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (Conc. Trento). “Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta” (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental” (Catec. Igl. Cat., nº 1452).
La contrición imperfecta o atrición nace de la consideración de la fealdad del pecado y del temor a las penas del Infierno; no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone para obtenerlo en el sacramento de la Penitencia (Cat. Igl. Cat., nº 1453)
Confesión de los pecados: “ En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo” (Cat. I.C., nº 1456).
Cuando la enumeración de todos y cada uno de los pecados mortales es materialmente imposible basta la enumeración específica (Concilio de Trento); pero si ni siquiera se puede hacer esto (por enfermedad o similares) basta con la acusación genérica de los pecados mortales (así se afirma desde el IV Concilio Cartaginense y en el antiguo Ritual Romano).
Según mandamiento de la Iglesia, “todo fiel llegado a la edad del uso de la razón debe confesar al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia”. Los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la Sagrada Comunión” (Cat.I.C.,nº 1457)
“Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo se recomienda vivamente por la Iglesia” (Cat.I.C., nº 1458).
La satisfacción o penitencia: “Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero, además, el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual: debe satisfacer de manera apropiada o expiar sus pecados. Esta satisfacción se llama también penitencia” (Cat.I.C., nº 1459)
Efectos de este sacramento:
a) La reconciliación con Dios: produce una resurrección espiritual, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más `precioso de los cuales es la amistad con Dios. En suma: nos perdona los pecados, vuelve a infundir en nosotros la gracia (amistad de Dios en nosotros) y, psicológicamente, tranquiliza nuestra conciencia.
b) Reconcilia con la Iglesia: la comunión de los santos. Volvemos a gozar de todos los bienes comunes espirituales de nuestra comunidad de santos.
Formas concretas de administración del sacramento: (Catec. Igl..Cat. nº 1447)
Durante los primeros siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados particularmente graves después de su bautismo (idolatría, homicidio o adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a menudo por largos años, antes de recibir la reconciliación. En algunas regiones, esta reconciliación sólo era admitida una vez en la vida. Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de la Penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces de una manera más secreta entre el penitente y el sacerdote.
Actualmente, además de la tradicional forma del confesonario, se ha restablecido la “imposición de manos” y la llamada celebración comunitaria, que es un sacramental preparatorio de la confesión individual.
EL PECADO.
Lo define San Agustín como “amor de sí hasta el desprecio a Dios” [1]. Supone, por tanto, un acto de soberbia. Y como Dios nos manda amar a nuestro prójimo, se da pecado no sólo cuando se falta al amor verdadero de Dios, sino también cuando se ofende al prójimo, se atenta contra la naturaleza del hombre o contra la solidaridad humana. En la práctica es fruto de la soberbia o de un apego perverso a ciertos bienes.
Hablamos del pecado mortal.
El Señor, frente a quienes enseñaban “doctrinas que son preceptos humanos” dice: “No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro… lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que hace impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre”[2].
NOTA: En lenguaje del tiempo, “malos pensamientos” = los de los mandamientos 9 y 10 (no desearás…). “Fornicar” = soltero con soltera, más bien prostituta. Igual durante muchos siglos.
San Pablo: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios”[3].
Sin embargo, no todos esos actos son pecados mortales. Para ello se requiere, al menos, una actitud constante y deliberada de aversión al prójimo o de grave desprecio a la Ley de Dios.
Pecados veniales y mortales: “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal… sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc…. En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales” (Santo Tomás de Aquino[4])
Condiciones para un pecado mortal: que tenga por objeto una materia grave, cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento.[5]
Materia grave: Según Jesucristo, al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falsos testimonios, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”.[6]
Plena conciencia: del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios, pese a lo cual se desprecia esa Ley para satisfacer el propio capricho o el propio orgullo. La fórmula del “yo paso” de estas cosas, el endurecimiento del corazón y similares no excusan, sino que agravan el desprecio de la Ley de Dios.
Entero consentimiento: que sea el resultado de una opción deliberada; no de un momento de debilidad, ni de un acto imperfecto que sale de una reacción rápida (la maldición contra el conductor que ha estado a punto de accidentarnos y cosas similares). “Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal” (Catec. Igl. Cat., nº 1860)
“El que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno”. Lo dice el Señor: “En verdad os digo, que todo les será perdonado a los hombres, los pecados y aún las blasfemias que profieran; pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, es reo de eterno pecado”[7]. “Todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo, ni en el venidero”[8]. “A quien dijere una palabra contra el Hijo del hombre le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado. Cuando os lleven a las sinagogas ante los magistrados y las autoridades no os preocupéis de cómo o qué habréis de responder o decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que habréis de decir”[9].
Y es que el que se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.
“Dios no predestina a nadie a ir al Infierno; para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal) y persistir en él hasta el final”.(Cat. Igl. Cat. nº 1037)..
ADVERTENCIA FINAL: Sólo Dios conoce el interior del corazón de los hombres y los motivos de su actividad. No juzguemos pues, si no queremos ser juzgados, como dice el Señor. Examinémonos a nosotros mismos y procuremos caminar por la senda del Señor, siempre fijos en el mantenimiento de la fe y el deseo de cumplir su gran mandamiento.
Catequesis para adultos: LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS.
En la tradición litúrgica, tanto en Oriente como en Occidente, desde los comienzos del Cristianismo, se practicaba la unción con aceite bendito. En el transcurso de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, casi exclusivamente, a los que estaban a punto de morir. A causa de ello, había recibido el nombre de Extremaunción. Pero la Constitución Apostólica Sacram Unctionem infirmorum (sagrada unción de los enfermos), del 30 de noviembre de 1972, de conformidad con el Concilio Vaticano II, estableció que, en adelante, en el rito romano se observara lo siguiente:
“El sacramento de la unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con las gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (Catec. Igl. Cat., nº 1513).
Antes de esta Constitución Apostólica, prescribía el Ritual Romano que las unciones con el signo de la cruz se hicieran en los ojos, las orejas, las narices, la boca, las manos, los pies y los riñones; es decir, en todos aquellos órganos mediante los cuales se hubiera podido pecar. Pronto se suprimió lo de los riñones, porque no parecía decente enseñar el cuerpo algo desnudo. Pero en el decreto del Santo Oficio de 25 de abril de 1906, ya se declaró que en caso de necesidad bastaba una unción en la frente o en cualquier otro órgano.
Instituido por Cristo. En el Evangelio de San Marcos, leemos que El Señor envió a los doce apóstoles a predicar, de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus impuros , “partidos, predicaron que se arrepintiesen y echaban muchos demonios y ungiendo con óleo a muchos enfermos, los curaban”[10]
En la última aparición, tras resucitado, envió a los apóstoles a predicar por todo el mundo y les dijo que “pondrán las manos sobre los enfermos y éstos recobrarán la salud”[11]
Santiago Apóstol escribe: “¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y los pecados que hubiere cometido, le serán perdonados” [12]
Efectos del sacramento:
a) Confiere gracia santificante especial: El Catec. de la Igl. Cat. dice: “La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte. Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Si hubiera cometido pecados, le serán perdonados”[13]
b) Perdona todos los pecados, tanto mortales como veniales.
c) Las penas temporales debidas por los pecados (las que se ponen como penitencia) las disminuye o perdona.
EN SUMA: perdona todo.
d) En ocasiones, restituye la salud corporal, si es conveniente para la salvación del alma.
Ministros del sacramento: Obispo, párroco y sus coadjutores delegados por aquel, así como otros sacerdotes que tengan delegación parroquial o episcopal. Pero, en caso de extrema necesidad, cualquier sacerdote.
¿A quiénes se da?
a) A la persona bautizada: es sacramento cristiano, presupone el bautismo.
b) Adulta: no se da a los niños, porque se supone están libres de pecado.
c) Gravemente enfermo. Puede repetirse, si el enfermo a quien se dio recupera la salud y recae o cae en otra enfermedad grave; como dice el Catecismo de la Iglesia Católica[14]; el cual además dice que “es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan”. En siglos anteriores, se aconsejaba darlo a las que iban a parir. Se negaba a los locos, a los soldados en guerra, pero sí en el caso de que estuvieran heridos.
Normalmente, si las circunstancias del enfermo lo permiten, es conveniente que haga confesión de sus pecados; luego reciba el sacramento y finalmente el viático (Eucaristía). Pero, en todo caso, este sacramento perdona todos los pecados; como hemos visto en la carta del Apóstol Santiago.
Catequesis para adultos: EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO.
Definición: Contrato, por el cual varón y mujer, jurídicamente hábiles, legítimamente se entregan mutuamente el derecho a los actos por sí aptos para la generación y educación de la prole, y se obligan a una vida en común.
Contrato: pacto libre por el cual el varón y la mujer se entregan mutuamente.
Jurídicamente hábiles: sin impedimento alguno por parte del derecho natural o por la ley positiva a la que estén sometidos[15]
Legítimamente: según las leyes naturales y positivas que rigen los matrimonios.
Mutuamente se entregan a si mismos: es lo fundamental de este contrato. Según los teólogos, supone la mutua potestad del cuerpo del otro y la conjunción carnal, o sea la cópula de los cónyuges[16]
Para los actos aptos, por sí mismos, para la generación y educación de la prole.
Y se obligan mutuamente a vivir en común.
Causa eficiente (= la que produce) del matrimonio, según Concilio Florentino, “regularmente es el mutuo consenso expresado por palabras de presente”[17] (si no puede hablar, se expresará por signos; también se ha admitido en la Iglesia el matrimonio por poderes).
Fines del matrimonio (= bienes del matrimonio): procreación, fidelidad, sacramento.
Procreación: es el fin principal, que incluye no sólo la generación (que también la hacen los animales), sino la educación de los hijos. Enseña Santo Tomás de Aquino, gran doctor de la Iglesia (siglo XIII), que “el matrimonio ha sido instituido principalmente para el bien de la prole, no tanto para engendrar, puesto que se puede hacer fuera del matrimonio, como para promoverla al estado perfecto” en orden a Dios, que es su fin último.[18]
Fidelidad mutua: necesaria para cumplir el fin primario de educar a la prole; para conservar las promesas y la ayuda mutua de los cónyuges o su ofrecimiento mutuo en la prosperidad y en la adversidad[19]. De ahí la gravedad con que consideraron los primeros cristianos el pecado de adulterio.
Remedio de la concupiscencia: que no es otro que una mayor explicación de la fidelidad. “Para evitar la fornicación, cada uno tenga su esposa y cada una su marido” dice el Apóstol San Pablo[20]. E inmediatamente exhorta a los cónyuges que por causa de la oración se hayan abstenido del débito conyugal, para que vuelvan pronto a él, “no os tiente el maligno por vuestra incontinencia”[21]. Lo que Santo Tomás comenta: “Mientras que la concupiscencia se satisface en el acto conyugal, no incita a otras corruptelas”[22].
Sacramento: Indivisibilidad del matrimonio, en cuanto que significa la indivisible conjunción de Cristo con la Iglesia.[23]
Cada uno de estos bienes hacen honesto el acto del matrimonio. O sea, que aquellos que por la edad o esterilidad no pueden engendrar prole, en razón de los bienes secundarios o para conseguir esos fines secundarios (fidelidad, ayuda mutua, remedio de la concupiscencia) pueden contraer matrimonio y por lo tanto usarlo.[24]
San Agustín (354-430), escribe: "Luego el bien del matrimonio, que incluso el Señor confirmó en el Evangelio... no me parece a. mi que sea por la sola procreación de los hijos, sino también por la misma conjunción natural en diverso sexo ... Tienen esto de bueno los matrimonios, y es que la incontinencia carnal y juvenil, incluso cuando es viciosa, se reconvierte a la honestidad de la propagación de la prole, a fin de que partiendo del mal de la libido la cópula conyugal realice algo bueno[25]." De bono coniugali, c.3,n.3
"Sean amados en las nupcias los (bienes) nupciales: prole, fidelidad y sacramento. Pero la prole, no sólo para que nazca, sino para que renazca... a la vida (eterna)"[26].
Y en Orígenes (185-254) algo más profundo: "Ciertamente, aquel que se abstiene de la esposa, hace frecuentemente que ella cometa adulterio, puesto que no satisface su libido, incluso si lo hiciera movido por la idea de una mayor santidad o castidad; y éste acaso sea digno de mayor reprensión, ya que, siendo potente, hace que (la mujer) adultere, no satisfaciendo su libido, que aquel otro que sin causa de estupro, sino por hechicería, asesinato u otro crimen mas grave, la repudió"[27].
En los SS.PP., el matrimonio no sólo era para engendrar y educar hijos (a eso se llama "procreare", de otro modo dirían "generare", que lo hacen también los animales v no son matrimonio) sino también para el remedio de la concupiscencia de ambos cónyuges, para satisfacerse mutuamente su libido.
En Santo Tomás de Aquino (s.XIII), Doctor de la Iglesia, y la mayor autoridad teológica, en quien culmina toda la doctrina y tradición de siglos anteriores, hallamos un texto muy expresivo: "Sólo por dos modos los cónyuges copulan sin ningún pecado: a saber: por causa de procrear la prole, y de devolución del débito conyugal"[28] (Suplemento a la Suma Teológica, cuestión XLIX, art° 5°). Veámoslo más extensamente:“
”A la manera como los bienes del matrimonio (procreación de la prole, fidelidad y sacramento) en cuanto que habituales, hacen el matrimonio honesto y santo; así también, en cuanto están en la intención actual, hacen el acto del matrimonio honesto, en cuanto a aquellos dos bienes del matrimonio que se refieren a este acto. Por consiguiente, cuando los cónyuges copulan por causa de procrear la prole, o para devolverse mutuamente el débito (se llama "débito" porque al casarse se hacen mutuamente donación de sus cuerpos); lo que a la fidelidad pertenece, están totalmente excusados de pecado. Pero el tercer bien (sacramento) no pertenece al uso del matrimonio, sino a su esencia, como ya se ha dicho. Por consiguiente, hace el mismo matrimonio honesto: no precisamente su acto, en tal forma que por esto su acto sea sin pecado, sino porque copulan por causa de alguna significación. Y por tanto, por dos solos modos los cónyuges sin pecado copulan: a saber, por causa de la procreación de la prole, y de devolver el débito". Procreación en él es, como en los Santos Padres, no sólo generar sino sobre todo educar, ayudarse mutuamente a formar los hijos y esto requiere tiempo y el amor mutuo entre los esposos es imprescindible para llevar a buen término esta labor.
El matrimonio es de derecho natural. Los teólogos afirman que la naturaleza humana exige no sólo la generación de la prole y su alimentación para conservar y propagar el género humano, sino también la educación de la prole en orden a perfeccionar la sociedad; pero esto no se puede conseguir salvo que exista una sociedad estable y permanente, como es el matrimonio; luego éste es de derecho natural[29].
En algunos períodos de la Historia, en determinados pueblos, se han dado la poligamia y la poliandria. Aún hoy entre los musulmanes se acepta la poligamia (varias mujeres para un hombre). Su origen estuvo, en sus comienzos, en la necesidad de conservar la tribu, el pueblo y evitar adulterios; después se pervirtieron las costumbres y acabó en vicio antisocial y repugnante.
En efecto, entre las tribus nómadas de pastores se originaban muchas peleas, por causa del territorio y en ellas morían los hombres jóvenes. La necesidad de varones para perpetuar la existencia de la tribu y la de saciar la libido de las mujeres llevó a adoptar esta solución. Cuando ya no era necesario ese remedio, el machismo imperante de los poderosos mantuvo el régimen.
En muchas islas de Oceanía se da el caso inverso: la poliandria. Hay pocas, poquísimas mujeres y para evitar las luchas de los varones entre si se llegó a este sistema. El hermano de la madre es quien ejerce sobre la prole todas las funciones del padre, que no es conocido.
La fornicación o concúbito (acto sexual) de soltero con soltera va contra el derecho natural y es pecado.
Los teólogos explican así: “Los fornicarios eliminan el bien de la prole, que, como dijimos, consiste en la generación, nutrición y educación; desechan los fines secundarios de la conjunción del varón y la mujer, que en el matrimonio para la ayuda mutua y remedio de la concupiscencia fueron puestos; y que guiados por insania (furiosa, loca) libido destruyen el bien del género humano, el cual se obtiene perfectamente mediante la constitución de la familia”[30]. Problema de justicia social. No existía la obsesión del sexo.
El uso del matrimonio es honesto y lícito.
En los primeros tiempos de la Iglesia, los gnósticos, marcionitas, encratitas, maniqueos y otros herejes negaron que los actos sexuales en el matrimonio fueran honestos y lícitos. En la Edad Media defendieron lo mismo los cátaros, albigenses, waldenses y otros. Contra todos se opuso siempre la Iglesia defendiendo la santidad del matrimonio y su uso.
Se basaba en el mandato divino del Génesis: “Creced y multiplicaos”[31]. En las palabras de Cristo: “Dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”[32].
San Pablo, respondiendo a una pregunta, enseña: “Por evitar la fornicación, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido. El marido pague el débito (acto sexual) a la mujer e igualmente la mujer al marido. La mujer no es dueña de su propio cuerpo: es el marido; e igualmente el marido no es dueño de su propio cuerpo: es la mujer. No os defraudéis uno al otro, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración, y de nuevo volved al mismo orden de vida, a fin de que no os tiente Satanás de incontinencia”[33]
Más adelante, “a los no casados y a las viudas les digo que es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse”[34]
Todos los concilios y grandes teólogos de la Iglesia afirman lo mismo.
El matrimonio es un verdadero y propio sacramento de la Nueva Alianza (es de fe).
San Pablo, hablando del matrimonio: “Este sacramento es grande, yo sin embargo lo digo en Cristo y en la Iglesia”[35].
Gran misterio que significa la unión de Cristo y su Iglesia; por lo cual produce la gracia santificante.
El sacramento del matrimonio consiste esencialmente en el contrato matrimonial de los cristianos (= el si mutuo, ante el sacerdote). O sea, como hemos visto que dice el Concilio de Florencia: “el mutuo consentimiento por palabras de presente”.
Pío IX, enseñó que: “entre los fieles no se puede dar matrimonio, que no sea al propio tiempo sacramento”[36].
León XIII: “toda conjunción (matrimonio) justa entre cristianos es en sí misma y por sí misma sacramento”.[37]
Los ministros del sacramento del matrimonio son los mismos contrayentes.
Por eso, el antiguo Código de Derecho Canónico decía expresamente: “Si no se puede tener o no se puede acudir sin incomodidad grave a ningún párroco u Ordinario o sacerdote delegado que asistan al matrimonio… 1º. En peligro de muerte, es válido y lícito el matrimonio celebrado ante testigos solamente; y también lo es fuera del peligro de muerte, si prudentemente se prevé que aquel estado de cosas habrá de durar por un mes; 2º En ambos casos, si hay otro sacerdote que pueda asistir, debe llamársele, y él debe, juntamente con los testigos, asistir al matrimonio, sin perjuicio de la validez de éste, si se celebra solamente ante los testigos”.[38]
Sto. Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, escribe: “Las palabras con las que se expresa el consentimiento matrimonial, son la forma de este sacramento; no la bendición del sacerdote, que es un cierto sacramental”[39].
El párroco o el sacerdote delegado es testigo cualificado, que solemniza las nupcias. En los primeros tiempos de la Iglesia los fieles buscaban la bendición del Obispo (había pocos fieles) o sea de la Iglesia, para el buen éxito de su matrimonio. Después, con el fin de asegurar que ambos contrayentes actuaban con entera libertad y tener constancia del matrimonio, se impuso la obligatoriedad, para su licitud ante la Iglesia, de la presencia del Obispo o sacerdote por él delegado que levantaba acta.
La costumbre entonces, como hoy entre musulmanes y otros, era que las bodas se contratasen entre los padres de ambos futuros contrayentes, sin intervención de éstos. Incluso leemos en San Pablo: “Si alguno estima indecoroso para su hija doncella dejar pasar la flor de la edad y que debe casarla, haga lo que quiera; no peca; que la case. Pero el que firme en su corazón, no necesitado, sino libre y de voluntad, determina guardar virgen a su hija, hace mejor. Quien, pues, casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa, hace mejor”[40].
Fue el Concilio de Trento, primero y el Código de Derecho Canónico, después, quienes decretaron que únicamente serán válidos aquellos matrimonios que se hayan contraído ante el párroco o el Ordinario de lugar (= Obispo) o por sacerdote delegado por alguno de los dos, más dos testigos. El salto, aquí, es cualitativo: de ser válido, pero ilícito el matrimonio sin sacerdote a exigirlo para la validez.
¿Quién pueden contraer el sacramento del matrimonio?
Toda y solamente la persona bautizada, que no esté ligada por impedimento dirimente de derecho natural o de derecho positivo, puede válidamente recibir el sacramento del matrimonio.
Claro, es un sacramento de la Iglesia; luego ha de pertenecer a ella. Impedimentos dirimentes son aquellos que imposibilitan el matrimonio, bien por derecho natural o bien por el positivo.
El sacramento del matrimonio causa un aumento de la gracia santificante con una fuerza especial para cumplir debidamente los oficios del matrimonio[41]
Los teólogos señalan como tales oficios:
a) Que los cónyuges honestamente procreen y eduquen cristianamente a sus hijos.
b) Que se amen mutuamente, como Cristo a su Iglesia, y se presten mutuamente auxilio.
c) Que se guarden fidelidad (nada de adulterio).
d) Que remedien los ardores de la concupiscencia.
El matrimonio es indisoluble.
Afirman los teólogos que es intrínsecamente indisoluble por derecho natural. Sin embargo su única justificación está en las palabras de Cristo: “Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, el hombre no lo separe”[42] y en los dictámenes de concilios y teólogos; por lo que no sirve como argumento para quienes no sigan la doctrina cristiana.
Como sacramento es indisoluble. Las palabras del Señor, las de los Santos Padres (escritores de los primeros años del Cristianismo), la tradición de la Iglesia, concilios y teólogos es unánime.
Se objeta lo que leemos en el Evangelio de San Mateo: “Pero yo os digo que quien repudia a su mujer –excepto en el caso de fornicación- la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio”[43]; “Y yo os digo que quien repudia a su mujer (salvo caso de adulterio) y se c asa con otra, adultera”[44].
Se han inventado cien maneras de explicar esa excepción, a fin de que no se contradiga con el resto, ni con los otros evangelios y la tradición. Parece que la causa está en una mala traducción de la palabra griega “porkeia”, que nadie sabe lo que significa. No tenemos el original arameo, sino su traducción griega. Podría ser una palabra del argot griego, paralela al correspondiente arameo, cuyo sentido se ha perdido. ¿Querría decir “concubinato?” ¿o lo que ahora se llama “unión sentimental?.
El llamado privilegio paulino (del Apóstol San Pablo) dice que si el otro cónyuge es infiel, pero consiente en cohabitar con el cristiano, que no lo despida, “Pero si la parte infiel se retira, que se retire. En tales casos no está esclavizado el hermano o la hermana, que Dios nos ha llamado a la paz”[45]. Esta es la única excepción que admite la Iglesia.
Infieles casados, uno de los cuales se bautiza:
San Pío V, en la Constitución Romani Pontifices determinó en el caso de los indios de América del Sur que si el varón tiene varias mujeres, y la primera, que es la legítima, no se quiere bautizar, pero sí otra, puede permanecer con ésta como legítima esposa; rechazando a las otras.
Gregorio XIII, Constitución Populis, los infieles casados traídos de África a Brasil, impedidos de consultar con sus mujeres, pueden si se convierten a la fe casarse válida y legítimamente con otra. O sea, que el Papa da por disuelto el matrimonio en la infidelidad.
Nulidad matrimonial. La Iglesia admite, por graves razones de imposible convivencia, que una pareja se separe, pero no que puedan volver a casarse con otro; o sea, no admite el divorcio. Puede y de hecho lo hace, declarar nulo un matrimonio, cuando comprueba que no hubo matrimonio en la realidad; a causa de algún impedimento dirimente; pero nunca anular un matrimonio consumado.
Ejemplos: no hubo matrimonio si se dio entre padres e hijos, hermanos y hermanas, por ignorancia (ya que sabiéndolo, no se habría realizado); entre varón menor de 16 años o mujer menor de 14; si uno de ellos es tan deficiente mental que no llega a esas edades psicológicas; si cualquiera de ellos actuó por miedo o co
acción; si uno de ellos adoptó una personalidad falsa; si se casó siendo impotente (la esterilidad no es impedimento), etc. Como quiera que la Iglesia exige para la validez del matrimonio el que se haya realizado ante el Obispo, párroco o sacerdote delegado por éstos, cuando no se da esa delegación es nulo.
En el caso de matrimonio rato, pero no consumado, el Papa puede disolver ese matrimonio si uno de ellos o ambos lo solicitan para poder entrar en religión con votos solemnes o por grave y justa causa. Mas si el matrimonio rato fue consumado, no es disoluble..
[1] Civ. 1, 14, 28)
[2] San Mateo, 15, 11-20.
[3] Gálatas, 5, 19-21)
[4] Suma 1-2, 88, 2.
[5] Reconciliatio et penitentia, 665.
[6] Marcos 10, 19.
[7] Marcos 3, 29.
[8] Mateo 12, 31-32.
[9] Lucas, 12, 10-12.
[10] Marcos 6, 12-13.
[11] Marcos 16, 17-18
[12] Santiago, 5, 14-15.
[13] Nº 1520.
[14] Nº 1515.
[15] Por ley positiva se entiende la ley humana, civil o eclesiástica, a la que estén sometidos.
[16] ZUBIZARRETA: Theologia Dogmatico-Scholastica, vool. IV, Edic. “El Carmen”, Vitoria, 1949, q. XXXVIII.
[17] Denz. 702.
[18] Suppl., q.59, a.2.
[19] ZUBIZARRETA, l.c., nº 676.
[20] I Cor., 7,2
[21] I Co., 7,5.
[22] Suppl., q.42, a.3, ad 4.
[23] Concilio Florentino, Dz. 702.
[24] ZUBIZARRETA, l.c., nº 677.
[25] De bono conjugali, c.3, n.3
[26] De nuptiis et humana concupiscentia, L.1, c.17, n.19.
[27] In Matthaeum commentarii, c.14, n.24.
[28] Suplemento a la Suma Teológica, cuest. XLIX, artº 5º.
[29] ZUBIZARRETA, l.c., nº 679.
[30] Is., ibid., nº 680.
[31] Gen., 1,28.
[32] Mat., 19, 5-6.
[33] I Cor., 7, 2-5..
[34] Id., ibid., 8-9.
[35] Efes., 5, 31-32.
[36] Dz. 404.
[37] Encícl. “Arcanum Divinae Sapientiae”, Dz. 1854..
[38] Cánon 1098.
[39] Supl., q. 42, a.1, ad 1.
[40] I Cor., 7, 36-38.
[41] ZUBIZARRETA, l.c., nº 703.
[42] Mat. 19, 6.
[43] 5, 33; según traducción de Nácar-Colunga, ya citado.
[44] 19, 9; según la trad. cit.
[45] I Cor., 7, 15.
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