viernes, 27 de diciembre de 2013

¿HAY ACTOS BUENOS O MALOS POR SI MISMOS?

¿HAY ACTOS BUENOS O MALOS POR SÍ MISMOS?


Más en concreto, ¿todos los actos humanos son buenos o malos, justos o injustos según las costumbres de cada pueblo o de cada época? ¿no hay, por tanto, un criterio cierto, válido para toda la Humanidad, que señale unos pocos, poquísimos principios inalterables y válidos para todos, precisamente porque estén ínsitos en nuestra naturaleza racional, como algo instintivo, que determine qué es bueno o malo, justo o injusto, por encima de las sentencias judiciales o las leyes de los gobernantes?
La duda y confusión es tal que se ha hecho común en algunos políticos e incluso en  periodistas pretender salir del paso con frases como: “dejando la moral a un lado, éticamente no es aceptable”, “ni ética, ni moralmente”; como si “ético” y “moral” fueran conceptos con significados distintos.  
Ética proviene del griego ethikos, que a su vez deriva de ethos, costumbre. O sea, que sería la ciencia de los usos y costumbres griegos. Una persona actuaba éticamente cuando lo hacía conforme a las costumbres o normas sociales griegas.
Moral viene de la palabra romana mos, moris, que significa costumbre, uso social. Por consiguiente, una persona obraba moralmente bien cuando lo hacía de acuerdo con los usos y costumbres romanos.
Ambas palabras significan, por tanto, lo mismo. Lo que ocurre es que con los siglos, a causa de la romanización, se ha usado la palabra moral, y no la de ética, para definir la ciencia de las costumbres.
En el siglo pasado, algún filósofo identificado con el nazismo quiso distinguirlas, dejando “moral” para lo religioso y “ético” para las elucubraciones racionales; sin tener en cuenta que ambos vocablos dicen lo mismo; por lo que no tuvo suerte. Otros,  lo hicieron para que no se les identificara con la doctrina del filósofo Manuel Kant (1724-1804), basada en el ·imperativo categórico (una voz interior que te dice: “tu debes” hacer esto y donde sólo es moral cuando se cumple el deber por el deber, sin otros motivos); ya que juzgaban, con razón, que se sostenía por la base social cristiana del pietismo en que militaba  su Alemania de la época.
Me imagino que esos políticos cuando distinguen ambos conceptos sueñan con una Ética basada en principios racionales y otra en preceptos religiosos. De ahí que se hable de   “moral católica”, “moral evangélica”, “moral puritana”, “moral anglicana”, etc., para designar las teorías morales fundadas en creencias religiosas o “moral natural” y aún “moral kantiana”.
Pero ¿existe una Ética autónoma, es decir apoyada en sí misma? O sea: ¿existen unas pocas normas de conducta, universalmente válidas, independientes de las directrices sociales o políticas de cada país? Las costumbres varían y con ello las normas éticas de cada sociedad, según los tiempos.  Hubo siglos en que se aceptó la esclavitud, la pena de muerte, la inferioridad nata de la mujer, la poligamia, el absolutismo de los reyes y, más recientemente, la del dirigismo estatal y otras muchas perversas doctrinas contra las que ahora abominamos. ¿Dónde estaba la verdad? ¿La tenían ellos? ¿nosotros?
¿No hay un límite, un  punto de apoyo fijo, no relativo, que pueda fundar la validez (bondad o maldad, rectitud o no, verdad o falsedad, grandeza o miseria de los actos humanos)? Según enseñaba el eminente catedrático de Ética, José Luis López Aranguren, no cabía otro que la religión con su tabla de valores presuntamente revelados. No cabía una moral autónoma, esto es, fundada en sí misma. 
Desde otro punto de vista, así se deduce de la tesis  del padre del existencialismo francés Jean-Paul Sartre en su L’existencialisme cést un humanisme, que tan famoso fue: puesto que Dios ha muerto no hay en el cielo, ni en ninguna parte una tabla de valores (bien, mal; verdad, falsedad; honradez, deslealtad). Es el hombre, cada hombre, el que ha de inventarlos para si mismo.
   ¿Por qué entonces ya desde la Antígona de Sófocles (siglo V antes de Cristo) se plantea que “por encima de las leyes de los hombres está la de los dioses”, o de la naturaleza, como afirman otros? ¿Por qué ante ciertas decisiones judiciales o normas y leyes de nuestro tiempo decimos “no es justo”, “no hay derecho”?, ¿qué luz interior nos hace distinguir, ya desde la más tierna infancia, el bien del mal, lo justo de lo injusto, al menos en sus líneas más simples? ¿la conciencia o voz interior de que hablaba el griego Sócrates, cinco siglos antes de Cristo?
En común con los animales tenemos todos los instintos de conservación de la vida y de la especie y al menos con los cuadrumanos el de vivir en sociedad. ¿Por qué no las normas básicas de conducta para hacerlo posible? Al ser instintivas serían universales, válidas para todos.
Resumiendo: ¿todos los principios intelectuales y  morales son relativos a cada tiempo y lugar de la Tierra? ¿no hay unos pocos, mínimos que por ser instintivos formen nuestra primera conciencia; o sea, la que aún no ha sido desvirtuada por el influjo del lugar en que vivimos y que en situaciones límites nos salen a la superficie?
Meditémoslo.
           
                                                                         Tomás Montull Calvo. Doctor en Filosofía.
                                                                      
Más en concreto, ¿todos los actos humanos son buenos o malos, justos o injustos según las costumbres de cada pueblo o de cada época? ¿no hay, por tanto, un criterio cierto, válido para toda la Humanidad, que señale unos pocos, poquísimos principios inalterables y válidos para todos, precisamente porque estén ínsitos en nuestra naturaleza racional, como algo instintivo, que determine qué es bueno o malo, justo o injusto, por encima de las sentencias judiciales o las leyes de los gobernantes?
La duda y confusión es tal que se ha hecho común en algunos políticos e incluso en  periodistas pretender salir del paso con frases como: “dejando la moral a un lado, éticamente no es aceptable”, “ni ética, ni moralmente”; como si “ético” y “moral” fueran conceptos con significados distintos.  
Ética proviene del griego ethikos, que a su vez deriva de ethos, costumbre. O sea, que sería la ciencia de los usos y costumbres griegos. Una persona actuaba éticamente cuando lo hacía conforme a las costumbres o normas sociales griegas.
Moral viene de la palabra romana mos, moris, que significa costumbre, uso social. Por consiguiente, una persona obraba moralmente bien cuando lo hacía de acuerdo con los usos y costumbres romanos.
Ambas palabras significan, por tanto, lo mismo. Lo que ocurre es que con los siglos, a causa de la romanización, se ha usado la palabra moral, y no la de ética, para definir la ciencia de las costumbres.
En el siglo pasado, algún filósofo identificado con el nazismo quiso distinguirlas, dejando “moral” para lo religioso y “ético” para las elucubraciones racionales; sin tener en cuenta que ambos vocablos dicen lo mismo; por lo que no tuvo suerte. Otros,  lo hicieron para que no se les identificara con la doctrina del filósofo Manuel Kant (1724-1804), basada en el ·imperativo categórico (una voz interior que te dice: “tu debes” hacer esto y donde sólo es moral cuando se cumple el deber por el deber, sin otros motivos); ya que juzgaban, con razón, que se sostenía por la base social cristiana del pietismo en que militaba  su Alemania de la época.
Me imagino que esos políticos cuando distinguen ambos conceptos sueñan con una Ética basada en principios racionales y otra en preceptos religiosos. De ahí que se hable de   “moral católica”, “moral evangélica”, “moral puritana”, “moral anglicana”, etc., para designar las teorías morales fundadas en creencias religiosas o “moral natural” y aún “moral kantiana”.
Pero ¿existe una Ética autónoma, es decir apoyada en sí misma? O sea: ¿existen unas pocas normas de conducta, universalmente válidas, independientes de las directrices sociales o políticas de cada país? Las costumbres varían y con ello las normas éticas de cada sociedad, según los tiempos.  Hubo siglos en que se aceptó la esclavitud, la pena de muerte, la inferioridad nata de la mujer, la poligamia, el absolutismo de los reyes y, más recientemente, la del dirigismo estatal y otras muchas perversas doctrinas contra las que ahora abominamos. ¿Dónde estaba la verdad? ¿La tenían ellos? ¿nosotros?
¿No hay un límite, un  punto de apoyo fijo, no relativo, que pueda fundar la validez (bondad o maldad, rectitud o no, verdad o falsedad, grandeza o miseria de los actos humanos)? Según enseñaba el eminente catedrático de Ética, José Luis López Aranguren, no cabía otro que la religión con su tabla de valores presuntamente revelados. No cabía una moral autónoma, esto es, fundada en sí misma. 
Desde otro punto de vista, así se deduce de la tesis  del padre del existencialismo francés Jean-Paul Sartre en su L’existencialisme cést un humanisme, que tan famoso fue: puesto que Dios ha muerto no hay en el cielo, ni en ninguna parte una tabla de valores (bien, mal; verdad, falsedad; honradez, deslealtad). Es el hombre, cada hombre, el que ha de inventarlos para si mismo.
   ¿Por qué entonces ya desde la Antígona de Sófocles (siglo V antes de Cristo) se plantea que “por encima de las leyes de los hombres está la de los dioses”, o de la naturaleza, como afirman otros? ¿Por qué ante ciertas decisiones judiciales o normas y leyes de nuestro tiempo decimos “no es justo”, “no hay derecho”?, ¿qué luz interior nos hace distinguir, ya desde la más tierna infancia, el bien del mal, lo justo de lo injusto, al menos en sus líneas más simples? ¿la conciencia o voz interior de que hablaba el griego Sócrates, cinco siglos antes de Cristo?
En común con los animales tenemos todos los instintos de conservación de la vida y de la especie y al menos con los cuadrumanos el de vivir en sociedad. ¿Por qué no las normas básicas de conducta para hacerlo posible? Al ser instintivas serían universales, válidas para todos.
Resumiendo: ¿todos los principios intelectuales y  morales son relativos a cada tiempo y lugar de la Tierra? ¿no hay unos pocos, mínimos que por ser instintivos formen nuestra primera conciencia; o sea, la que aún no ha sido desvirtuada por el influjo del lugar en que vivimos y que en situaciones límites nos salen a la superficie?
Meditémoslo.
           
                                                                         Tomás Montull Calvo. Doctor en Filosofía.

                                                                      

SOBRE SAN AGUSTÍN: Respuesta a “¿se opuso a la concepción inmaculada?

           

San Agustín habla de la Sma. Virgen María, entre otros, en los siguientes libros: De Trinitate (Sobre la Trinidad), Epístola 137 y otras varias que no enumero; De nuptiis et concupiscentia (Sobre las bodas y la concupiscencia); De Sancta Virginitate (Sobre la Santa Virginidad); Enchiridion (Manual); De Agone Christiano (Sobre el martirio cristiano); Contra Faustum  (Contra Fausto); Contra Julianum (Contra Julio); De Natura et gratia (Sobre la naturaleza y la gracia); De Nativitate (Sobre la Natividad).

DOCTRINA: (Algunos puntos interesantes)
En De Trinitate, XIII, c. 18: “Podía Dios tomar carne de otra parte y no de la estirpe de aquel Adán, que con su pecado encadenó al género humano; pero Dios juzgó más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que habría de triunfar sobre el enemigo.”
Algo bonito para las féminas: “La liberación del hombre debió manifestarse en los dos sexos. Por consiguiente, conviniendo que tomase al varón, que es el sexo más digno (en esto discrepo), convenía que se manifestara por esto la liberación del sexo femenino, por lo que aquel varón nació de una mujer” (Quaest., libro 83, q. 11).
Enchiridion, c.401. “Este modo como nació Cristo del Espíritu Santo nos da a conocer la gracia de Dios, por la cual, el hombre (entiéndase la Humanidad), sin mérito alguno precedente, en el principio mismo de su existencia fue unido al Verbo en una tan estrecha unidad de persona, que el mismo que era hijo del hombre fuese a la vez Hijo de Dios, y el mismo que era Hijo de Dios fuese también hijo del hombre”.

¿Que San Agustín estaba contra la Virgen? Veamos:
Comentando el Evangelio de San Lucas, cap. XI, 28, donde dice: “Más bien, dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan”, San Juan Crisóstomo y San Agustín dan una interpretación que en cierta manera se oponen a la maternidad divina; bajo la razón de bien moral y meritorio debe preferirse la filiación adoptiva de Dios, pues concebir voluntariamente no es todavía meritorio  en si mismo a no ser que se haga por la voluntad de Dios en virtud de la gracia; y de poco le hubiera servido a la Virgen Santísima concebir a Cristo, si no hubiese cumplido y guardado, por la gracia, la voluntad de Dios. No se sigue de ahí, sin embargo, que la maternidad divina haya de ser en absoluto pospuesta también en el orden metafísico del ser y de una más alta perfección y dignidad. La gracia y la gloria son más dichosas que la maternidad divina; que no hace bienaventurado inmediata ni formalmente, sino mediante la gracia y la gloria; pero la maternidad es más digna, más alta y más noble, como de orden superior. (Distíngase el orden moral, del metafísico; en el 1º es superior la filiación divina adoptiva que la maternidad en si; en el segundo,  más real, esa maternidad es lo más digno, alto y noble posible). NOTA: Aún encontraremos alguna otra cosilla donde rechinar los dientes.
En De Virginitate (c.3, nº 31), dice San Agustín, con otros Padres, que la venida del Redentor y de la salvación dependía del consentimiento de María como de una condición, y que la Sma. Virgen concibió a Cristo en la mente antes de llevarlo en sus entrañas.
Sobre la predestinación a la gloria, tanto San Agustín como Santo Tomás opinan que la Santísima Virgen, en el orden de la intención divina, fue elegida y predestinada gratuitamente para ser Madre de Dios; porque Dios intentó, antes que todo lo demás, a Cristo; que había de nacer de una hija de Adán, a la que haría completamente santísima.
   San Agustín, en De Natura et Gratia, c. 36, escribe: “Exceptuada la Sma. Virgen María, de la cual, por el honor debido al Señor, no quiero suscitar cuestión alguna cuando se trata de pecados; porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno”. Sin embargo, en Contra Julio (V, 15, 57), escribe que nadie puede evitar los pecados veniales, a causa del pecado original: “No hay hombre alguno, fuera de Cristo, que no haya cometido pecado en la edad adulta, porque nadie hay, a excepción de El, que no haya tenido pecado desde el principio de su edad infantil” (¿se refiere al pecado original?) Porque cuando Julio o Juliano, el hereje, le acusa de que “Tu entregas a María misma al Diablo por la condición de su nacimiento”, él responde “Nosotros no entregamos a María al Diablo por la condición de su nacimiento, porque esta condición de nacimiento se destruye por la gracia del renacimiento”. NOTA PERSONAL: Sin el neoplatonismo, que profesaban ambos, esta discusión no habría existido. ¿Se deduce que S. Agustín no creía  que María hubiese sido concebida sin pecado original? Lo veremos más adelante.
San Ambrosio, San Agustín (en varios lugares), San León Magno, San Gregorio Magno, San Beda y San Juan Damasceno opinan que solamente Cristo es inmune del pecado por causa de la concepción virginal. La carne de María, a diferencia de la carne de Cristo, es carne de pecado; afirman San Agustín y San Fulgencio. María es llamada lavada, santificada, purificada  del pecado, por San Juan Damasceno, San Gregorio Nacianceno y Eadmero.
¿En qué se basan? En que creían que la doctrina de la concepción inmaculada se oponía a la doctrina de la Sagrada Escritura sobre la universalidad del pecado original. He aquí los textos: “la muerte, que pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado” (San Pablo a los Romanos, V, 12). “Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados” (I Cor., XV, 21-22). “La caridad de Cristo nos constriñe, persuadidos como lo estamos de que si uno murió por todos, luego todos somos muertos; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó” (II Cor., V, 14-15)
Obsérvese que interpretaron mal el sentido de las palabras de San Pablo. En todos los estudios bíblicos de tiempos de San Pablo se creía y afirmaba que nacimos inmortales y que por pecar Adán nos vino la muerte. O sea, que es como si todos hubiésemos pecado por él. Recuérdese que en el Antiguo Testamento los pecados de los padres pasan siempre a los hijos. Cristo bajó ad ínferos para resucitar a todos los que allí esperaban su venida y los resucitó. Si Adán nos trajo la muerte, Cristo nos trajo la vida. San Pablo utiliza esa comparación tan bonita porque estaba en la mentalidad del tiempo.
Con el neoplatonismo del siglo III y siguientes se impuso la idea platónica de que nuestra alma, eterna y preexistente al cuerpo, inmortal fue arrojada de los cielos por un pecado. Y que cuerpo y alma son dos sustancias separadas, unidas accidentalmente como el piloto con su nave o el jinete con su caballo. Júntese a ello la doctrina gnóstica de esos tiempos que consideraba los placeres corporales y el propio cuerpo como carne de pecado. Y se derivará, a partir del siglo III y IV, en que el pecado de Adán se fue transmitiendo como pecado original de todos los las males que padecemos a través del cuerpo. Pero esto no es fe sino teología, o sea, obra humana. Con la filosofía aristotélica (alma forma sustancial que constituye en ser vivo y racional al organizar la materia prima –H2 + 0, en H20 = agua, con propiedades distintas de H y de O, que les ha dado la nueva forma sustancial-)  no cabría.  La Encíclica  Humani Generis (1950) sobre la evolución, acepta todas las conclusiones de la Ciencia, pero destacando que la diferencia entre el hombre más imperfecto y el animal es no sólo de grado sino de naturaleza. Que cuando en una pareja de antropoides se dio una mutación lo bastante sustancial como para que pudiera serle infundida el alma humana, Dios la creó directamente en ese ser resultante, el hombre, y que siempre y en todo individuo es creada directamente por Dios  (si Dios crea el alma y ésta es la que hace que se forme el embrión ¿va a contraer pecado? ¿sería Dios el culpable?). Y menos en la filosofía idealista de nuestros tiempos, a partir de Bergson o del P. Teilhard de Chardin.
Como inciso: Hasta Pío XII tuvo que aceptar la realidad de la exégesis bíblica, a saber, que la Biblia no es un libro científico, ni histórico, sino religioso, acomodado a los tiempos. Y que lo de Adán y Eva es un mito de los pueblos que rodeaban al que llamamos judío y que es la suma de bastantes relatos, algunos dobles sobre los mismos hechos, hay novelas, etc. Y que los datos de la ciencia actual demuestran que hubo varios adanes y varias evas (véase al super genetista Francisco Ayala en sus últimos estudios). La ciencia  no es incompatible con la fe, puesto que ambos tienen el mismo autor: Dios,  sino con la teología; que, por ser humana, cambia con los tiempos y circunstancias sociales. A veces tardíamente y dejando tras si un rastro de dolores y faltas de caridad irreparables.
                Con la expresión “carne de pecado” los Padres no quieren decir otra cosa más que la carne de María, en cuanto pasible y mortal, proviene de la raza corrompida de Adán, propagada por generación seminal. Es el sentido de las palabras de San Agustín, quien atribuye a la Virgen una carne de pecado durante el mismo tiempo de la concepción de Cristo, es decir, una carne derivada de Adán por la vía ordinaria de la concupiscencia y de la generación. ¿Gnosticismo?  
                San Agustín (De nupt. et concup.,I,12), escribe: “Solamente allí, es a saber, en el matrimonio de María y José, no hubo comercio carnal, porque no podía realizarse en la carne de pecado sin la vergonzosa concupiscencia de la carne, que proviene del pecado, sin la cual quiso ser concebido aquel que había de ser sin pecado” (¡Qué epítetos más desafortunados sobre la unión matrimonial! Lo opuesto a la doctrina de Santo Tomás).
                Sobre la Virginidad de María, escribe San Agustín (Enchiridion, 34): “Si, al nacer El, se hubiese violado su integridad (la de su madre), Cristo ya no habría nacido de una virgen, y entonces sería falso –lo que Dios no permita- que  El hubiese nacido de María Virgen, como confiesa toda la Iglesia”.
                Desde el siglo IV se afirma el dogma de la virginidad en el parto y lo defienden contra sus adversarios: San Efrén, San Epifanio, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Después San Pedro Crisólogo, Teodato de Aneira, Concilio de Éfeso, San León Magno, San Máximo de Turín, San Gregorio Magno y San Juan Damasceno (por citar sólo a los llamados Padres de la Iglesia).
                Defendieron ampliamente la virginidad después del parto San Jerónimo, San Agustín (en varias obras), San Cirilo de Alejandría, San Pedro Crisólogo, San León Magno, San Máximo de Turìn, San Gennadio, San Sofronio y San Juan Damasceno. Especialmente San Agustín defendió explícitamente que María Santísima fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto.
                San Agustín en De nupt. et conc., I, 11, escribe: “En aquellos padres de Cristo se cumplió todo el bien de las nupcias: la prole, la fidelidad y el sacramento. La prole la reconocemos en el mismo Señor Jesucristo; la fidelidad, porque no hubo adulterio; y el sacramento, porque no hubo divorcio; únicamente no hubo allí el concúbito nupcial”.
                Aún más: mientras que la tradición de los Padres de la Iglesia era que la Virgen murió verdaderamente, San Agustín (Com. en Ps.XXXIV y en serm. 2) lo duda y piensa que fue ascendida en carne mortal a los cielos. “La dormición de María” que defienden los Orientales. (¿No hay una capilla en Santes Creus con esa dormición?).    
                Entendamos ahora estas palabras de San Agustín (Enarr. in Ps. XXXIV, serm.2) que parecen negar lo anterior:  “María (que provenía de Adán) murió por el pecado; Adán murió por causa del pecado; y la carne del Señor, tomada de María, murió para borrar los pecados”. Recordemos que la tradición judía enseñaba que nacimos inmortales y que por el pecado de Adán se introdujo la muerte y todos somos mortales. Comentario: Si Cristo murió para borrar TODOS los pecados, ¿dónde queda el original, que según los neoplatónicos se transmite por el cuerpo? Aquel ya quedaría borrado por la muerte de Cristo.
                En la Patrología de Migne, 30, 2131, se pueden  leer estas elogiosas palabras de san Agustín: “Pero de ti ¡oh Virgen María!, ¿qué diré yo, pobre de ingenio, siendo cuanto yo dijere, una alabanza menor de la que tu dignidad merece? Si te llamo cielo, tu eres más alta. Si te llamare madre de las gentes, eres superior. Si te llamare imagen de Dios, eres digna de ello. Si te proclamo señora de los ángeles, demuestras que estás por encima de todas las cosas”.
En el Lib. De Sancta Virginitate, c.6, San Agustín escribe: “Solamente aquella mujer es Madre y virgen, no sólo en el espíritu sino también en el cuerpo. Y madre ciertamente en el espíritu, no de nuestra cabeza, que es el Salvador…., sino madre de todos sus miembros, que somos nosotros; porque cooperó por su caridad, para que naciesen en la Iglesia los fieles, que son sus miembros”. La Sma. Virgen es “mediadora entre Dios y los hombres”,Colaboradora (adjutrix) de la Redención” (San Agustín en Confes. X, 42-43).

                ¿Cómo se entienden las afirmaciones de San Agustín sobre la Virgen?
                En el siglo IV y siguientes, por influjo gnóstico y dentro del neoplatonismo, se consideraba que el cuerpo era “carne de pecado” y por lo mismo  “fomes pecati”, causa y origen de lo que lleva a la concupiscencia, mala en sí misma. Este “fomes pecati” se transmitía por generación seminal. En ese sentido, sólo Cristo, por haber sido engendrado sin concurso de hombre, lo había sido sin pecado.  María Santísima, en cambio, fue concebida por y con un acto de concupiscencia, es decir, de pecado. Esto no fue óbice para que tanto San Agustín como aquellos teólogos que son considerados como opuestos a la doctrina de la concepción inmaculada de la Virgen, cuando hablan de María la ensalcen desde el mismo momento de su concepción, como hemos visto anteriormente. O sea, fue concebida por un acto pecaminoso, pero Ella fue pura desde el comienzo.
                Esto lo explica muy bien, San Bernardo, en la carta 174 (escrita entre 1139-40) a los canónigos de Lyon: “No puede afirmarse con certeza que la Virgen Santísima haya sido prevenida con la santificación: no puede ser santa antes de existir; ni pudo ser santa la misma concepción, que se realizó en medio del placer con pecado; para eso sería preciso que, por obra del Espíritu Santo, tuviese lugar una concepción virginal, cosa que compete solamente a Cristo. Por consiguiente, no queda otra solución que la de recibir la santificación después de la concepción, estando en el seno materno, santificación que haría santa su natividad, no su concepción”.
                San Agustín (De nupt. et concup. I, 24): “El placer es lo que transmite el pecado original a la descendencia. El placer incluye la concupiscencia desordenada, que no está totalmente sometida a la razón”.

                Si elimináramos la falsa teoría gnóstica, que el cuerpo es carne de pecado, que la concupiscencia es mala en sí y pusiéramos a San Agustín en nuestros días, con pleno conocimiento de los estudios bíblicos ¿le podríamos acusar de algo que no le pudo pasar por la imaginación?



MAGDALENA: NI PECADORA, NI NOVIA DE JESÚS.



Desde que al Papa Gregorio I, Magno, en un sermón en 591 se le ocurriera identificar a María de Magdala con María de Betania, se abrió paso la creencia de que  aquella era la pecadora anónima que unge los pies de Jesús en casa de Simón el Fariseo. A comienzos del siglo pasado, los exégetas, es decir, los intérpretes de las Sagradas Escrituras en función de las circunstancias históricas del tiempo, ya desmintieron esa identificación. No es una María, son tres. Y la Iglesia Católica, como veremos luego, modificó tras el Concilio Vaticano II la liturgia de su fiesta, suprimiendo toda referencia a su carácter de penitente, pecadora y similares.
Veamos, en primer lugar, qué dicen los Evangelios acerca de María Magdalena o María de Magdala (Migdal Nunayah, junto al lago de Galilea, a menos de 6 km. al norte de Tiberíades).
Mat 27,55-56: La muerte de Jesús: “Había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús, desde Galilea, para servirle; entre ellas María Magdalena y María la madre de Santiago y José y la madre de los hijos del Zebedeo.
Mat. 27, 61: Mientras José de Arimatea sepulta a Jesús y cierra con una piedra grande, “estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro”.
Marc. 15,40: Muerte de Jesús, “Había también unas mujeres que de lejos le miraban, entre las cuales estaba María Magdalena y María la madre de Santiago el Menor y de José y Salomé, las cuales, cuando El estaba en Galilea, le seguían y le servían, y otras muchas que habían subido con El a Jerusalén”
Marc 15, 47: José de Arimatea, deposita a Jesús en un monumento que estaba cavado en la peña y volvió la piedra sobre la puerta del monumento: “María Magdalena y María la de José miraban donde se le ponía
Luc 8,2: Le acompañaban los doce “y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades. María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes y Susana y otras varias que le servían de sus bienes”.
Marc 16, 1-8: “Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ungirle. Y muy de madrugada, el primer día después del sábado, en cuanto salió el sol, vinieron al monumento. Se decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la puerta del monumento? Y mirando, vieron que la piedra estaba removida; era muy grande. Entrando en el monumento vieron un joven sentado a la derecha, vestido de una túnica blanca, y quedaron sobrecogidas de espanto. El les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado, no está aquí; mirad el sitio en que le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá a Galilea; allí le veréis como os ha dicho”
Marc.  16-9: “Resucitado Jesús la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Ella fue quien los anunció a los que habían vivido con Él, que estaban sumidos en la tristeza y el llanto, pero oyendo que vivía y que había sido visto por ella, no la creyeron”.
Juan 20, 1:El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: Han tomado al Señor del monumento y no sabemos donde le han puesto”
Juan 20, 11-18: Mientras Pedro y Juan entran en el monumento, “María (Magdalena) se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba, se inclinó hacia el monumento, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno en la cabecera y otro a los pies, de donde había estado el cuerpo de Jesús. Le dijeron ¿por qué lloras, mujer? Ella les dijo: Porque han tomado a mi Señor y no sé donde le han puesto. En diciendo esto se volvió para atrás y vio a Jesús, que estaba allí, pero no conoció que fuese Jesús. Díjole Jesús; Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si le has llevado tu, dime donde le has puesto, y yo le tomaré. Díjole Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Rabboni!, que quiere decir: Maestro. Jesús le dijo: Deja ya de tocarme, porque aún  no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: “He visto al Señor” y las cosas que le había dicho.”
Lucas 24, 10: Van al monumento y los ángeles les dicen que ha resucitado y vuelven para explicárselo a “los once y a todos los demás”. “Eran María la Magdalena, Juana y María de Santiago y las demás que estaban con ellas”.
Juan 19, 25: Estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena”

Comentario: Tanto San Lucas como San Marcos dicen que Jesús expulsó “siete demonios” de María Magdalena. Y esto, durante muchos siglos, se interpretó como que María era un gran pecadora. De ahí que se la identificara con la que unge sus pies en casa de Simón el Fariseo e incluso con María de Betania, por haber hecho lo mismo.  Y se la llamara María “la penitente”.
Pero esa frase no tenía entonces el sentido que la ignorancia del ambiente en que fue pronunciada le ha dado. Los judíos, desde el Génesis o primeros libros del Antiguo Testamento, creían firmemente que habíamos sido creados inmortales por Dios, mas que por el pecado de Adán y Eva nos vino la muerte y con ella todos los males y enfermedades. Por eso, en el caso de grandes enfermos, se preguntaban quién había pecado para estar así, ¿él o sus padres?  La enfermedad era un castigo del pecado, era un pecado.
Por otra parte, el número siete era mágico para los judíos (Dios creó en siete días, siete los de la semana; setenta veces siete para perdonar, o sea, infinitos). Significaba la totalidad. En consecuencia, que lo que ambos evangelistas quieren mostrar es que María estaba muy agradecida al Señor porque le había curado todos sus males, la había dejado completamente bien; como había hecho con Juana, la mujer de Cusa,  con Susana y otras mujeres que le acompañaban y ayudaban con sus bienes.
Cuanto hemos leído nos muestra que María Magdalena era una mujer decidida, activa, auténtica líder de las demás, por lo que se la cita tanto; hasta el extremo de que en Oriente se la llama “isapóstolos” (isa = igual que), igual que un apóstol. En los años posteriores a la muerte del Señor debía ser muy conocida, puesto que los Evangelios no dan ninguna explicación sobre ella. Únicamente “María de Magdala” a fin de no confundirla con las otras María, cuya presencia fue poco o nada importante.

MARÍA DE BETANIA. Otro personaje distinto. He aquí los relatos evangélicos:

Luc. 10, 38-42: Yendo (Jesús) de camino, entró en una aldea, y una mujer, Marta de nombre, le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta andaba afanada en los muchos cuidados del servicio, y acercándose dijo: Señor ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile pues que me ayude. Respondió el Señor y le dijo: Marta, Marta, tu te inquietas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.
Juan 11, 1-41: Había un enfermo, Lázaro, de Betania, de la aldea de María y Marta, su hermana. Era ésta, María la que ungió al Señor con ungüento y le enjugó los pies con sus cabellos, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo. Enviaron, pues, las hermanas a decirle: Señor, el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro. Aunque oyó que estaba enfermo, permaneció en el lugar en que se hallaba dos días más; pasados los cuales dijo a los discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le dijeron: Rabí, los judíos te buscan para apedrearte ¿y de nuevo vas allá?... Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero yo voy a despertarle. Dijéronle entonces los discípulos: Señor, si duerme, sanará. Hablaba Jesús de su muerte, y ellos pensaron que hablaba del descanso del sueño. Entonces les dijo claramente: Lázaro ha muerto y me alegro por vosotros de no haber estado allí para que creáis; pero vamos allá…
Fue, pues, Jesús y se encontró con que llevaba ya cuatro días en el sepulcro… Marta, pues, en cuanto oyó que Jesús llegaba, le salió al encuentro; pero María se quedó sentada en casa. Dijo, pues, Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará. Díjole Jesús: Resucitará tu hermano. Marta le dijo: Se que resucitará en la resurrección, en el último día…
Se fue y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está ahí y te llama. Cuando oyó esto se levantó al instante y se fue a El, pues aún no había entrado Jesús en la aldea, sino que se hallaba aún en el sitio donde le había encontrado Marta… Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole se echó a sus pies diciendo: Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano.
 Viéndola Jesús llorar, y que lloraban también los judíos que habían venido con ella, se conmovió hondamente y se turbó, y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Dijéronle: Señor, ven y ve. Lloró Jesús y los judíos decían: ¡Cómo le amaba! Algunos de ellos dijeron: ¿No pudo éste, que abrió los ojos del ciego, hacer que no muriese?
Jesús, otra vez conmovido en su interior, llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Díjole Marta, la hermana del muerto: Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios?
Quitaron, pues, la piedra y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que tu me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte acento: Lázaro, sal fuera. Salió el muerto, ligados con fajas pies y manos y el rostro envuelto en un sudario, Jesús les dijo: Soltadle y dejadle ir”.
Juan 12, 1-3: Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía. Lázaro era de los que estaban a la mesa con El. María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del ungüento”.

Comentario: Por lo leído, parece que María de Betania no debía ser una conocida notable entre los primeros cristianos como María de Magdala y otras María, que hemos visto, cuando el Evangelista tiene que dar tantas explicaciones, a fin de darla a conocer y de lo mucho que el Señor la quería. De ahí que cuando comienza a explicar los antecedentes de la resurrección de Lázaro haya de recordar el hecho de que fue quien ungió al Señor precisamente el sábado, víspera de su entrada en Jerusalén y por ello, como dijo Jesús a Judas Iscariote, que la reprendía por haber derramado aquel caro ungüento: “Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura”.
  En conclusión: que no era María Magdalena. Eran dos personas distintas. Ni tampoco la pecadora anónima que vamos a ver. Sólo lo cuenta San Lucas, pero las circunstancias y forma del relato son otras.

Lucas 7, 36: “Le invitó un fariseo a comer con él, y entrando en su casa se puso a la mesa. Y he aquí que llegó una mujer pecadora que había en la ciudad, la cual, sabiendo que estaba a la mesa en casa del fariseo, con un pomo de alabastro de ungüento se puso detrás de él, a sus pies (recordemos que no comían sentados como nosotros, sino echados en un triclinio),  llorando, y comenzó a bañar con lágrimas sus pies, enjugándolos con los cabellos de su cabeza y besándolos y ungiéndolos con el ungüento”.
  Comentario sobre la unción de los pies. Los judíos tenían  por ley religiosa el deber de lavarse las manos antes de comer cualquier cosa. Y, por costumbre,  lavar los pies a cualquier invitado, para que se despojara del polvo del camino o de la calle. Normalmente eso lo hacía un siervo.
  Comían tumbados o recostados. Por eso, evitaban la suciedad de unos pies expuestos a las miradas de todos. Y así, lo primero que veían quienes entraban en el comedor eran los pies de los comensales. 
 De ahí que en un acto de gran amor y gratitud, María de Betania quisiera honrar al Señor. Y la pecadora en casa del fariseo comenzara llorando sobre los pies del Maestro, pidiendo perdón así por sus pecados y luego se los secara con sus cabellos, a falta de cosa mejor y los ungiera.

En la reforma litúrgica, posterior al Concilio Vaticano II, se han eliminado todas las referencias a la Magdalena “penitente”, pecadora, hermana de Marta y Lázaro,  de la liturgia anterior. Y se ha hecho un nuevo ritual de su misa. El Evangelio es aquel relato en el que Magdalena aparece como primer testigo de la resurrección del Maestro.

              ¿ESPOSA DE JESÚS? NO.
   Año 313, Constantino el Grande, emperador romano, promulga el Edicto de Milán, por el que se reconoce al Cristianismo como religión oficial del Imperio. Se pone de moda la personalidad de Jesús y surgen una serie de novelas que se titulan evangelios. Son los evangelios apócrifos, escritos todos en este siglo IV y parte del V. Tenemos los llamados evangelios de Pedro, Tomás, Felipe y alguno, como el de María Magdalena, de ideología totalmente gnóstica. También aparecen una serie de imaginarias teorías acerca de temas religiosos, que se confunden con la auténtica tradición evangélica de los Padres Apostólicos.  Se da una amalgama de filosofía neoplatónica, con creencias gnósticas y supersticiones populares e incluso de los cristianos, hasta entonces perseguidos.
  En alguno de esos escritos se habla de María Magdalena como una gnóstica que sería esposa de Jesús. Pero en  los evangelios canónicos no se encuentra la más leve pista de que conociera esa doctrina; que empieza en el siglo II.  En otros escritos del siglo IV no está clara esa afirmación.
  Es a partir de  1982, cuando el norteamericano Michel Baigent, en su novela pseudo histórica El enigma sagrado, se inventa que Jesús estuvo casado con María Magdalena, sin aportar algún dato histórico auténtico que lo pruebe, cuando aparecen otros con temas tan pintorescos como La revolución de los templarios (1997) de Picknett y Princey ; o Los hijos del Grial (2003) de Peter Berling y El Código da Vinci, de Dan Brown. (El Grial está en la Catedral de Valencia).
  En nuestros lares, el periodista brasileño Juan Arias, publicó en la editorial Aguilar (2006) un libro con títulos tan llamativos como “La Magdalena- El último tabú del Cristianismo- El secreto mejor guardado de la Iglesia – Las relaciones entre Jesús y María; que no tuvo mayor éxito porque no probaba nada. Sólo una serie de falsas conjeturas que consideraba reales y auténticas.
El pasado año, en un blog afirmó “Sí, Jesús estaba casado con María Magdalena, que era gnóstica”. Se basaba en un trozo de papiro del siglo IV, en el que hay una frase de Jesús hablando con sus discípulos, donde llama “mi mujer” a María Magdalena. Pero más adelante otra: “Ella puede ser mi mujer”, dando a entender que era gnóstica.  Siglo IV, recordemos. Ni una prueba histórica del siglo I sobre ese pretendido gnosticismo de María Magdalena.
Nueva novela y ¿eficaz modo de promocionarse?.
                                                 Tomás Montull Calvo 



domingo, 4 de noviembre de 2012

La evolución humana


          LA EVOLUCIÓN HUMANA.

      (Divulgación para curiosos, no especialistas)

     A.- No descendemos del mono.

Tanto los estudios de Paleontología, como los de Genética afirman que, en la línea evolutiva de los mamíferos, apareció hace unos 10 a 15 millones de años una divergencia o separación en dos líneas: una, que condujo al orangután actual, y otra, a través de lo que vamos a ver, al hombre.

A su vez, nuestra línea dio origen a otras dos: la que ha llevado hasta el gorila y otra que ha continuado hasta nosotros. Se calcula que ocurrió hace unos 8 o 10 millones de años.

Hace 5 millones de años que se produjo la separación del chimpancé respecto de nosotros.

Los inmediatos antepasados nuestros son los australopitecos (pitecus = simio; austral hemisferio austral, África; simio del hemisferio austral), que aparecieron hace unos 4 millones de años. Son simios, pero con características claramente humanas.  El más famoso, que fue bautizado con el nombre de Lucy (por la canción de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds, que escuchaban los arqueólogos en el campamento), se descubrió en 1974, en el desierto de Etiopía, entre Addis Abeba y Djibouti. El lugar es Hadar, habitado por los Afar. De ahí que se le designe como australopitecus afarensis.  Estos terrenos pertenecen geológicamente a la formación del Rift Valley, creada por fenómenos sísmicos y volcánicos que se extiende desde Sudáfrica a Etiopía. Gracias a esas erupciones volcánicas que recubrieron los restos con un polvo finísimo se han conservado; al igual que sucedió con Pompeya y Herculano.  

Se trata de una hembra, de 110 cm. de altura, con unos 400 centímetros cúbicos de volumen cerebral (algo mayor que el del chimpancé y el gorila, aunque éstos tengan mayor tamaño corporal). La cara sobresale hacia adelante y posee una gruesa mandíbula. O sea, que tendría aspecto simiesco. Musculatura potente y con unos caninos de dimensiones intermedias entre los del hombre y los de los simios. Tenía la posición erecta, si bien con alguna diferencia respecto de nosotros en la manera de estar derechos. Los chimpancés y gorilas también pueden estar derechos, pero su manera normal de andar es a cuatro patas y lo hacen apoyándose en las articulaciones de los dedos.

En 2006 se descubrió en la región de Dikika, al norte de Etiopía, el esqueleto de una niña de unos tres años, perteneciente a la especie Australopitecus afarensis, con una antigüedad de 3.3 millones de años. Y en Gardi (2009) otro individuo de esa especie, de unos 2’5 millones de años. Los australopitecus desaparecieron hace un millón de años.

     B.- El género homo y sus diversas especies.

            Homo habilis: Hombre hábil o que sirve para todo. A partir del australopitecus afarensis, surge por una mutación, hace dos millones o dos y medio de años, el que se ha llamado homo habilis, y que sería el patriarca de nuestra especie. El volumen de su cráneo ha pasado a los 630 c.c. Anda derecho, pero sigue siendo muy bajo de estatura, poco más de un metro; con los brazos largos como Lucy; lo que significa gran facilidad para subirse a los árboles.  Labra  instrumentos aunque muy rústicos; tales como astillas utilizadas para cortar y desgarrar carne;  piedras gordas como hachas y mazas, que tendrían un mango de madera y se sujetarían con fibras vegetales o con tendones de animales. Constituyen el llamado estilo olduviano, por el yacimiento de Olduvai, en Tanzania (África). Era cazador y comía carne; algo que no hicieron sus predecesores: australopitecus y simios, que eran vegetarianos. La presa era repartida y consumida en comunidad; según demuestran los restos óseos hallados y su forma de estar acumulados.

          Homo erectus: Hombre erecto, de pie. Sus restos han sido datados entre los dos millones y uno y medio de años. Se sabe muy poco de la transición entre estos dos antepasados. El paso del Homo habilis al Homo erectus viene determinado por el aumento del volumen del cerebro, que ya es de 1.000 c.c. y sus instrumentos son más perfeccionados y especializados. El cráneo ha crecido en altura, por encima de los arcos superciliares, que todavía son muy pronunciados. La cara es menos larga, pero los arcos dentales siguen sobresaliendo. Mandíbula menos alta, un poco tirada hacia atrás, sin mentón. El estilo de sus instrumentos se llama acheuliano, porque fueron descubiertos en la localidad francesa de Saint-Acheul, y enriquecen el anterior estilo. Aparecen hace 1’5 millones de años en África, que es donde se originó el Homo erectus y perduran hasta hace 200.000 años. Se encuentran ya hachas de dos filos. Este Homo erectus hace aproximadamente un millón de años se puso en camino, desde África y durante miles de años se fue difundiendo por toda África, Asia (hasta Java y Asia oriental) y Europa. Los restos hallados en estos lugares datan de hace unos 400.000 a 300.000 años. Entre ellos se cuenta el hombre de Pekín, que nos ha dejado los mejores ejemplos del uso del fuego.

            Homo sapiens: Hombre sabio. Los primeros restos se han datado entre los 500.000 y los 300.000 años atrás. Es posible que coexistiera con el homo erectus; aunque no se sabe con seguridad. El Homo sapiens representa la última etapa en el crecimiento del volumen craneal, ya que tiene los 1.400 c.c. del hombre actual. Pese a ello se da una diferencia entre su cráneo y el nuestro. En aquel, el arco supraciliar es pronunciado, su osamenta es más robusta y la cara sobresale hacia adelante de forma que recuerda a los simios. Por ello, se le designa como homo sapiens arcaicus. Se encuentra en el norte, sur y este de África; en toda Europa, salvo Escandinavia, y en Asia del este, sureste y oeste.

            Hace unos 300.000 años aparece en Europa un tipo de Homo sapiens arcaicus diferente del africano y chino, al que se denomina homo sapiens neanderthalensis, por la localidad de Neanderthal donde fueron hallados por primera vez sus restos. Hace 60.000 años se le encuentra fuera de Europa, en el Oriente Medio y desaparece hace 35.000 años.

            El cráneo del hombre de Neanderthal tiene el mismo volumen interior que el del hombre actual, incluso en ocasiones algo mayor; pero la caja craneal es más alargada y se encuentra a una altura inferior, en relación con el hombre moderno, respecto a la cara; por lo cual su frente es mucho más baja y los arcos supraciliares más  marcados y adelantados. Su cara es larga, la nariz amplia, el mentón tiene una forma diferente, hundido; no es aún el del hombre moderno. Incluso tiene una especie de protuberancia  ósea en el occipucio. Las fijaciones de la musculatura en los huesos indican que era muy fuerte.

            Los de Neanderthal estaban adaptados a vivir en climas muy fríos y sobrevivieron a varias glaciaciones. Suponemos que vivían en cavernas, porque los más importantes yacimientos hallados están en ellas; si bien se dan también otros al aire libre, junto a fuentes, ríos y lagos. Eran cazadores y nómadas. Vivían sobre todo de la carne: ciervos, ganados vacuno y ovino, caballos salvajes, gacelas, etc. En los lugares habitados por ellos se encuentran siempre instrumentos del llamado estilo musteriense, que sustituye al acheuliano desde los 50.000 a 40.000 años atrás. Al lado de astillas, cuchillos, rascadores, etc., de formas muy variadas y muy trabajados, se han encontrado también algunas lanzas; entre las que hay una de madera verde, de más de dos metros de largo, con la punta endurecida al fuego, todavía clavada entre las costillas de un elefante. No trabajaban los huesos, ni el marfil y tampoco hay señales de interés artístico. Parece que enterraban a sus muertos con ciertos ritos. Investigaciones recientes han demostrado que la Humanidad moderna carece en sus células de genes de esta especie.

          Homo sapiens sapiens: Hombre sabio sabio, para distinguirlo del sapiens arcaico. Aparece hace unos 120.000 años. Es el hombre moderno, nosotros. Lenguaje más perfeccionado y sus instrumentos de piedra experimentan modificaciones significativas: estilo auriñaciense (de la cueva de Aurignac, en Francia).

            Los científicos señalan su origen en África.  Los testimonios más antiguos vienen de los yacimientos sudafricanos de Boder Caves y del río Klasies datados entre los 134.000 y los 115.000 años atrás. En Israel existe el yacimiento de Qafzeh, datado entre los 109.000 y 92.000 años atrás, que fue habitado por el hombre moderno. Un estudio realizado por equipos de investigadores de las Universidades de Harvard, Yale, Tel Aviv, Pavía, Munich, Witwatersasand (Suráfrica) y Barcelona sitúa el origen del hombre moderno en África hace 120.000 años. Recientemente, gracias a los estudios realizados a partir del DNA (ADN) mitocondrial y los de los marcadores del cromosoma Y (masculino)  se ha llegado a la conclusión de que el origen de los primeros humanos modernos estuvo en África hace 144.000 años; con un margen de error estimado en unos 10.000 años. Lo que también está en consonancia con los últimos hallazgos de fósiles y utensilios humanos.

            ¿Una sola Eva?.  NO.  Sobre la base del DNA mitocondrial, el investigador Allan Wilson afirmó, en la década de 1980, que toda la especie humana actual procedía de una sola Eva, que vivió en África hace unos 140.000. Pero estudios genéticos de otros equipos, como el del madrileño Francisco José Ayala, naturalizado norteamericano, profesor de la Universidad de California afirmó con fundamentos empíricos que hubo varias Eva, tantas como los grupos de población, que eran de unos diez mil individuos. Posteriormente, los científicos han identificado al menos veintiocho linajes en el árbol evolutivo de la Humanidad, que conducen al menos a diez Adanes y dieciocho Evas.

            Así, señalan en África: Eva (DNA mitocondrial) 3 ramas, llamadas L1, L2, L3. Esta última origina todas las demás fuera de África. Adán (cromosoma Y), 3 ramas, 1,2,3, Esta última origina todas las demás fuera de África. Asia: Eva (DNA mitocondrial ), 6 linajes: A,B,C,D,F,G. Adán (cromosoma Y) 7 linajes, con ramificaciones en Europa, Oceanía y América: 4,5,6,7,8,9,10. Europa: Eva (DNA mitocondrial), 9 linajes, representados por las letras H,T,U,V,W,I,J,K,X. Este último enlaza con América. Adán (cromosoma Y), Todos los linajes europeos son variaciones de ramas africanas y asiáticas. América: Eva (DNA mitocondrial), 4 ramas, con las letras A,B,C y D.  Adán (cromosoma Y) todos los linajes de los indios americanos son derivaciones de los grupos asiáticos.

            Mutaciones.  Las hay de dos clases: las específicas, que se dan únicamente a nivel del DNA mitocondrial y que originan el nacimiento de una nueva especie y las de adaptaciones al medio o de error en algún nucleótido que se dan a nivel de células germinales o quizás también de las mitocondriales y suponen siempre un cambio en el orden de los nucleótidos. Aclaremos un poco esto.

            Las diferencias entre los individuos vienen determinadas por la naturaleza de los cromosomas heredados de los padres: 23 de cada uno, o sea 46 cromosomas, 23 parejas.  El cromosoma es un filamento de DNA larguísimo, en el que está contenida toda la información del desarrollo del individuo. El DNA es una sustancia química, con una estructura precisa, filamento hecho de cuatro nucleótidos dispuestos en una secuencia particular. El gen es un segmento de DNA con una función específica en el desarrollo y actividad de un organismo vivo; formado por centenares o millares de nucleótidos. Todas las células de un mismo organismo tienen idéntico DNA, que está recogido en los cromosomas, situados en el interior del núcleo de la célula; pero sólo las células sexuales o germinales transmiten los caracteres.

            Fecundado el óvulo por el espermatozoide, se divide en dos nuevas células; que a su vez se dividen en otras dos cada una y así sucesivamente, que copia el mismo DNA. Pero puede ocurrir que en el momento de la fecundación o primera división haya un error, se cambie de lugar un nucleótido; entonces sobreviene lo que se llama mutación; ya que todas las células tendrán ese DNA mutado y se transmitirá por herencia la mutación. Son casos rarísimos, puesto que el mismo organismo tiene instrumentos de control, pero se da.

            El mitocondrio. Es un pequeño órgano celular presente en todas las células de los organismos superiores, que utiliza el oxígeno introducido por la respiración para producir energía. Es como la central eléctrica de la célula; si bien ésta también produce energía de otras maneras, y con menor eficacia. Se encuentra en el exterior del núcleo, en el líquido comprendido entre el núcleo y la membrana externa. Puede haber centenares y aún millares en cada célula, pero como mínimo siempre hay uno. Tiene la forma de una bacteria. Es la central eléctrica. Conserva una cierta independencia respecto del resto de la célula, ya que está provisto de un pequeñísimo cromosoma, hecho como todos los cromosomas de DNA ( = ácido desoxiribonucleico) que es la estructura portadora de la herencia.

            La célula que aloja los mitocondrios se divide y subdivide, y con ella los mitocondrios. Pero éstos a su vez no pueden dividirse dentro de la célula. Cada mitocondrio contiene uno o más filamentos de DNA, cada uno de los cuales es un minúsculo círculo (característica de las bacterias). Se compone aproximadamente de 15.600 nucleótidos, y por tanto es mucho más corto que cualquier otro cromosoma de la célula, que contiene decenas o centenares de millones.

            El hecho importante es que los mitocondrios son transmitidos a los hijos únicamente por la madre. El mitocondrio del DNA de dos hermanos es idéntico, aunque tengan un padre distinto. El mitocondrio paterno desaparece con la primera división de la célula fecundada. De tanto en tanto en el DNA mitocondrial tienen lugar pequeños cambios, que llamamos mutaciones, por los cuales uno de estos quince mil nucleótidos es sustituido por otro; lo que origina que los descendientes de esa madre tendrán en adelante el filamento del DNA mitocondrial en la forma mutada y por ello constituirán una especie nueva o, al menos, una etnia de nuevos individuos. Esa mutación puede ser positiva, o sea favorecedora de los individuos (ejemplo: buena adaptación al medio, resistencia a cierto tipo de enfermedades, etc.) o negativa: perjudicial; cuando introduce una enfermedad o una degeneración física, que se transmite por herencia. 

También en el cromosoma Y pueden darse mutaciones, aunque no específicas; es decir, no sirven para generar una especie nueva, como ocurre con las del mitocondrio femenino y que nos han permitido datar las distintas variaciones específicas. Cuando en el cromosoma Y uno de los nucleótidos experimenta un cambio, se transmite a la herencia de los demás individuos. Así se han podido seguir los itinerarios de los diversos linajes. 

            Métodos de investigación:

A.- La estratigrafía y los métodos físico-químicos. Se estudian los diversos estratos del terreno en que se ha descubierto un fósil y, si es preciso, se acude a dos métodos físico-químicos: el radiocarbono 14 y el radiopotasio.

            El método de datación más antiguo y más conocido es el del radiocarbono 14. El carbono se encuentra en la naturaleza de tres maneras: C12, C13 y C14; según el número de protones y neutrones que tiene el núcleo, que son precisamente los generadores de las distintas propiedades químicas. Pues bien, los tres son isótopos, es decir que tienen el mismo número de protones. Pero se diferencian en que el C14 es radioactivo, mientras que los otros dos no lo son. Cuando un átomo de C14 emite radiaciones, pierde uno de sus protones que pasa a ser neutrón; con lo que entonces los protones son siete y el átomo adquiere las propiedades químicas del Nitrógeno, que es de siete protones.  Esa transformación tiene una cadencia perfecta. El C14 tiene un ritmo regular. Es un proceso lento, ya que se requieren 5.730 años para que aquel número se haya reducido a la mitad. Después de 40.000 años se ha dividido tanto que ya es difícil detectarlo.  Para utilizar este método es preciso contar con material que contenga suficiente cantidad de carbono, como son los huesos o la madera. El C12 y el C13 no son radiactivos y no cambian con el paso del tiempo, por lo cual al compararlos con la cantidad residual del C14 se puede calcular la edad del fósil.

            Para períodos más largos se usa el radiopotasio, que se transforma en argón muy lentamente y sirve para datar rocas, especialmente si son ricas en potasio. El uranio se transforma según una larga cadena de elementos que termina en el plomo. Es útil hasta edades de 500.000 años; con cierto margen de error. El método argón-potasio sirve sobre todo para edades entre los 100.000 años y los 10 millones de años o más.

            Recientemente se utiliza también la termoluminiscencia, para cerámicas y objetos que hayan sufrido grandes temperaturas, y el ESR = electron spin resonance, para fines similares.

B.- El reloj molecular. Es un método genético para establecer las diferencias entre, por ejemplo, la molécula de un hombre y de un chimpancé. Las moléculas que se utilizan son las proteínas y el ácido nucleico o ADN (DNA) preferentemente mitocondrial.

            La hemoglobina. Es el componente principal de los glóbulos rojos. Una molécula de hemoglobina está formada por cuatro submoléculas, cuatro cadenas que se unen entre sí de una manera particular y de las que existen dos tipos: dos cadenas iguales entre ellas, llamadas “alfa”  y otras dos también iguales entre ellas llamadas “beta”. Cada cadena se compone de unidades más pequeñas, dispuestas en hilera, que se llaman “aminoácidos”. Las propiedades de una proteína vienen determinadas no sólo por los aminoácidos que la componen, sino sobre todo por el orden en que están colocados. Si cogemos una misma proteína de dos individuos de la misma especie, observaremos que no hay diferencia o es muy pequeña. Pero si es de especies diferentes veremos que algunos aminoácidos faltan o han sido sustituidos por otros. Cuanto más diferentes son dos organismos, mayor es el número de aminoácidos distintos.

El meteorito de México produjo tal cantidad de polvo que oscureció el sol y provocó un crudo invierno de muchos años que hizo perecer a los dinosaurios y animales grandes, mientras que se salvaron los animales pequeños de sangre caliente. Por los estudios de los fósiles sabemos que las aves comenzaron su diferenciación hace 200 millones de años. Y como la diferencia de 6 aminoácidos entre pollo y mamífero está en la relación de 1 a 3, que se da entre 200 y 65, es por lo que se data la existencia de los mamíferos en hace 65 millones de años. Esta es la base del reloj molecular, que se utiliza para calcular el tiempo de evolución a partir de las diferencias observadas entre dos organismos y para reconstruir los árboles evolutivos.

Los mitocondrios de cada especie. Allan Wilson y su equipo estudiaron 600-700 nucleótidos del cromosoma mitocondrial. Considerando sus diferencias reconstruyeron un árbol genealógico, en el sentido de que dos individuos que difieren por un único nucleótido tienen ascendientes comunes más próximos en el tiempo que dos individuos que se diferencian por dos o más nucleótidos.  Los africanos muestran la máxima diferencia entre ellos, la máxima heterogeneidad, mientras que las poblaciones de otros continentes muestran una diversidad menos elevada. La población más antigua y por tanto con más años para diferenciarse revela la máxima diversidad. Por consiguiente se dedujo que el hombre moderno se originó en África y tras una larga temporada de años comenzó su peregrinaje hacia el norte.

            (Resumen de libros, hecho por Tomás Montull Calvo; octubre 2012).